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Centenario de noche: entre cantinas, casas de familia y silencio

Camila Mendoza
Camila Mendoza|Cronista de Historia Urbana & Barrios
Actualizado el 30 de agosto, 2026
Centenario de noche: entre cantinas, casas de familia y silencio

Si usted vive en Centenario, no necesita reloj para saber que son las seis de la tarde. Ese es el momento exacto en que el barrio cambia de piel. No es un cambi

El primer sonido: las rejas que bajan a las seis

Si usted vive en Centenario, no necesita reloj para saber que son las seis de la tarde. Ese es el momento exacto en que el barrio cambia de piel. No es un cambio dramático ni violento, es un suspiro metálico que recorre las cuadras: el sonido de las rejas de los locales comerciales bajando. Primero es una, luego otra, y en cuestión de quince minutos, toda la Calle 5 entre Carrera 10 y 12 se convierte en un pasillo de acero corrugado. Los tenderos guardan las cajas de gaseosa, las señoras de las papelerías recogen los cuadernos de contabilidad, y los vigilantes privados encienden sus linternas aunque todavía haya sol. Es el preludio de la noche en un barrio que, a diferencia de la vecina Granada o el Parque del Perro, no se enciende con neones ni música a todo volumen. Se enciende con bombillos amarillos de 40 vatios, con puertas entreabiertas y con voces que bajan el tono.

Centenario es un barrio del centro-oriente de Cali, a minutos del CAM y de la Plaza de Cayzedo, pero su ritmo es el de un pueblo dentro de la ciudad. Nació a mediados del siglo XX como un sector residencial de clase media, con casas de un piso, patios internos y pasajes peatonales que hoy son su secreto mejor guardado. Pero la noche, aquí, no es la de las discotecas de la Calle 9 ni la de los bares de moda en la Avenida Sexta. La noche de Centenario es otra cosa: es una mezcla rara de cantinas de la vieja guardia, casas de familia que se encierran temprano y bodegas abandonadas que guardan el eco de lo que fueron. En agosto de 2026, el barrio sigue siendo ese territorio intermedio, donde el noctámbulo cultural encuentra más preguntas que respuestas, y donde el silencio es tan protagonista como la música.

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Las cantinas de la vieja guardia: donde el tiempo se toma en tragos

Para entender la noche de Centenario hay que caminar sin afán. No es un barrio para turistas que buscan filas en la puerta ni cocteles de autor. Es un barrio para sentarse en una silla de plástico, pedir un aguardiente o una cerveza bien fría, y dejarse llevar por la conversación. Las cantinas tradicionales no tienen nombre rimbombante, y muchas ni siquiera tienen letrero visible. Son locales de unos veinte metros cuadrados, con barra de fórmica, espejo al fondo, y una nevera que zumba más que la música. El olor es inconfundible: cerveza derramada, cigarrillo, madera húmeda y ese perfume barato de los ambientadores de baño que nunca logran tapar el olor a viejo.

La cantina de la esquina de la Carrera 11 con Calle 5

Esta es quizás la más conocida del sector, aunque no tiene nombre oficial. Los vecinos le dicen "la de Don Ramiro", por el dueño, un hombre de 78 años que todavía atiende detrás de la barra con un delantal azul que parece no haber lavado desde los ochenta. Aquí la música es salsa clásica, pero a volumen moderado. Suena Grupo Niche, suena la Fania, suena Joe Arroyo. Don Ramiro no pone reggaetón ni vallenato: "aquí se viene a oír música de verdad", dice mientras seca un vaso con un trapo que ha visto mejores días. Los personajes son fijos: el jubilado que llega a las 7pm a tomarse una sola cerveza y se queda hasta las 10, la señora de cincuenta y tantos que vende chance y se sienta en la misma mesa de siempre, y un par de hombres que hablan de fútbol y de política con la misma pasión. Las cervezas están alrededor de los $5.000 COP, y el aguardiente por copa puede costar $4.000 COP. Precios de referencia de agosto de 2026, sujetos a cambio.

El billar de la Calle 4

A dos cuadras de allí, en la Calle 4 con Carrera 12, está uno de los pocos billares que quedan en el centro de Cali. El lugar es amplio, con seis mesas de billar que tienen el paño gastado por años de uso. La luz es blanca y dura, de esas que no perdonan arrugas ni ojeras. Aquí el sonido característico no es la música (que suele ser salsa o boleros a volumen bajo), sino el golpe seco de las bolas de marfil contra las bandas. El dueño, un tipo flaco de gafas que todos llaman "el profesor", cobra $8.000 COP por hora de juego. Hay personajes que llegan todas las noches: el apostador profesional que nunca pierde, el estudiante de la Universidad del Valle que se escapa de la casa a jugar una partida, y un viejo que no juega pero se sienta a mirar, con una cerveza que le dura dos horas. Es un lugar para observar, para entender cómo el barrio se relaciona con el ocio: sin prisa, sin aspavientos, con una dignidad que parece heredada de otra época.

La tienda-esquina de la Carrera 10

No todas las cantinas de Centenario son formales. La tienda de la esquina de la Carrera 10 con Calle 3 es, ante todo, un supermercado de barrio que de día vende pan, leche y huevos. Pero de noche, después de las 8pm, el dueño saca una nevera portátil con cervezas y aguardiente, pone dos sillas plásticas en el andén, y sin decirlo, convierte la acera en un bar improvisado. Este es el punto de encuentro de los noctámbulos más jóvenes del barrio, esos que no tienen plata para ir a Granada pero quieren sentirse parte de algo. Aquí no hay música, solo conversación. Se habla de trabajo, de la situación del país, de los hijos, del precio del arriendo. Es un lugar donde la noche se vuelve terapia comunitaria, donde el silencio entre tragos no incomoda, porque todos saben que están ahí por lo mismo: para no estar solos.

La vida familiar en los pasajes internos: el otro Centenario

Pero la noche de Centenario no es solo cantinas. De hecho, la mayoría de las cuadras son residenciales, y los pasajes internos son el corazón del barrio. Estos pasajes son callejones peatonales que conectan las carreras y calles principales, flanqueados por casas de uno o dos pisos, con puertas de madera y ventanas con rejas de hierro forjado. Son el territorio de las familias que viven aquí desde hace décadas, y de noche, cuando las cantinas empiezan a llenarse, los pasajes se van vaciando. A las 7pm ya no se ven niños jugando fútbol contra las paredes. A las 8pm las abuelas sacan las sillas a la puerta para tomar el fresco, pero hablan en voz baja, como si no quisieran molestar el ambiente. A las 9pm casi todas las puertas están cerradas, y el único movimiento es el de algún vecino que saca la basura o el del gato del edificio que camina por el borde de los tejados.

Lo fascinante de Centenario es esa convivencia entre lo público y lo privado. Las cantinas están en las esquinas, a la vista de todos, pero los pasajes internos son un mundo aparte. Hay pasajes donde la gente ha vivido cincuenta años sin conocer al vecino de la otra casa, y otros donde las puertas están abiertas de par en par hasta las 10pm, con la televisión encendida y el olor a sancocho filtrándose hacia la calle. La noche en estos pasajes es un ritual de encierro: se baja la reja, se echa el cerrojo, se apaga la luz de la sala y se enciende la del cuarto. El barrio se va quedando mudo, y las voces que se oyen son las de los vigilantes que caminan con sus linternas y sus perros, marcando el territorio con pasos lentos y silbidos de vez en cuando.

Para el visitante, caminar por estos pasajes de noche es una experiencia casi espiritual. No hay letreros, no hay guías turísticas que los mencionen, no hay señalización. Simplemente aparecen entre las casas, como túneles que llevan a otro tiempo. La luz de los postes es tenue, amarilla, y las sombras se alargan de maneras extrañas. Se oye el agua corriendo por alguna tubería, el ladrido lejano de un perro, el crujir de una puerta. Es fácil imaginar que en los años cincuenta, cuando el barrio era nuevo, la vida era así: lenta, silenciosa, familiar. Y es esa sensación de estar en un lugar que no ha cambiado lo que hace que Centenario sea tan especial para los que lo conocen.

El silencio de las bodegas abandonadas: memoria en ruinas

Si las cantinas son la voz de la noche y los pasajes su respiración, las bodegas abandonadas son su memoria. En el costado oriental de Centenario, hacia la Carrera 13 y 14, hay varias bodegas que alguna vez fueron almacenes de textiles, depósitos de mercancía y talleres de mecánica. Hoy están vacías, con las puertas metálicas oxidadas, los vidrios rotos y los muros cubiertos de carteles de conciertos y grafitis mal hechos. De noche, estas estructuras son imponentes. No hay luz adentro, y el silencio que emana es denso, casi tangible. Es el tipo de silencio que hace que uno baje la voz sin razón, que camine más rápido, que evite mirar demasiado tiempo las ventanas oscuras.

Hay una bodega en particular, en la Calle 4 con Carrera 13, que los vecinos llaman "la de los fantasmas". Cuentan que en los años setenta fue un depósito de llantas que se incendió una madrugada, y que desde entonces se oyen ruidos extraños: golpes en las paredes, pasos en el techo, el llanto de un niño. Nadie puede confirmarlo, pero la leyenda persiste. Lo cierto es que la bodega lleva por lo menos quince años sin uso, y su fachada es un recordatorio de que el barrio no siempre fue lo que es hoy. Hubo un tiempo en que Centenario era un punto de comercio importante, con fábricas y almacenes que daban trabajo a cientos de personas. Esa economía murió, y las bodegas quedaron como esqueletos de un pasado más próspero.

Para el noctámbulo cultural, estas ruinas tienen un atractivo particular. No son lugares para entrar (no se recomienda, por seguridad), pero sí para observar desde la acera. La luz de la luna se filtra por los techos a medio caer, y las sombras de las estructuras se proyectan sobre el pavimento agrietado. Es un escenario perfecto para la reflexión: sobre el paso del tiempo, sobre la fragilidad de los negocios, sobre cómo las ciudades crecen y se olvidan de sus propios rincones. En agosto de 2026, algunas de estas bodegas han sido compradas por inversionistas que planean convertirlas en bares o galerías, pero por ahora, siguen siendo monumentos al silencio.

Soledad y compañerismo: la doble cara de la noche centenaria

Hay algo contradictorio en la noche de Centenario. Por un lado, es un barrio donde la soledad se siente con fuerza. El hombre que llega solo a la cantina de Don Ramiro, la mujer que camina rápido por los pasajes para llegar a su casa, el vigilante que da vueltas sin encontrar a nadie con quien hablar. La soledad está en el aire, en el eco de los pasos sobre el cemento, en las luces que se apagan una a una. Pero por otro lado, hay un compañerismo nocturno que no se ve en otros barrios. Los parroquianos de las cantinas se conocen por nombre, se preguntan por la familia, se prestan plata para completar la cerveza. Los vigilantes tienen acuerdos tácitos con los tenderos: silban dos veces si ven algo raro, y el otro responde con una tos. Hay una red invisible de cuidados que hace que la noche no sea tan hostil como parece.

Quizás por eso los noctámbulos culturales encuentran en Centenario un lugar tan fértil. No es la fiesta estridente de la Calle 9 ni la elegancia de Granada. Es un espacio donde la introspección es posible, donde uno puede sentarse en una acera a mirar las estrellas sin que nadie lo moleste, donde la conversación con un desconocido puede durar horas y terminar con un abrazo. La noche en Centenario enseña que la soledad no es lo mismo que la tristeza, y que el compañerismo no necesita de música alta ni de tragos caros. A veces, lo único que se necesita es una silla, una cerveza y la disposición a escuchar.

Para el visitante, la recomendación es llegar sin expectativas. No busque un plan estructurado; déjese llevar. Empiece con una cerveza en la tienda de la Carrera 10, siga con una partida de billar en la Calle 4, termine con un aguardiente en la cantina de Don Ramiro. Y entre cada parada, camine por los pasajes internos, respire el aire de las bodegas abandonadas, escuche el silencio. Esa es la verdadera experiencia de Centenario de noche: una crónica urbana que se escribe con los sentidos, no con el celular.

Cómo llegar y moverse en Centenario de noche

Centenario está ubicado en el centro-oriente de Cali, delimitado aproximadamente por la Calle 1 y la Calle 5, y entre la Carrera 10 y la Carrera 15. Es un barrio pequeño, que se puede recorrer a pie en veinte minutos, pero hay que tener en cuenta algunas cosas para moverse de noche con seguridad y comodidad.

En transporte público

El MIO tiene varias rutas que pasan por el centro, y la estación más cercana a Centenario es la estación San Nicolás, que queda a unas tres cuadras del barrio. Desde allí, se puede caminar hacia el oriente por la Calle 5 hasta llegar al corazón de Centenario. También pasan buses y colectivos por la Carrera 10 y la Calle 5, pero después de las 9pm la frecuencia disminuye considerablemente. Se recomienda verificar los horarios del MIO antes de salir, porque el último bus puede pasar antes de lo esperado.

En taxi o plataformas

Los taxis y las plataformas como Uber o Didi llegan sin problema a Centenario, pero hay que tener en cuenta que algunas calles internas son muy angostas y los conductores pueden preferir dejarlo en la esquina de la Carrera 10 con Calle 5. Es una buena opción si viene de Granada o de la Avenida Sexta, y el costo desde esos puntos suele estar entre $8.000 y $15.000 COP, dependiendo del tráfico y la hora. Para la vuelta, es mejor pedir el vehículo desde la cantina o el bar donde se encuentre, y esperar dentro del local hasta que llegue.

A pie

Si viene del centro, puede caminar desde la Plaza de Cayzedo por la Calle 5 en dirección oriente. Son unas diez cuadras, y el recorrido es seguro si se hace en grupo o con la luz del día. De noche, es preferible no caminar solo por las calles más desoladas, especialmente cerca de las bodegas abandonadas. Use los pasajes internos solo si conoce el barrio; para el visitante, es mejor mantenerse en las calles principales. Lleve linterna del celular y evite los callejones sin salida.

Tips locales para disfrutar Centenario de noche

Aquí van algunos consejos que solo le dará alguien que conoce el barrio de verdad:

  • Lleve efectivo. Las cantinas tradicionales y las tiendas-esquina no aceptan tarjeta, y muchas veces el datáfono no funciona. Con $30.000 COP en billetes pequeños tiene suficiente para una noche completa.
  • Vista cómoda pero decente. No es un barrio de lujo, pero la gente se arregla para salir. Una camisa limpia y zapatos cerrados son suficientes. Evite las sandalias y la ropa demasiado deportiva si quiere sentirse parte del ambiente.
  • No saque el celular en las esquinas oscuras. No es que sea peligroso, pero es mejor ser precavido. Úselo dentro de los locales o en las zonas con más movimiento.
  • Salude al llegar. En las cantinas de la vieja guardia, la cortesía es clave. Un "buenas noches" al entrar y un "gracias" al salir abren muchas puertas. Los parroquianos aprecian al que respeta las reglas del lugar.
  • Pida "media" si no quiere emborracharse. "Media" es media cerveza, que en Cali se sirve en un vaso pequeño. Es la forma local de tomar sin excederse, y los tenderos la entienden perfectamente.
  • Si le ofrecen chance, puede jugar. El chance es la lotería ilegal local, y en las cantinas es común que alguien venda #s. No es obligatorio comprar, pero si quiere socializar, es un buen rompehielos.
  • Respete el silencio de los pasajes. Si camina por un pasaje interno de noche, baje la voz. Hay familias durmiendo, y el respeto al sueño ajeno es una ley no escrita en el barrio.

Un dato curioso: en Centenario, la noche tiene su propio calendario. Los lunes y martes las cantinas están casi vacías, y los dueños cierran temprano, alrededor de las 10pm. Los jueves, viernes y sábados, en cambio, el ambiente se anima, y hay locales que se quedan hasta la 1am. Los domingos, la mayoría de los negocios cierra temprano, y el barrio se entrega al silencio total. Si quiere vivir la experiencia completa, vaya un viernes por la noche, cuando la mezcla de música, conversación y penumbra está en su punto máximo.

Preguntas frecuentes

¿Es seguro caminar por Centenario de noche?

En general, el barrio es tranquilo, pero como en todo el centro de Cali, hay que tomar precauciones. Las calles principales (Calle 5, Carrera 10) tienen movimiento hasta las 10pm, y las cantinas son espacios seguros. Sin embargo, las zonas de bodegas abandonadas y los pasajes internos pueden ser desolados, y no se recomienda caminar solo por ahí después de las 9pm. Si va en grupo o con alguien que conoce el barrio, el riesgo es bajo. Use el sentido común, no exhiba objetos de valor y evite los callejones sin salida.

¿Cuánto cuesta una noche en las cantinas de Centenario?

Es de los planes más económicos de Cali. Una cerveza en la tienda-esquina cuesta alrededor de $5.000 COP, y en las cantinas formales puede llegar a $6.000 COP. El aguardiente por copa está entre $4.000 y $5.000 COP. Si quiere jugar billar, son $8.000 COP por hora. Con $40.000 COP tiene una noche completa, incluyendo transporte de ida y vuelta en plataforma. Precios de referencia de agosto de 2026, sujetos a cambios.

¿Hay algún código de vestimenta o comportamiento en las cantinas tradicionales?

No hay código de vestimenta estricto, pero se espera decoro. La gente del barrio se arregla para salir, así que evite la ropa de gimnasia o las chanclas. En cuanto al comportamiento, la regla de oro es la cort

Introducción histórica o contextual

El barrio Centenario, ubicado en el suroeste de Cali, tiene una rica historia que se remonta a su fundación en la década de 1940. Originalmente, esta zona fue diseñada como un proyecto habitacional para trabajadores de la ciudad, lo que la convirtió en un punto de encuentro de familias locales. Con el paso del tiempo, Centenario ha evolucionado, pero ha mantenido su esencia comunitaria y su carácter acogedor.

En las últimas décadas, el barrio ha visto un renacer cultural, impulsado por la llegada de jóvenes emprendedores y artistas que han abierto espacios alternativos como cafés, galerías y bares, convirtiendo a Centenario en un lugar vibrante para disfrutar de la vida nocturna. Este cambio ha traído consigo una mezcla interesante de tradición y modernidad, reflejando la diversidad de la ciudad misma.

El ambiente del barrio se transforma a partir de las seis de la tarde, cuando las calles se llenan de gente socializando en las cantinas y espacios familiares. Es un momento clave para experimentar la verdadera esencia de la vida en Centenario, donde cada rincón cuenta una historia y cada encuentro es una oportunidad para conectar con la comunidad.

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Qué hacer

La Tertulia

Un clásico en el barrio, ideal para disfrutar de una buena conversación acompañada de una cerveza artesanal local. La Tertulia se caracteriza por su ambiente relajado y su decoración típica de cantina. Insider Tip: Pregunta por la cerveza de la casa, que cambia semanalmente y siempre sorprende con nuevos sabores.

Casa de la Música

Este espacio cultural ofrece presentaciones en vivo de artistas locales y es un punto de encuentro para los amantes de la música. El ambiente es acogedor, perfecto para disfrutar de una noche llena de talento. Insider Tip: Llega temprano para asegurar un buen lugar y no te pierdas la oportunidad de probar el cóctel de la semana, que siempre tiene un toque especial.

El Mercado del Centenario

Un lugar vibrante donde se pueden encontrar productos frescos y comida típica. Es ideal para pasear y disfrutar de la gastronomía caleña. Insider Tip: Visita los puestos de frutas exóticas y pregunta a los vendedores sobre sus recomendaciones; te llevarás sorpresas deliciosas.

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Dónde comer o beber

La Casona

Un clásico en Centenario, La Casona ofrece una variedad de platos típicos como el sancocho y la bandeja paisa. Su ambiente cálido y acogedor es perfecto para disfrutar con amigos. Insider Tip: Pregunta por el "plato del día", que suelen preparar con ingredientes frescos y de temporada, y acompáñalo con un jugo natural de guanábana.

Bar La Rumba

Este bar es famoso por su ambiente festivo y su selección de cervezas artesanales locales. Ideal para disfrutar de una buena conversación entre amigos. Insider Tip: No te pierdas las noches de salsa en vivo, donde podrás ver a músicos locales en acción y, si te animas, ¡a bailar!

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Camila Mendoza

Camila Mendoza

Cronista de Historia Urbana & Barrios

Historiadora urbana y apasionada de la arquitectura colonial y republicana. Rescata la memoria barrial y los secretos de cada rincón.

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