La identidad culinaria de Kennedy no está en la avenida, está en las casas
Si usted le pregunta a un bogotano por dónde comer en Kennedy, lo más probable es que le mencionen un centro comercial o un local de pollo asado sobre la Avenida Boyacá. Y sí, ahí hay opciones, pero la verdadera memoria gastronómica de esta localidad —la que resiste desde finales del siglo XX— no se anuncia con vallas de neón. Se esconde en los patios de las casas, en los garajes convertidos en cocina y en las esquinas donde el aceite hierve desde las 6 de la mañana.
Kennedy, con sus más de un millón de habitantes, es un crisol de migraciones internas. Llegaron familias de Boyacá, Cundinamarca, Tolima y Santander en los años 60 y 70, trayendo consigo recetas que aquí se fusionaron con lo que había: papa criolla, guasca, curuba y la necesidad de rendir el mercado. Hoy, en agosto de 2026, esas cocinas siguen vivas, pero pelean contra las cadenas de domicilios y el relevo generacional que prefiere vender el local a un operador de comidas rápidas.
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Este artículo no es un listado de restaurantes de moda. Es un homenaje a tres cocinas que sobreviven al cambio de siglo: la del ajiaco de la abuela, la de la fritanga de la esquina y la del jugo de curuba tradicional. Tres historias, tres familias y una misma pregunta: ¿hasta cuándo van a aguantar?
La cocina del ajiaco de la abuela: el caldo que se niega a morir
En el barrio Marsella, a tres cuadras del Parque Timiza, está la casa de doña Gloria. Lleva 38 años vendiendo ajiaco los fines de semana, pero no en un restaurante: en el comedor de su casa, con manteles de plástico y una olla que parece sacada de otro siglo. Ella es boyacense de Sogamoso y llegó a Bogotá en 1978 con su mamá y tres hermanos. El ajiaco que prepara no es el de los restaurantes de la Zona G, ese que sirven con crema de leche y alcaparras en un plato de diseño. El de doña Gloria es el ajiaco de olla, el que se come los domingos después de misa.
La historia de la familia detrás del caldo
Doña Gloria aprendió la receta de su madre, que a su vez la aprendió de su abuela en un pueblo donde el frío se quitaba con guasca y papa criolla. Cuando llegó a Kennedy, el barrio era potrero y los domingos se sentía el olor a carbón de las casas vecinas. Ella empezó vendiendo ajiaco a los albañiles que construían el barrio El Amparo. Les cobraba 200 pesos por un plato que hoy, ajustado a la inflación de 2026, sería un robo. Pero entonces no había plata para más.
Hoy, el ajiaco de doña Gloria cuesta 18.000 pesos colombianos. Incluye tres presas de pollo, mazorca, papa criolla, papa sabanera y papa pastusa —las tres, porque así se espesa el caldo—, alcaparras, crema de leche y aguacate. Pero lo que realmente lo diferencia es la guasca. Ella la cultiva en una matera al fondo del patio, porque dice que la que venden en las plazas ya no huele igual. "La guasca de ahora es de invernadero, no tiene esa cosa que da la tierra fría", me dijo mientras revolvía la olla con un cucharón de palo que tiene más años que sus hijos.
La receta original y los ingredientes que ya no se consiguen
El secreto del ajiaco de doña Gloria no está en los ingredientes caros, sino en uno que ya casi nadie usa: el hogao hecho con cebolla junca y tomate chonto, no con tomate de exportación. Ese tomate chonto, pequeño y ácido, ya no llega a las plazas de Kennedy con la frecuencia de antes. Los distribuidores prefieren vender tomate larga vida a los supermercados. Doña Gloria tiene que mandar a su nieto a la Plaza de Paloquemao cada sábado a las 4 de la mañana a buscar las últimas cajas de tomate chonto que llegan de Fusagasugá.
Otro ingrediente que se ha vuelto difícil es la papa criolla de verdad, esa que es amarilla intensa y se deshace al tocarla. La que se consigue ahora en los supermercados es una variedad híbrida que no espesa igual. Por eso, doña Gloria compra su papa criolla a un campesino de Zipaquirá que le trae costales cada 15 días. "Si me falla ese señor, no hago ajiaco esa semana. Prefiero no hacer a vender una cosa que no es", dice con una firmeza que no admite discusión.
El precio actual y el pulso con las cadenas
Los 18.000 pesos que cobra doña Gloria por su ajiaco son, en agosto de 2026, un precio de referencia que no incluye domicilio. Se come en su casa, en un comedor que tiene capacidad para 12 personas. A veces hay que esperar mesa, pero eso hace parte de la experiencia. En comparación, un ajiaco en un restaurante de la Calle 85 puede costar 45.000 pesos, y uno de cadena de comida rápida en un centro comercial de Kennedy ronda los 25.000, pero con pollo desmechado de bolsa y guasca en polvo.
La pregunta es si este modelo aguanta. El nieto de doña Gloria, de 24 años, estudia ingeniería de sistemas y no quiere heredar la olla. "Eso no deja plata", dice él, aunque la casa de su abuela está pagada, sus primos estudiaron con las ganancias del ajiaco y la vecina de al lado le compra el caldo para llevar todos los domingos. La cocina tradicional de Kennedy no es un negocio de márgenes altos, pero es un negocio de sostenibilidad social: mantiene a una familia, alimenta a un barrio y preserva una receta que no aparece en los libros de cocina gourmet.
La fritanga de la esquina: la resistencia del aceite y el maíz
A dos kilómetros de la casa de doña Gloria, en el barrio Kennedy Central, está la fritanga de don Pedro. No tiene nombre en la fachada. Es un local de 4 metros de frente, con una vitrina de vidrio donde descansan las empanadas, los pasteles de pollo, las papas rellenas y los buñuelos. Don Pedro es de Ibagué, llegó a Bogotá en 1995 con una maleta y una receta de su madre que envolvía el relleno de las empanadas con un toque de comino que aquí nadie usaba. Esa diferencia, ese comino, le dio identidad a su fritanga.
El negocio que empezó con una canasta
Don Pedro no empezó con local. Empezó con una canasta de mimbre que cargaba en la cabeza, vendiendo empanadas en la puerta del colegio de sus hijos. Las hacía en la cocina de su casa, que era un cuarto arrendado en el barrio El Vergel. En 1998, con los ahorros de tres años, arrendó el local de la esquina donde sigue hoy. Su esposa, doña Nubia, hace la masa con maíz amarillo que muelen ellos mismos en un molino manual que trajeron del Tolima. Ese maíz, dicen, ya no es el mismo que se consigue en Bogotá.
Los ingredientes que desaparecieron del mercado
El maíz que usan para las empanadas es maíz peto, pero no el que venden en bolsa en los supermercados. Ellos compran maíz en mazorca a un proveedor de Melgar que les llega cada martes. El problema es que ese proveedor, que ya tiene 68 años, dice que este año fue el último que siembra porque ya no le sale rentable. El maíz criollo ha sido desplazado por variedades transgénicas que rinden más por hectárea pero que, según don Pedro, "saben a cartón".
Otro ingrediente que escasea es la papa pastusa para la papa rellena. La que se consigue ahora es más harinosa y se deshace al freírla. Don Pedro ha tenido que cambiar su receta, pero no quiere cambiar el sabor. "La papa rellena de antes tenía un corazón de carne jugoso, no esa cosa seca de ahora", dice mientras muestra una papa rellena recién salida del aceite. Su truco para mantener la jugosidad es añadir un poco de caldo de costilla a la carne del relleno, un secreto que aprendió de su abuela y que no piensa revelar a nadie más.
El precio actual y la competencia con el delivery
En agosto de 2026, una empanada en la fritanga de don Pedro cuesta 3.500 pesos. Una papa rellena, 6.000. Un pastel de pollo, 5.000. Son precios de referencia que no han subido mucho porque don Pedro sabe que su clientela es de barrio, gente que no puede pagar 12.000 pesos por una empanada de restaurante hipster. Pero las cadenas de domicilios le han pegado duro: Rappi y otras plataformas ofrecen "empanadas gourmet" con queso derretido y salsas de autor por precios similares, y la gente joven prefiere pedir por celular que caminar a la esquina.
Don Pedro no tiene domicilio propio. "No me alcanza para pagar la comisión de las plataformas", dice. Su único canal de venta es el mostrador, y su mejor publicidad es el olor que sale del aceite cuando son las 5 de la tarde. Ese olor, que se mezcla con el de la gasolina de la avenida, es el olor de la resistencia.
El jugo de curuba tradicional: la bebida que se está perdiendo
La tercera cocina que sobrevive al cambio de siglo en Kennedy no es un plato, es una bebida. En la Plaza de Mercado de Kennedy, en el puesto 47, doña Rosalba vende jugo de curuba desde 1987. Su puesto es un mostrador de granito con tres licuadoras industriales que tienen más parches que la carretera a La Calera. Ella es de Vélez, Santander, y llegó a Bogotá huyendo de la violencia. Su jugo de curuba no es como el de las cafeterías de moda: no lleva azúcar morena ni hielo de sabores. Es curuba, agua, hielo y panela raspada. Nada más.
La historia de la curuba en la plaza
Cuando doña Rosalba empezó, la Plaza de Mercado de Kennedy era el corazón de la localidad. La gente iba a hacer mercado el sábado y se sentaba a tomar jugo mientras los niños corrían entre los puestos. Ella vendía hasta 200 vasos al día, a 500 pesos cada uno. Hoy vende 30, a 4.000 pesos. La competencia no son las otras plazas, sino las tiendas de conveniencia y las máquinas expendedoras de jugos envasados que se instalaron en los centros comerciales cercanos.
La curuba que ella usa ya no es la misma. Antes compraba la curuba de su tierra, que llegaba a la plaza en cajas de madera, con un aroma que se sentía a dos puestos de distancia. Ahora, la mayoría de la curuba que llega a Bogotá es de cultivos de Boyacá, más grande y de cáscara más gruesa, pero con menos pulpa y menos sabor. "La curuba de antes era pequeña, arrugada, fea, pero dulce. Esta de ahora es bonita y no sabe a nada", se queja mientras pela una con un cuchillo que ha afilado mil veces.
La receta original y el problema de la panela
El jugo de curuba de doña Rosalba tiene un secreto: la panela raspada, no la panela disuelta en agua. Ella raspa un trozo de panela sobre el vaso antes de licuar, de manera que quedan pequeños cristales que se sienten al tomar. Ese detalle, dice, es lo que diferencia su jugo del que hacen en las cafeterías, que usan azúcar blanca o endulzante. El problema es que la panela de calidad, la que se hace en trapiches artesanales, cada vez es más difícil de conseguir. Los trapiches de Santander han cerrado porque el precio del azúcar industrial es más bajo.
Otro ingrediente que ya no consigue es el hielo en bloque que antes le traía un señor en un carro de madera. Ese hielo se raspaba con un cuchillo y le daba al jugo una textura distinta. Ahora compra bolsas de hielo en cubos en una fábrica de la localidad, pero no es lo mismo. "El hielo en bloque era más denso, no se derretía rápido", explica.
El precio actual y el futuro de la plaza
El vaso de jugo de curuba de doña Rosalba cuesta 4.000 pesos en agosto de 2026. Es un precio de referencia que ella mantiene hace dos años, porque sabe que si lo sube, pierde los pocos clientes que le quedan. La Plaza de Mercado de Kennedy ha sido renovada por la alcaldía local: ahora tiene pisos nuevos, iluminación LED y un letrero moderno en la entrada. Pero los puestos de comida tradicional se van reduciendo. Doña Rosalba calcula que de los 45 puestos de comida que había en 2000, hoy quedan 12. El resto son celulares, ropa y frutas importadas.
Ella no sabe hasta cuándo va a seguir. Sus hijos, que viven en el barrio, le han dicho que venda el puesto y descanse. Pero ella dice que no puede: "¿Quién va a hacer el jugo de curuba como yo?" Es una pregunta que no tiene respuesta fácil.
Qué hacer: un recorrido por las tres cocinas en un solo día
Si usted quiere vivir la experiencia completa de estas tres cocinas, le recomiendo hacer un recorrido que empieza temprano y termina al atardecer. No es una ruta turística oficial, pero es la ruta que los vecinos de Kennedy conocen de memoria.
Ruta sugerida: de la plaza a la fritanga, y de ahí al ajiaco
- 8:00 am – Jugo de curuba en la Plaza de Mercado de Kennedy: Llegue temprano para ver a doña Rosalba preparando su puesto. Pida un vaso de jugo de curuba y un caldo de costilla que venden en el puesto vecino. La plaza está en la Calle 38B Sur con Carrera 78H. El puesto 47 es fácil de encontrar: busque la fila de personas que esperan el jugo.
- 12:00 pm – Fritanga de don Pedro en Kennedy Central: Camine unas 20 cuadras hacia el oriente, o tome un bus que lo deje en la Avenida Boyacá con Calle 38 Sur. La fritanga de don Pedro está en una esquina sin nombre, pero el olor a aceite y comino lo va a guiar. Pida una empanada de carne, una papa rellena y un pastel de pollo. Si tiene suerte, doña Nubia le ofrece un café tinto que prepara en un pocillo de aluminio.
- 2:00 pm – Ajiaco de doña Gloria en Marsella: Tome un taxi o un bus alimentador hasta el barrio Marsella, cerca del Parque Timiza. La casa de doña Gloria está en la Carrera 80 con Calle 41 Sur. No tiene aviso, pero los vecinos saben dónde es. Toque la puerta y pregunte por el ajiaco. Ella solo atiende de viernes a domingo, así que planifique bien.
Esta ruta le tomará unas 5 horas, incluyendo los desplazamientos. Le costará alrededor de 40.000 pesos por persona, sin contar el transporte. Es una inversión en memoria culinaria, no en lujo.
Dónde comer o beber: la guía práctica de las tres cocinas
Aquí va el detalle de cada lugar, con la información que necesitan los foodies y los investigadores de memoria culinaria.
El ajiaco de doña Gloria
- Ubicación: Carrera 80 con Calle 41 Sur, barrio Marsella (a 3 cuadras del Parque Timiza).
- Horario: Viernes a domingo, de 12:00 pm a 6:00 pm. Se recomienda llegar antes de las 2:00 pm porque se agota.
- Precio: 18.000 COP por plato de ajiaco completo (incluye pollo, mazorca, papa, alcaparras, crema, aguacate y un vaso de agua de panela).
- Dato clave: No hay menú. Se come lo que haya en la olla. Si llega tarde, puede que solo quede caldo sin pollo.
- Se recomienda verificar horarios antes de visitar, porque doña Gloria a veces cierra si no consigue la guasca de su matera.
La fritanga de don Pedro
- Ubicación: Esquina de la Carrera 76 con Calle 38 Sur, barrio Kennedy Central.
- Horario: Martes a domingo, de 7:00 am a 9:00 pm. Los lunes descansan.
- Precios de referencia de agosto de 2026: Empanada de carne, 3.500 COP; papa rellena, 6.000 COP; pastel de pollo, 5.000 COP; buñuelo, 2.500 COP.
- Dato clave: La salsa picante que hacen es de ají rojo con cebolla y cilantro. Es opcional, pero si no la prueba, no entendió la fritanga.
- No hay domicilio. Es solo en el mostrador. Si quiere llevar, pida que le empacan en papel periódico, como se hace en el barrio.
El jugo de curuba de doña Rosalba
- Ubicación: Puesto 47, Plaza de Mercado de Kennedy, Calle 38B Sur con Carrera 78H.
- Horario: Lunes a sábado, de 6:00 am a 4:00 pm. Los domingos cierra.
- Precio: Vaso de jugo de curuba, 4.000 COP. También vende jugo de lulo y de tomate de árbol al mismo precio.
- Dato clave: Si le pide "jugo con leche", ella le agrega leche entera de la que venden en la plaza, no la de caja. Eso le cambia el sabor por completo.
- Precio sujeto a cambios, consultar directamente, porque la curuba de Boyacá sube de precio en temporada de lluvias.
Cómo llegar y transporte: moverse por Kennedy sin perderse
Kennedy es una localidad enorme y el transporte puede ser confuso para quien no conoce. Aquí van las opciones para llegar a cada punto de la ruta.
En TransMilenio
La estación más cercana a la Plaza de Mercado de Kennedy es la estación <
Tips locales
Comer en Kennedy va más allá de los típicos centros comerciales. Aquí te comparto algunos tips locales que te ayudarán a descubrir la auténtica gastronomía de la zona:
La Huerta de Sofía
Insider Tip: Este restaurante es conocido por su enfoque en ingredientes frescos y locales. No te pierdas su menú de almuerzos, que cambia diariamente según la disponibilidad de productos. Pregunta por las recomendaciones del día, suelen ser un acierto.
Los Abuelos
Insider Tip: Un clásico en la zona, famoso por su bandeja paisa. Si quieres una experiencia auténtica, prueba su menú ejecutivo, que incluye un delicioso ajiaco los miércoles. La atención es familiar y el ambiente acogedor, ideal para una comida relajada.
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Preguntas frecuentes
La Casa de la Abuela
Insider Tip: Este lugar es conocido por su ajiaco, pero no te vayas sin probar el postre de arequipe. Es un clásico que muchos olvidan, pero que vale la pena. Además, la atención es familiar y acogedora, lo que hace que la experiencia sea aún más especial.
El Mercado de Kennedy
Insider Tip: Aunque es un mercado, hay varios puestos que ofrecen comida típica. Lo mejor es ir temprano para disfrutar de un desayuno con calentado y chocolate. Pregunta a los locales por el puesto más popular; a menudo, ellos te llevarán a la mejor opción. ¡No te olvides de probar el chicha!
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