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El Fuerte del Silencio: La Historia Olvidada del Castillo de San Fernando en la Bahía de Santa Marta

Camila Mendoza
Camila Mendoza|Cronista de Historia Urbana & Barrios
Actualizado el 20 de junio, 2026
El Fuerte del Silencio: La Historia Olvidada del Castillo de San Fernando en la Bahía de Santa Marta

Si caminas por el centro histórico de Santa Marta y miras hacia el mar, probablemente solo veas el azul del Caribe y el cerro de la Punta de Betín. Pero si sabe

Un Castillo que Pocos Conocen en la Bahía Samaria

Si caminas por el centro histórico de Santa Marta y miras hacia el mar, probablemente solo veas el azul del Caribe y el cerro de la Punta de Betín. Pero si sabes dónde fijar la vista, al fondo, casi escondido entre la vegetación de la isla de La Aguja, se alza una mole de piedra que ha visto pasar siglos de historia en silencio. Es el Castillo de San Fernando, una fortaleza que la mayoría de samarios conoce apenas de oídas y que pocos turistas se toman el tiempo de visitar.

No esperes encontrar una estructura impecable como el Castillo de San Felipe en Cartagena. Aquí el abandono, la maleza y el salitre han hecho de las suyas. Pero eso es precisamente lo que hace especial a este lugar: su autenticidad. No hay taquillas modernas ni guiones turísticos ensayados. Hay piedras que guardan historias de piratas, de cañonazos, de soldados que sudaban fiebre amarilla y de pescadores que, décadas después, convirtieron sus muros en hogar.

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Esta es la historia de un castillo que la ciudad olvidó, pero que merece ser recordado.

Orígenes

Para entender por qué existe el Castillo de San Fernando hay que remontarse al siglo XVII, cuando Santa Marta era un punto estratégico en las rutas del oro y la esmeralda que salían del Nuevo Reino de Granada hacia España. La bahía, aunque hermosa, era un imán para piratas ingleses, franceses y holandeses que veían en sus aguas tranquilas una oportunidad para saquear.

La Corona Española, después de varios ataques que dejaron la ciudad en ruinas (como el del pirata inglés John Hawkins en 1568 o el del francés Jean-Baptiste Ducasse en 1697), entendió que no bastaba con el pequeño fuerte de San Juan de la Cruz, ubicado donde hoy está la Casa de la Aduana. Se necesitaba una defensa más robusta que protegiera la entrada a la bahía desde el mar abierto.

La construcción del Castillo de San Fernando comenzó alrededor de 1739, en el marco de las reformas borbónicas que buscaban modernizar las defensas del Caribe. Se escogió la isla de La Aguja, una lengua de tierra que cierra la bahía por el costado occidental, justo donde cualquier barco enemigo tendría que pasar para llegar a la ciudad. El diseño siguió el modelo de fortificación abaluartada de la época: muros gruesos de piedra coralina, baluartes en las esquinas para cruzar fuego, y una batería de cañones apuntando al canal de navegación.

El nombre "San Fernando" honraba al rey Fernando VI de España, aunque los locales, con su costumbre de apodarlo todo, pronto lo llamaron simplemente "El Fuerte". Durante sus primeros años, la guarnición estuvo compuesta por soldados peninsulares y milicianos locales, muchos de ellos mulatos y zambos reclutados a la fuerza, que vivían en condiciones miserables entre el calor húmedo y los mosquitos.

Lo que pocos saben es que el castillo nunca llegó a completarse del todo. Los planos originales incluían un foso, un puente levadizo y almacenes subterráneos, pero la falta de fondos y la burocracia colonial dejaron varias partes a medio hacer. Aun así, durante casi un siglo cumplió su función disuasoria: ningún pirata logró tomar Santa Marta por la bahía mientras el fuerte estuvo operativo.

Línea de tiempo o hitos históricos

  • 1739 – Inicio de obras: El ingeniero militar Antonio de Arévalo, el mismo que trabajó en las fortificaciones de Cartagena, traza los planos del Castillo de San Fernando. La construcción avanza lento por falta de mano de obra esclava y materiales.
  • 1741 – Ataque de Vernon a Cartagena: Aunque Santa Marta no fue atacada directamente, el pánico llevó a acelerar las obras del fuerte. Se instalan los primeros cañones de bronce traídos de España.
  • 1760 – Primeros disparos reales: La guarnición del castillo abre fuego contra un navío inglés que intentaba acercarse a la bahía. El barco se retira sin confirmarse si hubo daños.
  • 1815 – La independencia lo pasa por alto: Durante la reconquista española, el castillo es abandonado por las tropas patriotas. Los realistas lo ocupan brevemente, pero ya para 1820, con la independencia consolidada, el fuerte queda sin uso militar.
  • 1850 – Refugio de pescadores: Las bóvedas del castillo empiezan a ser habitadas por familias de pescadores que encuentran en sus muros protección contra el sol y la lluvia. Se instalan fogones, hamacas y pequeñas huertas entre los cañones oxidados.
  • 1920 – Declarado Monumento Nacional: El gobierno colombiano reconoce su valor histórico, pero la declaratoria no viene acompañada de presupuesto para su conservación. El castillo sigue deteriorándose.
  • 1970 – Expedición arqueológica de la Universidad del Magdalena: Un grupo de estudiantes y profesores realiza el primer levantamiento formal del sitio. Encuentran monedas españolas del siglo XVIII, fragmentos de cerámica y un cañón de hierro forjado que hoy está en el Museo del Oro Tairona.
  • 2005 – Proyecto de restauración fallido: La Alcaldía de Santa Marta anuncia un plan para recuperar el castillo y convertirlo en un parque temático histórico. El proyecto se queda en los estudios preliminares por falta de recursos.
  • 2023 – Nuevo interés académico: Arqueólogos de la Universidad Nacional y el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH) retoman las excavaciones. Encuentran restos de una cocina colonial y más de 40 balas de cañón enterradas en la playa adyacente.

Personajes o hechos clave

Antonio de Arévalo (1715–1790)

Este ingeniero militar español fue el cerebro detrás del Castillo de San Fernando. Nacido en Cádiz, llegó al Nuevo Reino de Granada en 1738 y se convirtió en el principal experto en fortificaciones del virreinato. Además del fuerte samario, trabajó en las murallas de Cartagena, el Castillo de San Luis de Bocachica y el Fuerte de San José en la isla de Tierra Bomba. De Arévalo tenía una obsesión por la simetría y la funcionalidad defensiva, pero en Santa Marta se topó con la realidad del trópico: la piedra coralina se desmoronaba con facilidad y la humedad carcomía la pólvora en los almacenes. En una carta al virrey, escribió: "Este castillo será perpetuo testigo de nuestra terquedad por defender lo que la naturaleza ya ha condenado".

El capitán José María Barreiro (1793–1819)

Aunque más conocido por su papel en la Batalla de Boyacá, Barreiro tuvo un breve paso por el Castillo de San Fernando en 1816, cuando los españoles lo usaron como base para operaciones de contrainsurgencia. Bajo su mando, el fuerte fue escenario de fusilamientos de patriotas locales capturados en la región. Los pescadores que habitan hoy la zona aún cuentan que en las noches de luna llena se escuchan cadenas arrastrándose por los pasillos subterráneos, supuesto eco de los prisioneros que Barreiro encerraba en los calabozos.

Doña María Luisa del Castillo (1840–1910)

Una figura poco documentada pero fascinante. Doña María Luisa fue la última habitante "oficial" del castillo antes de que pasara a manos del Estado. Viuda de un pescador, vivió sola en una de las bóvedas durante más de 40 años, sobreviviendo de la pesca y del cuidado de una pequeña capilla que improvisó en uno de los baluartes. Los ancianos del barrio de El Rodadero recuerdan que “la loca del castillo” (como le decían) ahuyentaba a los curiosos a pedradas y afirmaba que hablaba con los fantasmas de los soldados españoles. A su muerte en 1910, el gobierno recuperó el control del sitio, pero la tradición oral asegura que su espíritu aún recorre las murallas.

El hallazgo de 1970: el tesoro del contrabandista

Durante la expedición arqueológica de 1970, los estudiantes de la Universidad del Magdalena encontraron algo que no esperaban: un entierro de monedas de plata acuñadas en la Casa de la Moneda de Santa Fe de Bogotá entre 1756 y 1789, junto con lingotes de plomo y un sello real español. La teoría más aceptada es que pertenecían a un contrabandista que escondió su mercancía en el castillo durante una redada de las autoridades coloniales. Las monedas, unas 200 en total, fueron entregadas al Banco de la República y hoy forman parte de la colección numismática del Museo de Oro de Bogotá.

Estado actual

Llegar al Castillo de San Fernando en junio de 2026 no es tarea sencilla, y eso es parte de su encanto. No hay buses turísticos ni señalización en la carretera. La forma más común de acceder es en lancha desde el muelle de El Rodadero o desde la Marina de Santa Marta. El viaje dura unos 20 minutos y los precios rondan los 40.000–60.000 COP por persona en lancha compartida, aunque se puede negociar un tour privado por unos 200.000 COP. También existe la opción de llegar por tierra hasta la Punta de La Aguja y luego caminar unos 30 minutos por un sendero de tierra que bordea los acantilados, pero el camino es empinado y resbaladizo, especialmente en época de lluvias (abril a junio y octubre a noviembre).

Una vez en el sitio, el visitante se encuentra con una estructura que la naturaleza ha reclamado. Los muros de piedra coralina están cubiertos de líquenes, cactus y bejucos. Los cañones originales fueron retirados en la década de 1960 para evitar robos, pero el ICANH ha instalado réplicas de hierro en algunas posiciones para dar una idea de cómo se veía el fuerte en su época de gloria. Las bóvedas, que sirvieron como viviendas para los pescadores, aún conservan restos de fogones y grafitis que datan de finales del siglo XIX.

En 2025, el Ministerio de Cultura destinó 1.200 millones de pesos para una intervención de emergencia que incluye la consolidación de los muros más deteriorados y la construcción de un pequeño centro de interpretación. Los trabajos comenzaron en marzo de 2026 y se espera que estén listos para diciembre del mismo año. Sin embargo, los arqueólogos a cargo advierten que el castillo necesita una intervención mucho más profunda para garantizar su conservación a largo plazo.

Lo más impactante del lugar no son las piedras, sino el silencio. A diferencia de Cartagena, donde los fuertes están llenos de vendedores ambulantes y grupos de turistas con selfie sticks, aquí solo se oye el romper de las olas contra los arrecifes y el canto de las gaviotas. Es un lugar que invita a la contemplación y a imaginar cómo era la vida en este puesto avanzado del Imperio Español, donde soldados mal pagados vigilaban el horizonte esperando velas enemigas que nunca llegaron.

Para los viajeros de turismo cultural, el Castillo de San Fernando ofrece una experiencia que pocos destinos en el Caribe colombiano pueden igualar: la posibilidad de tocar la historia sin filtros ni maquillajes. No hay guías uniformados ni audioguías en cinco idiomas. Hay un guardia de campo del ICANH que a veces aparece para cobrar la entrada (5.000 COP para nacionales, 10.000 COP para extranjeros) y que, si le cae bien, le contará historias que no están en los libros.

Si decide visitarlo, tenga en cuenta que no hay servicios sanitarios, ni tiendas, ni restaurantes. Lleve agua, repelente de mosquitos, protector solar biodegradable (para no dañar el ecosistema marino) y calzado cerrado con buen agarre. La mejor hora para ir es temprano en la mañana (entre las 7:00 y las 9:00 a.m.), cuando el sol no castiga tanto y la luz del amanecer tiñe las ruinas de un tono dorado que las hace parecer sacadas de una película de piratas.

Y si tiene suerte, quizás encuentre a algún pescador de la zona que le muestre el secreto mejor guardado del castillo: un túnel subterráneo que, según la leyenda, conecta el fuerte con la Catedral de Santa Marta, a más de 8 kilómetros de distancia. Los arqueólogos dicen que no hay evidencia de que exista, pero los locales juran que sus abuelos lo usaron para pasar contrabando durante la Colonia. Como en toda buena historia de Santa Marta, la verdad y la leyenda se mezclan hasta ser imposible separarlas.

El Castillo de San Fernando no es un destino para todos. Es para quienes buscan algo más que una foto para Instagram. Es para quienes quieren entender que esta ciudad, antes de ser el destino de sol y playa que conocemos hoy, fue un punto estratégico en la defensa del Imperio Español, un lugar donde hombres y mujeres lucharon, vivieron y murieron en el silencio de una bahía que guarda sus secretos bajo el agua y entre las piedras.

Camila Mendoza

Camila Mendoza

Cronista de Historia Urbana & Barrios

Historiadora urbana y apasionada de la arquitectura colonial y republicana. Rescata la memoria barrial y los secretos de cada rincón.

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