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Laureles: el código de los silencios entre casas

Camila Mendoza
Camila Mendoza|Cronista de Historia Urbana & Barrios
Actualizado el 29 de julio, 2026
Laureles: el código de los silencios entre casas

Si uno mira Laureles desde el aire, lo primero que salta es esa obsesión por la geometría. Las manzanas no son cuadradas como en el centro de Medellín, sino rec

El mito de la cuadrícula perfecta: cómo las manzanas alargadas definen la intimidad

Si uno mira Laureles desde el aire, lo primero que salta es esa obsesión por la geometría. Las manzanas no son cuadradas como en el centro de Medellín, sino rectángulos alargados, casi como fichas de dominó. Eso no es casualidad. Cuando los urbanistas diseñaron este barrio en los años 40, pensaron en un modelo de ciudad donde la privacidad fuera un lujo alcanzable para la clase media emergente. Las calles anchas, los andenes arbolados y esas manzanas alargadas creaban un ritmo de vida donde el vecino de al lado no te veía el patio, pero sí te escuchaba la radio. Era un código de silencios: las casas se daban la espalda entre sí, mirando todas hacia la calle, pero con patios interiores que funcionaban como pulmones privados.

Ese diseño, que hoy parece una rareza en una ciudad que crece hacia arriba, fue una respuesta directa al caos del centro. Laureles nació como un suburbio jardín, con zonas verdes que no eran parques grandes, sino pequeños remansos entre cuadras. La Avenida Nutibara, la 70, la 80… todas fueron trazadas para que el carro no fuera el rey, sino el peatón. Pero claro, eso era antes de que el carro se volviera el símbolo de estatus. Hoy, esas mismas calles que invitaban al paseo se llenaron de tráfico, y las casas que antes tenían antejardines ahora tienen rejas electrificadas. El mito de la cuadrícula perfecta se mantiene en los planos, pero en la realidad, el silencio ya no es el mismo.

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Lo interesante es que aún se puede caminar por la Calle 34, entre la 70 y la 80, y sentir esa intimidad que los arquitectos buscaban. Las casas no son altas, los árboles de mango y gualanday tapan las fachadas, y el ruido de la ciudad se diluye. Esa es la magia de Laureles: su tejido urbano no se ha roto del todo. Pero hay que saber mirar. Porque cuando uno se fija bien, encuentra que muchas de esas casas originales ya no existen. Fueron demolidas para dar paso a torres de apartamentos que rompen la escala humana. Y ahí está el dilema: ¿cómo mantener la intimidad cuando los edificios de 15 pisos te miran desde arriba?

Los patios internos que se convirtieron en estacionamientos: la pérdida del espacio común

En las casas originales de Laureles, el patio interior era el corazón. No era un lujo, era una necesidad. Allí se colgaba la ropa, se tomaba el café de la tarde, se criaban gallinas en los años 50 y los niños jugaban mientras las mamás tejían. Ese patio, normalmente de unos 20 metros cuadrados, estaba rodeado por las habitaciones y la cocina, creando un microclima fresco que mitigaba el calor de Medellín. Pero con la llegada del carro, todo cambió. En los años 70 y 80, el patio se pavimentó para meter el Renault 4 o el Mazda 323. El espacio de encuentro familiar se convirtió en un lugar de paso, un garaje frío y sin vida.

Hoy, caminar por Laureles y ver esas casas con la puerta metálica levantada y un carro adentro es un recordatorio de cómo el progreso mató la convivencia. Los arquitectos que estudian el barrio llaman a esto "la pérdida del espacio intermedio": ese lugar que no era ni calle ni casa, sino un filtro entre lo público y lo privado. En las casas que aún conservan el patio original, como algunas en la Calle 36 con Carrera 74, se puede ver cómo la vegetación aún sobrevive. Hay buganvilias trepando por las paredes, helechos en macetas colgantes, y hasta un limonero que da frutos cada diciembre. Pero son excepciones.

El dato curioso que pocos conocen es que en las manzanas alargadas de Laureles, los patios traseros solían estar conectados entre sí por callejones estrechos. Eso permitía que los vecinos se prestaran herramientas, compartieran el agua de la manguera o simplemente se dieran un grito para avisar que el pan estaba listo. Esos callejones, que hoy están cerrados con rejas o convertidos en pasos de servicios, fueron la red social del barrio. Si uno se fija bien, aún puede ver las huellas de esas puertas traseras que daban al callejón, tapiadas con ladrillo o cemento. Cada una es una historia de cómo el vecindario se fue desintegrando.

Las tapias pintadas a mano que cuentan historias de familias fundadoras

Una de las cosas que más llama la atención en Laureles son las tapias. Esos muros altos, a veces de dos metros, que rodean las casas antiguas. No son simples paredes de bloque; muchas están pintadas a mano con escenas que parecen sacadas de un álbum familiar. En la Carrera 74 con Calle 33, por ejemplo, hay una tapia que muestra un paisaje campesino con una finca y un caballo. La pintura, aunque algo desgastada por el sol y la lluvia, aún conserva los colores vivos: el verde de los pastos, el azul del cielo, el blanco de la casa. Esa tapia la pintó don Pedro, un albañil que llegó de Sonsón en 1948 y construyó su casa con sus propias manos. Su nieta, que aún vive ahí, cuenta que don Pedro pintaba cada año una escena diferente, como un calendario de su vida.

Estas tapias no son solo decoración. Son un archivo visual de las familias fundadoras de Laureles. En los años 50 y 60, cuando el barrio era casi rural, los dueños de las casas usaban los muros para contar su origen: el pueblo de donde vinieron, los oficios que aprendieron, los santos que veneraban. Hay tapias con vírgenes, con paisajes de montaña, con animales de granja. Incluso hay una, en la Calle 35 con Carrera 73, que tiene un mapa de Antioquia pintado con letras doradas, señalando el municipio de origen de la familia: Santa Rosa de Osos. Esa tapia data de 1953 y la pintó un maestro de escuela que vivía allí.

Pero estas tapias están desapareciendo. Con la llegada de los edificios nuevos, los muros se derriban o se revisten con materiales modernos. Las pinturas a mano no son rentables para los constructores, que prefieren fachadas lisas y minimalistas. Por eso, si uno quiere verlas, tiene que caminar con calma por las calles más antiguas, como la 33 entre 74 y 75, o la 36 entre 70 y 71. Allí aún resisten unos 20 murales domésticos, según un censo informal que hicieron estudiantes de arquitectura de la Universidad Nacional en 2024. Pero cada año se pierden dos o tres, borrados por el yeso o el esmalte blanco.

El dato que pocos turistas saben es que algunas de estas tapias tienen inscripciones ocultas. Debajo de la pintura, si uno raspa con cuidado, aparecen nombres de los primeros habitantes, fechas de nacimiento, incluso versos de poemas. Es como un palimpsesto urbano. En una tapia de la Carrera 73, por ejemplo, se lee: "Aquí vivió la familia Mejía, 1942-1998". Eso lo descubrió un vecino cuando la casa se vendió y el nuevo dueño quiso pintar la fachada. Afortunadamente, logró convencerlo de que dejara esa inscripción visible. Hoy, es un punto de referencia para los nostálgicos que caminan el barrio.

El nuevo silencio: cómo los edificios altos mataron el rumor de las ventanas

Antes, en Laureles, el sonido de la vida entraba por las ventanas. Las casas tenían ventanas de madera con vidrios pequeños, que se abrían hacia adentro para que entrara el aire. Desde la calle se escuchaba el golpe de las cucharas contra las ollas, el llanto de los niños, las novelas de la radio. Era un rumor constante, como un río de fondo. Pero desde que empezaron a construir torres de 12, 15 y hasta 20 pisos, ese rumor se apagó. Los edificios nuevos tienen ventanas selladas, con vidrios templados que no dejan pasar el ruido, pero tampoco la vida. El silencio que se impone no es el de la tranquilidad, sino el de la desconexión.

Los habitantes más antiguos del barrio recuerdan cómo, en los años 60, las ventanas eran el principal canal de comunicación. Las señoras se asomaban a la ventana para hablar con la vecina que barría la acera. Los niños se trepaban al alféizar para ver pasar los carros. Los enamorados silbaban desde la calle para que la novia abriera la ventana. Eso se perdió. Ahora, las ventanas de los edificios son espejos que reflejan el sol, pero no muestran lo que pasa adentro. El barrio se volvió más seguro, dicen algunos, pero también más frío.

El fenómeno no es solo acústico, sino social. Las torres nuevas tienen porterías con vigilancia, ascensores con tarjetas de acceso y balcones que dan a la calle, pero donde nadie se sienta. En las casas antiguas, en cambio, la gente ponía sillas en la acera, bajo los árboles, y se sentaba a ver pasar la vida. Eso ya no se ve. La calle dejó de ser una extensión de la casa. Y aunque hay excepciones, como en la Calle 34 con Carrera 70, donde un grupo de vecinos organizó una "cuadra viva" con macetas y bancas, la tendencia es que el espacio público se vacíe.

En julio de 2026, el debate sobre las alturas en Laureles sigue abierto. La Alcaldía de Medellín ha propuesto limitar las construcciones a 8 pisos en algunas zonas, pero los constructores presionan para seguir levantando torres. Mientras tanto, los que vivimos aquí sentimos que el silencio nuevo no es el del campo, sino el de un barrio que se vuelve anónimo. El rumor de las ventanas se fue, y con él, parte de la identidad.

Mapa de 5 casas originales (1920-1950) que aún resisten

Si quieres ver cómo era Laureles antes de que los edificios lo cambiaran, aquí tienes cinco casas que aún se mantienen en pie, casi como museos vivientes. Todas están habitadas, así que respeta la privacidad de los dueños. Pero desde la calle se pueden apreciar las fachadas y los detalles arquitectónicos.

  • Casa de la Calle 33 # 74-12: Construida en 1928 por la familia Londoño. Es una de las más antiguas del barrio. Tiene un techo de teja de barro a dos aguas, puertas de madera tallada y una tapia lateral con un mural de una virgen. La fachada conserva el color amarillo original, aunque retocado. Se puede ver desde la acera, pero no entrar.
  • Casa de la Carrera 73 # 35-08: Data de 1935. Es un ejemplo de la arquitectura republicana antioqueña, con zócalos de cemento pulido y ventanas de guillotina. El patio interior aún tiene un pozo de agua, aunque ya no se usa. La dueña, doña Rosa, de 89 años, a veces sale a regar las plantas y saluda a los curiosos.
  • Casa de la Calle 36 # 70-45: Construida en 1942 por un ingeniero que trabajó en la construcción del aeropuerto Olaya Herrera. Tiene un estilo más moderno, con líneas rectas y una terraza en la azotea. Lo más llamativo es el jardín frontal, con una ceiba centenaria que da sombra a toda la cuadra. Es un punto de encuentro para los pájaros.
  • Casa de la Carrera 75 # 34-20: Esta es de 1950, una de las últimas del período fundacional. Tiene un garaje que aún conserva la puerta original de madera y un letrero pintado a mano que dice "Taller de costura". La fachada es de ladrillo visto, algo raro en Laureles. La familia que vive allí es la tercera generación de sastres.
  • Casa de la Calle 34 # 72-50: Una joya escondida. Construida en 1948, tiene un pasillo lateral que lleva a un patio trasero con un horno de leña. La fachada es blanca, con molduras de estuco que imitan piedra. Los vecinos dicen que allí funcionó una panadería en los años 50. Hoy es una vivienda familiar, pero el horno aún se usa para hacer arepas los fines de semana.

Cada una de estas casas es un testimonio de cómo se construía cuando el tiempo no era plata. Los materiales eran locales: ladrillo cocido, madera de comino, teja de barro. Las proporciones eran humanas: ventanas a la altura de los ojos, puertas que no pesaban una tonelada, patios que respiraban. Si quieres entender Laureles, no vayas a los centros comerciales. Camina estas calles y mira con atención. Ellas te contarán más que cualquier guía.

Cómo llegar y transporte

Llegar a Laureles es fácil desde cualquier punto de Medellín. El barrio está bien conectado por el Metro, el Metrocable y las rutas de bus. Si vienes del centro, toma la Línea A del Metro hasta la estación Estadio. Desde allí, camina 10 minutos hacia el oeste por la Avenida 70, o toma un bus que suba por la Calle 34. Si vienes de El Poblado, lo mejor es tomar un taxi o un Uber, que te dejará en unos 20 minutos, dependiendo del tráfico. Los precios de referencia de julio de 2026 son de 8.000 a 12.000 COP en bus, y de 18.000 a 25.000 COP en taxi desde El Poblado.

Para moverte dentro del barrio, la mejor opción es caminar. Laureles es plano y las distancias son cortas. Las calles están numeradas de forma clara: las carreras van de norte a sur y las calles de este a oeste. La Avenida 70 es el eje principal, con restaurantes y bares, pero para ver las casas originales, métete por las calles 33, 34 y 35 entre las carreras 70 y 75. Si prefieres la bicicleta, hay estaciones de EnCicla, el sistema público de bicicletas, en la estación Estadio y en la Unidad Deportiva. Es gratis para residentes y turistas con registro previo.

El transporte público en bus es eficiente. Las rutas C6-001 y C6-002 recorren la Avenida 70 y la 80, conectando Laureles con el centro y Belén. Los buses pasan cada 10 minutos en hora pico y cada 20 en horas valle. El pasaje cuesta 2.800 COP. Se recomienda verificar horarios antes de viajar, especialmente los domingos, cuando la frecuencia disminuye.

Tips locales

Aquí van algunos consejos que solo los que vivimos en Laureles conocemos. Si quieres experimentar el barrio como un local, sigue estas pistas.

  • Camina temprano: Las mejores horas para ver las casas antiguas son entre las 6 y las 8 de la mañana. La luz es suave, las calles están vacías y los vecinos sacan las sillas a la acera para tomar el tinto. Es el momento en que el barrio se parece más a lo que fue.
  • No te limites a la 70: La Avenida 70 es famosa por sus bares y restaurantes, pero las verdaderas joyas arquitectónicas están en las calles laterales. La Calle 33 y la Carrera 74 son dos de las mejor conservadas. Lleva un mapa o usa Google Maps para no perderte.
  • Habla con los vecinos mayores: Los abuelos que aún viven en las casas originales son la mejor fuente de historias. Si los ves sentados en la puerta, salúdalos y pregúntales cómo era el barrio en los años 50. La mayoría te contará con gusto, y a veces te invitarán un café.
  • Lleva cámara, pero con respeto: Las tapias pintadas son fotogénicas, pero evita tomar fotos de las personas sin permiso. Muchas familias son reservadas y no les gusta que les apunten con el lente. Pregunta antes de disparar.
  • Prueba la comida de la calle: En la esquina de la Calle 34 con Carrera 71 hay un carrito de arepas de chócolo que funciona desde 1985. Doña Martha las hace con queso y mantequilla, y son una delicia. Cuestan 4.000 COP cada una. Es el tipo de lugar que no aparece en las guías turísticas.
  • Visita la Unidad Deportiva Atanasio Girardot: Aunque no es una casa antigua, este complejo deportivo es parte de la historia de Laureles. Fue construido en los años 50 y aún conserva el estadio de fútbol y las pistas de atletismo. Es un buen lugar para descansar después de caminar.

Un último tip: si tienes tiempo, busca la "Casa de los Espejos", en la Carrera 72 con Calle 35. No es un lugar turístico, sino una casa particular que tiene un espejo enorme en la fachada, puesto por el dueño para reflejar el árbol de la acera. Es un detalle absurdo y hermoso que solo los que caminan con los ojos abiertos encuentran.

Preguntas frecuentes

¿Todavía se pueden visitar las casas antiguas de Laureles por dentro?

La mayoría son viviendas privadas y no están abiertas al público. Sin embargo, algunas familias permiten visitas si se les pide con respeto. Puedes tocar la puerta y preguntar, pero no insistas si dicen que # Hay excepciones, como la Casa de la Calle 36 # 70-45, donde la dueña a veces recibe grupos pequeños los fines de semana. Se recomienda verificar con anticipación preguntando en la Junta de Acción Comunal de Laureles, que organiza recorridos esporádicos.

¿Qué está pasando con la arquitectura original de Laureles frente a la construcción de edificios nuevos?

Es un tema sensible. Desde los años 2000, la presión inmobiliaria ha llevado a la demolición de muchas casas antiguas para construir torres de apartamentos. En julio de 2026, el Plan de Ordenamiento Territorial de Medellín busca proteger algunas zonas, pero la normativa es laxa. Organizaciones como "Salvemos Laureles" hacen campaña para preservar el patrimonio, pero el ritmo de demolición sigue siendo alto. Se estima que solo el 15% de las casas originales del barrio se mantienen en pie.

¿Hay algún recorrido guiado que se enfoque en la historia residencial de Laureles?

Sí, existen algunas iniciativas independientes. La Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín, organiza caminatas académicas cada semestre, abiertas al público. También hay guías locales como "Laureles Patrimonial", que ofrecen recorridos a pie por 25.000 COP por persona. Estos tours se centran en la arquitectura, las tapias y las historias familiares, y suelen durar unas tres horas. Se recomienda reservar con al menos una semana de anticipación, ya que los grupos son pequeños.

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Qué hacer

Parque de los Deseos

Este espacio es ideal para disfrutar de una película al aire libre, especialmente durante los eventos de cine al parque. La atmósfera es relajada y familiar. Insider Tip: Lleva tu propia manta y una canasta de picnic para hacer de tu visita una experiencia más cómoda y placentera. No te olvides de revisar la programación, ya que frecuentemente organizan actividades culturales y talleres.

Plaza de la Libertad

Un lugar perfecto para observar la vida cotidiana de los habitantes de Laureles. Aquí puedes encontrar ferias de emprendimiento y eventos comunitarios. Insider Tip: Visita durante el fin de semana, cuando hay más actividades y la plaza se llena de música y color. Es un buen momento para probar las delicias que venden los emprendedores locales.

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Dónde comer o beber

El Reloj

Este lugar es famoso por sus hamburguesas gourmet y su ambiente relajado. Es ideal para una comida casual con amigos o una cita. Elige la "Laureles" para una experiencia local auténtica.

Insider Tip: No te pierdas la salsa de ají casera, que es un complemento perfecto para las hamburguesas y, si puedes, pide una cerveza artesanal local para acompañar tu comida.

La Causa

Especializado en comida peruana, La Causa es el lugar perfecto para probar ceviches frescos y platos típicos con un toque moderno. El ambiente es acogedor y familiar, ideal para disfrutar de una buena conversación.

Insider Tip: Pregunta por el ceviche del día, que siempre viene preparado con los ingredientes más frescos. También, si tienes antojo, no dudes en pedir un pisco sour, son conocidos por su buena preparación.

Pizzeria La Verdad

Conocida por su auténtica pizza al estilo napolitano, este es un lugar que no puedes dejar de visitar. La masa es hecha a mano y cocinada en horno de leña, lo que le da un sabor único y delicioso.

Insider Tip: Ve en horas de la tarde para disfrutar de su promoción de "Happy Hour" en cervezas artesanales. Además, si prefieres un toque local, prueba la pizza con chicharrón.

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Camila Mendoza

Camila Mendoza

Cronista de Historia Urbana & Barrios

Historiadora urbana y apasionada de la arquitectura colonial y republicana. Rescata la memoria barrial y los secretos de cada rincón.

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