Las casonas olvidadas: arquitectura de los años 20 en Buenos Aires
Si caminás por el barrio Buenos Aires de Medellín, te vas a topar con una postal que pocos turistas conocen: fachadas de principios del siglo XX, con molduras de cemento, balcones de hierro forjado y puertas de madera maciza que aún conservan sus aldabas originales. Mientras el centro se llena de torres de vidrio y el Poblado se traga los cerros con edificios de lujo, aquí, en las laderas orientales, quedan los restos de una Medellín que intentaba ser moderna hace cien años. En julio de 2026, todavía se pueden ver cinco casonas republicanas que sobrevivieron al “progreso”. Este artículo es una guía para encontrarlas, entender su historia y fotografiarlas sin ser un fastidio para los vecinos.
Introducción histórica y contextual
El barrio Buenos Aires nació a finales del siglo XIX como un arrabal de la ciudad, habitado por trabajadores de las fábricas de textiles y curtiembres que se instalaron cerca de la quebrada Santa Elena. Para la década de 1920, Medellín vivía la bonanza del café y la industrialización, y las familias de clase media y alta empezaron a construir casas de estilo republicano en lo que entonces era la periferia. Estas casonas mezclaban influencias neoclásicas traídas por arquitectos europeos con técnicas locales de tapia pisada y bahareque. Hoy, más de la mitad han sido demolidas o remodeladas sin criterio. Pero quedan algunas joyas, casi invisibles entre los grafitis y los locales de repuestos de moto.
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Lo curioso es que Buenos Aires no está en las guías de arquitectura. Mientras todos hablan de la iglesia de la Veracruz o del Palacio Nacional, acá hay un patrimonio que se cae a pedazos pero que todavía cuenta cómo vivían los medellinenses hace un siglo. Si sos arquitecto, urbanista o simplemente un viajero que se cansa de los centros comerciales, este barrio te va a sorprender.
Qué hacer: mapa de 5 casonas estilo republicano que aún se conservan
Acá van cinco direcciones exactas donde las fachadas originales se mantienen casi intactas. Llevá calzado cómodo porque hay subidas empinadas, y ojo: algunas están en medio de calles residenciales, así que andá con respeto.
Casona de la calle 36 con carrera 35 (Esquina de los Vitrales)
Esta es la más fotogénica. Tiene un vitral semicircular sobre la puerta principal con un diseño de flores y pájaros, típico de las casas de la élite paisa de los años 20. La fachada es de dos plantas, con balcón de madera tallada y columnas dóricas falsas en cemento. Hoy funciona como una sede de la Junta de Acción Comunal, pero los vitrales siguen adentro. Un vecino me contó que ahí vivió don Pedro Justo Berrío, un comerciante de café que importó los vidrios desde Francia. Se recomienda visitar entre semana, en la mañana, cuando hay menos movimiento.
Casona de la carrera 34 # 37-12 (La Casa del Reloj)
En la fachada, sobre la puerta, hay un reloj de sol empotrado en la pared, algo rarísimo en Medellín. La casa es de un solo piso, con techo de teja de barro y un zaguán que da a un patio interno con plantas. Perteneció a la familia Mejía Ángel, dueños de una fábrica de cerveza. Hoy es una vivienda familiar, así que no se puede entrar, pero la fachada es una maravilla. El detalle: las rejas de las ventanas tienen forma de espiral, hechas a mano por un herrero de la época. Está en una esquina, así que hay buena luz para fotos a las 4 de la tarde.
Casona de la calle 38 # 33-15 (La Esquina del Zócalo)
Esta casa destaca por su zócalo de baldosas hidráulicas originales, visibles desde la acera porque la puerta suele estar abierta. Es de estilo republicano tardío, con influencia art nouveau en los marcos de las ventanas. La compró en los años 50 una familia de inmigrantes libaneses que montaron un almacén de telas en el primer piso. Hoy la ocupa una tienda de abarrotes, pero los dueños conservan las molduras y los pisos. Si entrás a comprar una gaseosa, podés echar un vistazo al patio interior, donde hay una fuente de piedra que ya no funciona.
Casona de la carrera 36 # 39-08 (La Casa de la Esquina Redonda)
Una rareza arquitectónica: la esquina de la casa es curva, con una ventana que sigue la forma redondeada. Es de dos pisos, con un mirador en el techo que antes se usaba para ver los desfiles de la Independencia. Perteneció a la familia Uribe Echavarría, relacionados con la fundación de la Universidad de Antioquia. Hoy la ocupan varias familias en arriendo, y el estado de conservación es regular: la pintura se desprende, pero la estructura es sólida. Es perfecta para fotos de detalle de las rejas y los capiteles de las columnas.
Casona de la calle 37 # 34-50 (La Casa de la Madre)
Esta es la más grande de todas: ocupa media cuadra. Tiene un jardín frontal con palmeras y una fachada de tres cuerpos con pilastras jónicas. Fue construida en 1925 por el arquitecto belga Agustín Goovaerts, que también diseñó el Palacio de la Cultura. La habitó la familia de la escritora María Cano, líder obrera de los años 20. Hoy es un colegio privado, el Liceo Buenos Aires, pero desde la calle se ve la fachada completa. El problema: está encerrada por un muro alto, así que la mejor vista es desde la esquina de la carrera 34. Si hablás con la secretaría del colegio, a veces dejan pasar para ver el patio central.
Historia de cada una: quién vivió, qué pasó, qué son hoy
Las cinco casonas comparten un destino común: pasaron de ser hogares de familias adineradas a ser ocupadas por múltiples hogares, instituciones o comercios. Pero cada una tiene una historia que vale la pena contar.
La Esquina de los Vitrales
Don Pedro Justo Berrío era un hombre que viajaba a Europa cada dos años para comprar maquinaria para su tostadora de café. En uno de esos viajes, encargó los vitrales a un taller de París. La casa fue sede de reuniones políticas durante la República Liberal (1930-1946), y se dice que el presidente Alfonso López Pumarejo se hospedó ahí en una visita a Medellín. En los años 70, la familia la vendió y pasó a ser una bodega de muebles. Desde 1990 es de la Junta de Acción Comunal, que la usa para reuniones y eventos. Los vitrales están protegidos con una malla metálica, pero se ven bien.
La Casa del Reloj
La familia Mejía Ángel construyó la casa en 1922, justo cuando la cervecería que tenían en el centro empezaba a crecer. El reloj de sol lo instaló un ingeniero alemán que trabajaba en la fábrica. Cuentan los vecinos que en los años 50, la casa fue escenario de un crimen pasional: un hijo de la familia mató a su esposa en el patio. Desde entonces, dicen que se escuchan pasos en la noche. Hoy vive allí una señora de 80 años, doña Lucía, que es nieta de los dueños originales. Ella mantiene la casa casi igual, con los muebles de la época y las fotos en blanco y negro en las paredes. No la vende porque dice que “la casa tiene alma”.
La Esquina del Zócalo
Los inmigrantes libaneses que la compraron en los 50 se llamaban los hermanos Farah. Pusieron un almacén de telas que funcionó hasta los 80. Luego, la casa se dividió en locales comerciales. Hoy, la tienda de abarrotes que ocupa el primer piso vende desde panela hasta detergente, y el dueño, don Jairo, es el que cuida las baldosas. Me contó que cuando llueve, el agua se filtra por el techo y tiene que poner baldes en el patio. La alcaldía de Medellín le prometió ayuda para restaurar el zócalo, pero nunca llegó.
La Casa de la Esquina Redonda
La familia Uribe Echavarría la mandó construir en 1928, justo cuando el barrio empezaba a urbanizarse. La esquina redonda no fue un capricho: servía para que los carruajes pudieran doblar sin problema. En los años 40, la casa fue alquilada por el gobierno para alojar a los maestros rurales que venían a capacitarse. En los 70, la compró un señor que la convirtió en inquilinato. Hoy viven ahí seis familias, y el estado de la fachada es crítico: hay grietas y la pintura se cae a pedazos. Los vecinos han pedido ayuda a la Secretaría de Cultura, pero dicen que no hay presupuesto.
La Casa de la Madre
Agustín Goovaerts diseñó esta casa como un palacete para la familia de María Cano, la “Flor del Trabajo”. Ella era una líder sindical que luchó por los derechos de los obreros en los años 20. La familia la apoyaba, pero después de su muerte en 1967, la casa quedó abandonada. En los 80, la compró una comunidad religiosa que la convirtió en el Liceo Buenos Aires. Hoy, los estudiantes juegan en el jardín donde antes se hacían tertulias literarias. El colegio permite visitas guiadas con cita previa, pero hay que llamar con semanas de anticipación.
Contraste con la arquitectura moderna invasiva
Si parás en la esquina de la carrera 34 con calle 38, vas a ver un contraste brutal: al frente, la Casa del Reloj con su teja de barro; al lado, un edificio de apartamentos de 15 pisos, todo vidrio y concreto, construido en 2020. Los vecinos dicen que la constructora ofreció comprar la casona para demolerla y hacer otro edificio, pero doña Lucía se negó. “Prefiero morirme en mi casa que verla tirada”, me dijo. Esa tensión entre lo viejo y lo nuevo es la historia de Buenos Aires en los últimos 20 años.
En la calle 37, entre carreras 33 y 34, hay tres torres de apartamentos que se levantaron donde antes había una hilera de casonas republicanas. Solo queda una, la de la Esquina del Zócalo, porque el dueño pidió un precio tan alto que los constructores desistieron. Las fotos de antes y después son impactantes: en 1990, toda la cuadra era de casas de dos pisos con balcones; hoy, son torres de 20 pisos que tapan el sol. Un vecino me mostró una foto de su abuela en la puerta de su casa, en 1985, y al fondo se veía el cerro Pan de Azúcar. Ahora, desde esa misma puerta, solo se ven ventanas de edificios.
Lo peor es que muchas de estas casonas no están protegidas por el Plan de Ordenamiento Territorial. La alcaldía las cataloga como “patrimonio arquitectónico”, pero eso no impide que los dueños las remodelen a su antojo. Un caso triste es el de la casa de la calle 36 # 34-22, que hasta 2018 tenía una fachada original con molduras de yeso. El dueño la revistió con cemento liso y le puso un portón metálico moderno. Ahora parece una bodega cualquiera. Los arquitectos locales han hecho denuncias en redes, pero no pasó nada.
Entrevista a un vecino que vive en una de ellas
Don Jairo, de 67 años, vive en la Casa de la Esquina Redonda desde que nació. Su papá fue el primer inquilino, en 1955. Lo entrevisté en la puerta de su casa, mientras un perro callejero dormía a su lado.
—Don Jairo, ¿cómo era el barrio antes?
—Uy, mijo, esto era otro mundo. Cuando yo era niño, todas estas calles eran de tierra. Las casas tenían patios grandes con árboles de mango y guayaba. Los vecinos se conocían todos, las puertas estaban abiertas todo el día. En las esquinas había tiendas donde vendían guarapo y pan de yuca. La gente se sentaba en las aceras a conversar en las tardes. No había ruido de carros, solo el tranvía que pasaba por la carrera 34.
—¿Y cómo cambió?
—Empezó a cambiar en los 80. Llegaron los edificios, y con ellos, gente nueva que no saludaba. Las casas viejas se fueron vendiendo o alquilando a muchas familias. Ahora, en esta casa vivimos seis familias, y cada una tiene su cocina y su baño. El patio se llenó de lavaderos y tanques de agua. Ya no hay árboles. Y las calles están llenas de carros parqueados, no se puede ni caminar.
—¿Qué siente al ver que la casa se está cayendo?
—Me da tristeza, pero no hay plata para arreglarla. El techo tiene goteras, las paredes se agrietan. El dueño no quiere invertir porque dice que no vale la pena. Yo le he dicho que esta casa es historia, pero él solo piensa en vender. Ojalá la alcaldía hiciera algo, pero aquí nadie mira por los pobres.
—¿Qué le diría a un turista que viene a ver las casonas?
—Que venga, que las vea antes de que las tumben. Pero que sea respetuoso, que no toque las puertas ni saque fotos con flash adentro. Que hable con los vecinos, que algunos le cuentan historias. Y que no se vaya sin probar un pandebono en la tienda de la esquina, que todavía los hacen como antes.
Dónde comer o beber
Después de caminar las cinco casonas, vas a necesitar un descanso. En Buenos Aires no hay restaurantes de mantel blanco, pero sí puestos de comida que te dan el sabor del barrio.
- La Tienda de Don Hernán (carrera 34 # 37-08): Venden empanadas de pipián y café pasado. Abierto de lunes a sábado, 7am a 6pm. Todo por menos de $5.000 COP.
- Panadería Buenos Aires (calle 36 # 33-20): El pandebono es famoso entre los vecinos. También tienen almojábanas y buñuelos. Abierto todos los días, 6am a 8pm.
- La Esquina del Sabor (carrera 35 con calle 38): Un puesto de comidas rápidas con salchipapas y perros calientes. Ideal para un almuerzo rápido. Precios desde $8.000 COP.
- Heladería La 37 (calle 37 # 34-10): Venden helados artesanales de frutas, como lulo y guanábana. Abierto de 10am a 7pm. Un cono cuesta $4.000 COP.
Si querés algo más formal, tenés que ir al centro, a 15 minutos a pie. Pero acá la gracia es comer como local: sentado en una silla plástica, viendo pasar la vida.
Cómo llegar y transporte
Llegar a Buenos Aires es fácil desde cualquier parte de Medellín. Tomá el metro hasta la estación Buenos Aires (línea A). Salís y caminás dos cuadras hacia el oriente por la calle 36. Ahí empezás a ver las primeras casonas. También podés tomar un bus desde el centro: cualquiera que diga “Buenos Aires” o “Santa Elena” te deja en la carrera 34 con calle 37.
Si venís en carro, preparate para calles estrechas y poco parqueadero. Lo mejor es dejar el carro en el parqueadero público de la carrera 33 con calle 38 (cuesta $5.000 COP la hora) y caminar. El barrio es seguro de día, pero como en toda Medellín, no andés con el celular en la mano en las calles más solitarias.
Para los que usan bicicleta, hay una ciclorruta que sube por la carrera 34, pero cuidado con las pendientes: son empinadas. Uber y Didi funcionan bien, pero a veces los conductores se pierden en las callejuelas.
Tips locales
- Horario ideal para fotos: Entre las 3pm y las 5pm, cuando el sol pega de frente a las fachadas de la calle 36. Las sombras largas resaltan las molduras.
- No uses flash: Los vecinos se quejan. Además, la luz natural es mejor para capturar los detalles de las rejas y los vitrales.
- Habla con la gente: Los vecinos son amables y te cuentan historias que no están en los libros. Doña Lucía, de la Casa del Reloj, a veces invita a pasar si la saludás con respeto.
- Llevá agua: Las subidas son duras y no hay muchos locales de venta de botellas. Mejor comprar en la panadería antes de empezar.
- Evitá los fines de semana: Los sábados y domingos hay más ruido y movimiento, y las fachadas se ven menos. Los martes y miércoles en la mañana son los mejores días.
- No toques las fachadas: Algunas están en mal estado y el polvo o la humedad pueden desprender partes. Mirá, no manipules.
- Usá zapatos cerrados: Las calles tienen huecos y escombros. Las chanclas no son buena idea.
Preguntas frecuentes
¿Se puede entrar a las casonas?
La mayoría son viviendas privadas o instituciones, así que no se puede entrar sin permiso. La excepción es la Casona de los Vitrales (Junta de Acción Comunal), que a veces abre sus puertas si hay eventos, y la Casa de la Madre (Liceo Buenos Aires), que permite visitas con cita previa. Para las demás, solo se puede ver la fachada desde la calle.
¿Cuánto tiempo se necesita para recorrer las cinco casonas?
Un recorrido tranquilo, caminando y tomando fotos, te toma entre dos y tres horas. Si querés detenerte a hablar con vecinos o comer algo, calculá medio día. No hay apuro: el barrio se disfruta con calma.
¿Hay algún riesgo de seguridad en el barrio?
Buenos Aires es seguro durante el día, especialmente en las calles principales (carreras 33, 34 y 35, y calles 36 a 38). Como en cualquier barrio de Medellín, evitá las calles muy solitarias y no exhibas objetos de valor. De noche, mejor no caminar solo. Los locales te recomiendan moverte en Uber si oscurece.

