La primera vez que escuché a un amigo arquitecto hablar de “la cuadra de los arquitectos” en El Poblado, pensé que se refería a alguna calle llena de oficinas de diseño o tal vez a un lugar donde se reunían los profesionales a tomar cerveza después del trabajo. No podía estar más equivocado. Se refería a un tramo específico de la carrera 36 (conocida como calle 10A en el nomenclador antiguo), un trecho de no más de 300 metros donde, entre 1950 y 1965, se construyó una de las concentraciones de vivienda moderna más importantes que tuvo Medellín.
Hoy, cuando la mayoría de la gente asocia El Poblado con el ruido de Provenza, las torres de cristal de El Tesoro o los restaurantes de mantel largo en la calle 9, esa cuadra sigue ahí, resistiendo. No sale en las guías turísticas de bolsillo, no aparece en los mapas de los free tours, y mucho menos en los reels de Instagram que promocionan la ciudad de la eterna primavera. Pero para quienes saben mirar, es un museo a cielo abierto que cuenta la historia de cómo Medellín intentó modernizarse sin perder el alma tropical.
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Esto no es una clase de teoría arquitectónica. Es una invitación a caminar despacio, a levantar la cabeza y a descubrir una Medellín que no se anuncia con vallas de neón. Si usted es de los que cree que El Poblado solo es rascacielos, bares y centros comerciales, prepárese a cambiar de opinión en los próximos cinco minutos de lectura.
Orígenes: cuando El Poblado era un pueblo de fincas y veredas
Para entender por qué existe esta cuadra singular, hay que retroceder casi un siglo. A comienzos del siglo XX, El Poblado no era el epicentro financiero que conocemos hoy. Era un corregimiento rural, salpicado de fincas de recreo, potreros y algunos caseríos alrededor de la iglesia de San José. Las familias adineradas de Medellín —que vivían en el centro, cerca de la Plaza Botero y el Parque Berrío— tenían allí sus casas de descanso, huyendo del bullicio industrial que empezaba a tomar fuerza en el Valle de Aburrá.
El verdadero cambio comenzó en la década de 1940. Medellín vivía un auge económico sin precedentes gracias a la industria textil y del café. La ciudad crecía hacia el sur, y El Poblado empezó a dejar de ser un destino de fin de semana para convertirse en una extensión residencial de la urbe. Pero no cualquier extensión: era el lugar donde las familias tradicionales antioqueñas querían construir sus casas, lejos del smog del centro pero cerca de la ciudad que progresaba.
En ese contexto, un grupo de arquitectos jóvenes, recién graduados de la Universidad Nacional y algunos formados en el exterior, vieron una oportunidad única. Eran los años en que el movimiento moderno —aquel que proponía líneas limpias, funcionalidad y una ruptura con los estilos historicistas— estaba llegando a Latinoamérica con fuerza. Medellín, con su espíritu pujante y su clase alta dispuesta a invertir en diseño, se convirtió en un laboratorio arquitectónico.
La carrera 36, en el sector que hoy conocemos como El Poblado central, fue uno de esos terrenos donde este laboratorio echó raíces. No era la calle principal, no tenía el glamour de la avenida El Poblado, pero era un lugar tranquilo, con lotes amplios y una topografía suave que permitía experimentar con patios interiores, celosías y muros de concreto. Allí, entre 1950 y 1965, se levantaron una docena de casas que hoy son joyas silenciosas de la arquitectura moderna colombiana.
El contexto: qué estaba pasando en el mundo y en Medellín
Mientras los arquitectos locales diseñaban esas casas, en el mundo ocurrían cosas que hoy parecen lejanas pero que explican mucho de lo que se construyó. Le Corbusier ya había publicado sus cinco puntos de la arquitectura moderna, Frank Lloyd Wright experimentaba con la integración orgánica entre edificación y paisaje, y en Brasil, Oscar Niemeyer estaba poniendo a Latinoamérica en el mapa del diseño mundial con Brasilia.
En Medellín, el influjo de estas corrientes llegaba a través de revistas especializadas, viajes de estudio y las visitas de arquitectos extranjeros invitados por la Universidad Nacional. El Plan Piloto de Medellín, elaborado en 1950 con asesoría de urbanistas europeos, planteaba una ciudad moderna, con vías amplias y zonas verdes. Aunque el plan no se ejecutó en su totalidad, dejó una semilla en la mentalidad de los constructores locales: Medellín debía mirar hacia adelante.
Los arquitectos que trabajaron en la calle 10A no eran nombres desconocidos. Nel López, uno de los más reconocidos de la época, dejó su huella en varias viviendas del sector. Jaime Vélez, otro de los grandes, experimentó con fachadas de concreto armado que hoy parecen esculturas habitables. Sus nombres aparecen en los archivos de la Lonja de Propiedad Raíz y en el Plan de Ordenamiento Territorial (POT) de Medellín, que en sus anexos patrimoniales reconoce varios de estos predios como bienes de interés cultural.
Lo interesante es que estos arquitectos no estaban copiando literalmente lo que veían en Europa o Estados Unidos. Estaban adaptando el lenguaje moderno al clima y la cultura de Medellín. En lugar de los ventanales enormes que exigía Le Corbusier en París, ellos diseñaban celosías de concreto que dejaban pasar la brisa sin sacrificar la privacidad. En lugar de los techos planos que se usaban en climas fríos, ellos creaban aleros amplios para protegerse del sol tropical. Nacía así una versión propia del movimiento moderno, una que los críticos internacionales llamarían más tarde “modernismo tropical”.
Línea de tiempo o hitos históricos
Para entender cómo se gestó esta joya urbana, conviene mirar el calendario con atención. No es una historia lineal de progreso, sino una serie de momentos que se fueron encadenando hasta producir lo que hoy vemos.
1940–1950: Los años de preparación
El Poblado seguía siendo un corregimiento, pero ya se vislumbraba su futuro. La construcción de la avenida El Poblado, que conectaba el centro con el sur del valle, abrió las puertas a la urbanización. En 1943 se creó la Sociedad Colombiana de Arquitectos, un hito que dio estatus profesional a quienes hasta entonces eran considerados simples constructores o maestros de obra. Los primeros arquitectos graduados de la Universidad Nacional comenzaron a buscar clientes entre las familias acomodadas que compraban lotes en El Poblado para escapar del ruido citadino.
La calle 10A era entonces un camino de herradura bordeado de árboles de mango y guayacán. Los lotes eran grandes, algunos de más de 1.000 metros cuadrados, y se vendían a precios que hoy parecen ridículos. Las familias que compraban allí no buscaban viviendas ostentosas; buscaban tranquilidad, aire limpio y un lugar donde criar a sus hijos lejos de las fábricas del centro.
1950–1958: La explosión creativa
Es el período dorado. Entre 1950 y 1958 se construyeron la mayoría de las casas que hoy conforman la cuadra de los arquitectos. Los clientes eran médicos, abogados, empresarios textiles y algunos políticos liberales que simpatizaban con las ideas de progreso y modernidad. Los arquitectos, por su parte, tenían libertad casi total para experimentar.
Nel López diseñó en 1953 una casa para la familia Restrepo Uribe que hoy sigue en pie en la carrera 36 con calle 10A. La fachada es un juego de planos horizontales de concreto que se proyectan hacia la calle, creando sombras profundas que protegen los ventanales interiores. Los vecinos de la época la llamaban “la casa de las gaviotas”, porque los aleros parecían alas extendidas. Jaime Vélez, por su parte, construyó en 1956 una vivienda para la familia Echavarría, con un patio interior que se convirtió en la pieza central del diseño. La casa no se abre hacia la calle, sino hacia adentro, creando un oasis de silencio en medio del barrio que empezaba a crecer.
Otras viviendas fueron obra de arquitectos menos conocidos pero igualmente talentosos. La casa de la familia Arango, construida en 1954, tiene una celosía de concreto en la fachada que forma un patrón geométrico inspirado en los tejidos indígenas. La casa de la familia Gómez, de 1957, es un ejemplo de cómo el ladrillo a la vista podía combinarse con el concreto armado para crear texturas cálidas y modernas a la vez.
1958–1970: La consolidación y el cambio de escala
A finales de los años cincuenta, la cuadra ya estaba prácticamente construida. Pero Medellín seguía creciendo, y El Poblado empezó a densificarse. Las casas unifamiliares comenzaron a dar paso a edificios de apartamentos, primero de cuatro y cinco pisos, luego de diez y quince. La calle 10A, que había sido un remanso residencial, empezó a sentir la presión del desarrollo inmobiliario.
Algunas de las casas modernistas fueron demolidas para dar paso a torres nuevas. Otras se convirtieron en oficinas, consultorios médicos o sedes de empresas. Pero varias sobrevivieron, gracias en parte a la calidad de su construcción y al prestigio de sus diseñadores. Los propietarios entendieron que tenían entre manos algo valioso, algo que no se podía replicar fácilmente.
1970–2000: El olvido y la degradación silenciosa
Durante tres décadas, las casas modernistas de la calle 10A vivieron un período de abandono relativo. La arquitectura moderna pasó de moda, reemplazada por estilos más ornamentados o por la simple especulación inmobiliaria. Algunas fachadas fueron alteradas, se añadieron pisos, se cambiaron ventanas originales por otras de aluminio, se pintaron los muros de concreto con colores que desvirtuaban el diseño original.
Fue también la época en que El Poblado se convirtió en el barrio más exclusivo de Medellín, y el valor del suelo se disparó. Cada lote era una mina de oro para los constructores, y la presión por demoler era enorme. Muchas casas cayeron en las décadas de 1980 y 1990, reemplazadas por edificios de apartamentos que hoy pueblan la zona. Las que quedaron, quedaron casi de milagro.
2000–2026: El redescubrimiento patrimonial
A comienzos del siglo XXI, un grupo de arquitectos, historiadores y activistas urbanos comenzó a hacer campaña por la protección de estas casas. El Plan de Ordenamiento Territorial de Medellín, adoptado en 2006 y revisado en 2014, incluyó varias de ellas en el inventario de bienes patrimoniales de la ciudad. No todas lograron la declaratoria completa de patrimonio, pero al menos cinco fueron reconocidas como inmuebles de interés cultural, lo que obliga a sus propietarios a mantener las fachadas y las características esenciales del diseño.
En septiembre de 2026, la situación es paradójica. Por un lado, la conciencia patrimonial ha crecido, y cada vez más personas se interesan por la historia de estas casas. Por otro, la presión inmobiliaria continúa, y algunas de las viviendas que no lograron protección están en riesgo. La cuadra de los arquitectos es hoy un testimonio frágil, un lugar que puede desaparecer si no se valora a tiempo.
Personajes o hechos clave
Detrás de cada fachada hay una historia humana, y detrás de cada casa hay un nombre que vale la pena recordar. Estos son algunos de los protagonistas de esta historia urbana.
Nel López: el maestro del concreto
Nacido en Medellín en 1915, Nel López se formó como arquitecto en la Universidad Nacional, donde más tarde sería profesor durante más de treinta años. Fue uno de los primeros profesionales en Colombia en adoptar el lenguaje moderno de manera sistemática, sin las concesiones historicistas que todavía se veían en muchos proyectos de la época.
Su obra más conocida en la calle 10A es la casa de la familia Restrepo Uribe, construida en 1953. Pero también diseñó otras viviendas en el sector, todas caracterizadas por el uso expresivo del concreto armado. López creía que el material, lejos de ser frío y deshumanizado, podía tener calidez si se trabajaba con texturas y ritmos adecuados. Sus fachadas juegan con la luz y la sombra, creando efectos que cambian a lo largo del día.
López también fue un activista urbano. En las décadas de 1960 y 1970, participó en los debates sobre el crecimiento de Medellín, defendiendo la idea de que la ciudad debía crecer de manera compacta y no extenderse sin control por las laderas. Aunque no siempre fue escuchado, sus escritos y conferencias dejaron una huella en varias generaciones de arquitectos.
Jaime Vélez: el poeta del patio
Si Nel López era el maestro del concreto, Jaime Vélez era el poeta del espacio interior. Nacido en 1918, Vélez estudió en Bogotá y luego viajó a Europa, donde trabajó en el estudio de un arquitecto italiano antes de regresar a Colombia. Su experiencia europea le dio una sensibilidad especial por la relación entre la arquitectura y el paisaje, algo que aplicó con maestría en sus casas de El Poblado.
La casa de la familia Echavarría, construida en 1956, es considerada por muchos críticos como su obra maestra. El diseño se organiza alrededor de un patio central cubierto parcialmente, que funciona como pulmón de la vivienda. Las habitaciones se abren hacia ese patio a través de grandes ventanales que se pueden abrir por completo, difuminando la frontera entre interior y exterior. Es una casa que invita a la contemplación, al silencio, a la vida pausada.
Vélez también diseñó viviendas en otros barrios de Medellín, así como algunos edificios institucionales. Pero fueron sus casas de El Poblado las que le dieron fama entre las élites locales, que veían en él a un arquitecto capaz de combinar modernidad y tradición de una manera única.
Las familias: los clientes que se atrevieron
Ningún arquitecto puede construir sin un cliente que confíe en él. En este caso, las familias que encargaron las casas modernistas de la calle 10A fueron tan importantes como los propios diseñadores. Eran familias liberales, educadas, con visión de futuro, que entendían que una casa no era solo un lugar para vivir sino una declaración de principios.
Los Restrepo Uribe, los Echavarría, los Arango, los Gómez: nombres que aparecen en los archivos notariales de la época y que todavía resuenan en la vida empresarial y política de Medellín. Estas familias no solo invirtieron dinero en sus viviendas; invirtieron en la idea de que Medellín podía ser una ciudad moderna, culta, abierta al mundo. Sus casas fueron su contribución a ese proyecto.
Un hecho poco conocido: la conexión con el Museo de Arte Moderno
Pocas personas saben que la cuadra de los arquitectos estuvo a punto de ser el lugar donde se construyera la primera sede del Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM). A principios de la década de 1960, un grupo de intelectuales y artistas liderados por la crítica de arte Marta Traba propuso que el museo se ubicara en un lote
Estado actual
Hoy en día, la cuadra de los arquitectos en El Poblado se ha convertido en un punto de encuentro para amantes del diseño y la buena arquitectura. Este espacio no solo alberga a arquitectos, sino que también ha atraído a artistas, diseñadores y creativos que buscan inspiración en su entorno. La mezcla de modernismo y tradición se siente en cada rincón, y el ambiente vibrante de la zona invita a la exploración.
La comunidad local ha comenzado a organizar eventos y exposiciones que resaltan la importancia del diseño en la vida urbana de Medellín. La oferta cultural ha crecido, y los talleres de arte y arquitectura han encontrado un hogar en esta cuadra, promoviendo un intercambio constante de ideas y creatividad.
Casa de la Memoria
Insider Tip: Este museo no solo es un lugar para aprender sobre la historia reciente de Colombia, sino que también ofrece una visión única sobre el impacto del diseño en la memoria colectiva. No te pierdas las exposiciones temporales que a menudo incluyen la obra de arquitectos locales que reinterpretan el espacio y la historia.
Parque Lleras
Insider Tip: Aunque es más conocido por su vida nocturna, el Parque Lleras ofrece una excelente oportunidad para observar la arquitectura circundante. Durante el día, es un lugar perfecto para sentarse y disfrutar de un café mientras admiras las fachadas de los edificios modernistas que rodean el parque. Busca los murales de artistas locales que añaden un toque vibrante al ambiente.
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