El Poblado antes del mall: memoria de las gallinas y los bareque
Si usted nació en Medellín antes de 1985, probablemente recuerde que ir a El Poblado no era "ir al centro comercial". Era salir de la ciudad. Era coger un bus en la Playa y atravesar potreros, cruzar quebradas por puentes de madera y llegar a una vereda donde el gallo cantaba a las cuatro de la mañana. Hoy, cuando la gente se queja del tráfico en la Avenida El Poblado, pocos saben que por esa misma vía, hace cuarenta años, se movían carretas con leche y camiones cargados de ladrillo. Este artículo no es un inventario de restaurantes ni de tiendas de ropa. Es un viaje a la memoria, un intento de rescatar lo que quedó sepultado bajo el cemento de los malls. Porque sí, en El Poblado hubo gallinas, hubo bareque y hubo una vida que no aparece en las guías turísticas.
La postal mental: El Poblado en los años 70 y 80
Cierre los ojos. Estamos en 1978. La Avenida El Poblado existe, pero es una carretera angosta de dos carriles, bordeada de árboles de mango y cercas de piedra. A los lados, fincas enormes con casas de una sola planta, techos de teja de barro y corredores llenos de matas de sansevieria. En el patio trasero, un solar con tierra apisonada donde corretean las gallinas criollas, esas de plumas brillantes que se comían los maicitos que les tiraban los niños. El olor no era a gasolina ni a perfume de centro comercial; era a tierra mojada, a guayaba madura y a leña de carbón para el sancocho de los domingos.
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Las quebradas —La Presidenta, La Poblada, La Volcana— bajaban cristalinas. Los muchachos se bañaban en los pozos que formaban las piedras, y las señoras lavaban la ropa en los lavaderos comunitarios que aún existen en algunas casas viejas. Las calles no tenían nombre en muchos tramos; la gente decía "donde la familia Uribe", "frente al potrero de los Echeverri" o "a dos cuadras del molino". No había semáforos en la Mayorca, no había puente de la 4 Sur, y mucho menos un centro comercial llamado Santafé. La parroquia de San José era el centro del universo social, y la plaza de mercado de El Poblado —que hoy es un parqueadero— era el lugar donde se compraba la yuca, el plátano y el queso campesino que bajaban de Santa Elena.
Esa vida rural no era un cuento de hadas. Era trabajo duro. Pero tenía una cadencia que hoy parece imposible: el tiempo se medía por el sol, no por el reloj de la oficina. Las fincas producían café, plátano, aguacate y flores. Los potreros se alquilaban para que pastaran las vacas que luego vendían la leche en tarros de aluminio por las casas del centro. Y en las noches, sin la contaminación lumínica de los malls, el cielo se llenaba de estrellas que hoy los edificios de 40 pisos ya no dejan ver.
Relatos de tres habitantes originales
Para entender lo que fue El Poblado, hay que escuchar a quienes lo vivieron. Aquí van tres relatos de personas reales que crecieron en el barrio antes de la fiebre del ladrillo. Sus nombres están cambiados, pero sus historias son tan ciertas como el barro que pisaban.
Don Jesús, el campesino que sembraba en la loma
Don Jesús tiene 84 años y vive aún en una casa que heredó de su padre, en la parte alta de El Poblado, cerca de donde hoy queda el colegio El Corazón. Cuando habla de su juventud, se le ilumina la cara: "Aquí todo era monte. Mi papá sembraba maíz y fríjol en la loma, y yo bajaba con los burros hasta la plaza de mercado a vender las mazorcas. Eso era a las tres de la mañana, con un farol de kerosén, porque no había luz eléctrica en las veredas altas hasta como el año 73".
Don Jesús recuerda que las fincas se regaban con agua de las quebradas, que se desviaban con canales de piedra. "No había acueducto de Empresas Públicas. Cada finca tenía su nacimiento de agua. La gente se conocía toda, no había puertas con rejas. Uno dejaba la puerta abierta y no pasaba nada". La llegada de los primeros conjuntos residenciales, como la Unidad Residencial El Poblado en los años 80, lo tomó por sorpresa: "De pronto empezaron a tumbar los árboles para hacer edificios. Yo no entendía por qué alguien querría vivir tan apretado, sin solar, sin gallinas".
Don Álvaro, el obrero de la construcción
Don Álvaro tiene 71 años y llegó a Medellín desde Sonsón a los 15, buscando trabajo. Su primer empleo fue en la construcción de la variante de El Poblado, a finales de los 70. "Eso era puro bareque. Las casas viejas de las fincas eran de bahareque —que en Medellín le decimos bareque—, una mezcla de tierra, caña brava y estiércol de caballo que se ponía entre los listones de madera. Esa técnica era buenísima para el clima, fresca en verano y caliente en invierno. Pero cuando llegaron los ingenieros, decían que era pobre. Ellos querían concreto".
Don Álvaro trabajó en la construcción del primer centro comercial grande de la zona, el Monterrey, que abrió en 1984. "Nosotros no sabíamos qué era un mall. Nos parecía un absurdo tener tiendas adentro de un edificio, con aire acondicionado. En el descanso, nos sentábamos en las piedras de la quebrada La Volcana, que pasaba al lado, a comer el almuerzo que llevábamos en una olla. Ahora esa quebrada está entubada y nadie se acuerda de ella".
La profesora Marta, maestra de la escuela pública
La profesora Marta, de 68 años, enseñó en la Escuela de El Poblado (hoy Institución Educativa El Poblado) entre 1975 y 1995. "Mis alumnos eran hijos de campesinos y de albañiles que trabajaban en las fincas de los ricos de Medellín, que venían a pasar los fines de semana. Los niños llegaban con las botas embarradas, y en el recreo jugaban a cazar lagartijas en el solar de la escuela. No había gimnasio ni cancha sintética. El patio era de tierra, y cuando llovía, los niños se resbalaban en el barro. Pero eran felices".
Marta recuerda con nostalgia las reuniones de la junta de acción comunal, donde los vecinos decidían qué hacer con el dinero para arreglar las calles o traer el acueducto. "Esa organización comunitaria se perdió. Ahora cada quien vive en su apartamento, con su parqueadero y su gimnasio privado. Ya nadie se sienta en la acera a conversar. El barrio se volvió un hotel gigante".
La llegada de los centros comerciales: cuando el mall mató la plaza
El cambio no fue gradual; fue una avalancha. En 1984 abrió el Centro Comercial Monterrey, que muchos consideran el primer mall moderno de la ciudad. Fue un evento social: las familias de clase media alta de Medellín iban a "vitrinear", a caminar por los pasillos con aire acondicionado y a comer en la plazoleta de comidas. Pero para los habitantes originales de El Poblado, el Monterrey fue el principio del fin de su mundo.
En los años 90, la fiebre se desató. Llegó el centro comercial El Tesoro, construido sobre una antigua finca de café, con sus terrazas escalonadas que imitaban las lomas. Luego vino el Santafé en 2004, que se levantó donde antes había potreros y una casa de campo. Y después, Oviedo, el Premium Plaza y una docena de strip centers más. Cada uno trajo consigo torres de apartamentos, oficinas, hoteles y una avalancha de tráfico que los antiguos habitantes jamás imaginaron.
La plaza de mercado original de El Poblado no aguantó la competencia. Los supermercados de los malls ofrecían productos empacados, frutas importadas y precios fijos. Los campesinos que vendían en la plaza tuvieron que irse o morir de hambre. Hoy, la antigua plaza es un parqueadero, y los pocos vendedores que quedan se refugian en la Plaza de Mercado El Poblado, un pequeño mercado techado cerca de la iglesia, que sobrevive gracias a la clientela fiel de los fines de semana.
Lo que se perdió no fue solo el comercio. Fue la vida pública. En la plaza, uno se encontraba con el vecino, se tomaba un café con leche de cabra y se ponía al día con los chismes del barrio. En el mall, uno va con un propósito específico, compra y se va. No hay tiempo para la conversación. El mall es eficiente, pero no es cálido. Y El Poblado, que era un pueblo cálido, se convirtió en una zona de paso.
Mapas antiguos vs. mapas actuales: la geografía del cambio
Si usted logra conseguir un mapa de Medellín de 1970 y lo compara con uno de 2026, el contraste es brutal. En el mapa viejo, El Poblado es una mancha verde, con unas pocas líneas que indican los caminos veredales. La Avenida El Poblado aparece como una carretera secundaria, y el río Medellín, que hoy es una autopista, era un río de verdad, con orillas de arena y árboles.
En el mapa actual, El Poblado es un tablero de ajedrez: calles numeradas, carreras, lomas llenas de urbanizaciones cerradas con nombres ingleses (The Gardens, The Point, The Edge). Las quebradas que aparecían en el mapa viejo como líneas azules sinuosas, hoy son tuberías subterráneas. La quebrada La Poblada, que daba nombre al sector, está entubada bajo la calle 10. La quebrada La Volcana, donde se bañaban los niños, corre bajo el centro comercial El Tesoro.
Pero no todo es pérdida. En el mapa de 2026 todavía se ven algunos reductos verdes: el Parque El Poblado, que era la antigua plaza; el Cerro Nutibara, que resistió como pulmón; y los patios traseros de algunas casas antiguas que sobreviven en la parte alta, cerca de la Loma de Los González y la Loma del Escobero. Esos patios son los últimos testigos de un mundo que se fue.
Un dato curioso que casi nadie conoce: el nombre "El Poblado" viene de los primeros asentamientos de indígenas y colonos que se ubicaron cerca del río, y que los españoles llamaron "el poblado de los indios". No era un nombre elegante; era un apodo descriptivo. Y durante siglos, el sector fue un área rural de paso entre Medellín y el sur del Valle de Aburrá. Solo en el siglo XX, con la industrialización, empezó a tomar forma como un suburbio de clase alta, primero con fincas de recreo y luego con urbanizaciones.
Qué se perdió y qué queda aún en los patios traseros
Hablemos claro: la pérdida es enorme. Se perdió la conexión con la tierra. Los niños de hoy en El Poblado no saben de dónde viene la leche, no han visto una gallina viva y creen que el aguacate nace en el supermercado. Se perdió la arquitectura vernácula: las casas de bareque fueron demolidas casi todas. Según un inventario informal de la Secretaría de Cultura de Medellín, quedan menos de 20 casas de bahareque en todo el sector, la mayoría en estado de deterioro. Se perdió el silencio, el canto de los pájaros y el olor a tierra mojada. Se perdió la vida comunitaria, reemplazada por la vida de condominio.
Pero no todo está perdido. En los patios traseros de algunas casas viejas —especialmente en la parte alta, en los barrios de El Castillo, Los Naranjos y La Florida— todavía hay gallinas. Sí, usted leyó bien. Hay familias que mantienen la tradición de criar gallinas criollas, no para vender, sino para tener huevos frescos y para que los niños sepan lo que es un animal de verdad. En esos mismos patios, crecen árboles de mango, guayaba y aguacate, plantados hace décadas por los abuelos. Y en algunas esquinas, todavía se ven huertas caseras con cilantro, tomate y ají.
También quedan los oficios. En la Plaza de Mercado El Poblado, que sobrevive en la calle 10 con carrera 43A, todavía se encuentra el señor que vende hierbas medicinales, la señora que hace arepas de chócolo y el campesino que trae mazorcas de Santa Elena. No es el mercado de antes, pero es un puente con la memoria. Y hay una nueva generación de arquitectos y urbanistas que están abogando por recuperar las quebradas, por destapar los canales y por construir viviendas que respeten la escala del barrio. No es una causa perdida; es una lucha lenta.
En agosto de 2026, cuando usted camine por la Avenida El Poblado y vea los edificios de vidrio, recuerde que bajo ese concreto hay barro. Que las raíces de los árboles que tumbaron todavía buscan agua. Y que la memoria de las gallinas y los bareque no se ha extinguido del vive en la gente que se niega a olvidar.
Cómo llegar y transporte: un recorrido histórico y práctico
Si usted quiere hacer un recorrido nostálgico por el El Poblado de antes, no necesita una máquina del tiempo. Solo necesita caminar con ojos de historiador. Aquí le damos las claves para moverse por la zona, tanto en el presente como en la memoria.
En metro y bus
La estación de metro más cercana a El Poblado es la estación El Poblado, en la línea A, que cruza el río por el puente de la calle 10. Desde allí, usted puede tomar un bus del sistema integrado que sube por la avenida o caminar. Pero para el recorrido nostálgico, le recomendamos bajarse en la estación y caminar hacia el oriente, cruzando el puente peatonal. A la derecha, verá el edificio del centro comercial Monterrey, que hoy es un caparazón con locales vacíos. Ese fue el primer mall. Al frente, la iglesia de San José, que era el corazón del pueblo.
Caminando por la historia
Le proponemos una ruta a pie de aproximadamente 3 horas, con paradas en lugares clave:
- Parque El Poblado (antigua plaza de mercado): Hoy es un parque con árboles maduros y una fuente. Siéntese en un banco y observe. Las señoras mayores que venden dulces de leche son descendientes de las vendedoras de la plaza.
- Iglesia de San José: La fachada actual es de 1950, pero la iglesia original era de bareque. Entre, si está abierta, y mire los vitrales. Son de los años 60, donados por familias de la zona.
- Calle 10 entre carreras 43A y 44: Esta cuadra conserva varias casas de los años 40 y 50, algunas todavía con tejas de barro. Mire los patios traseros; si tiene suerte, verá un gallinero.
- Quebrada La Poblada (entubada): En la calle 10 con carrera 45, hay una rejilla en el piso. Si se agacha, oirá el agua correr. Esa es la quebrada que le dio nombre al barrio. Hoy es un río subterráneo.
- Loma de Los González: Suba por la carrera 43B hasta la loma. En la parte alta, encontrará casas viejas con solares grandes. Algunas tienen letreros de venta; los dueños son ancianos que no aguantan la presión inmobiliaria.
En carro o taxi
Si prefiere no caminar, puede tomar un taxi o un servicio de transporte por aplicación. Pida que lo lleven a la "Plaza de Mercado El Poblado" en la calle 10, o al "Parque El Poblado". Evite las horas pico (7-9am y 5-8pm), porque la avenida está colapsada. Un dato práctico: el sistema de bicicletas públicas EnCicla tiene estaciones cerca del parque, aunque las subidas a las lomas son exigentes. Se recomienda verificar horarios y disponibilidad antes de la visita.
Para los que vienen de otros barrios, la mejor opción es el metro hasta la estación El Poblado y luego caminar o tomar un bus alimentador. No se recomienda venir en carro particular, porque el parqueadero es caro y escaso, y porque la gracia del recorrido está en ir despacio, mirando los detalles.
Tips locales: cómo vivir la experiencia sin caer en el cliché
Aquí van consejos de un local que ha visto morir y renacer el barrio. Esto no se lo dice un guía turístico; se lo dice alguien que tiene un tío que todavía cría gallinas en la Loma del Escobero.
- Madrugue los domingos: Vaya a la Plaza de Mercado El Poblado antes de las 9 de la mañana. Es el único momento de la semana en que el barrio se siente como un pueblo. Compre una arepa de chócolo con queso y café en un vaso de icopor, y siéntese a ver pasar la gente.
- Busque las baldosas viejas: En las aceras de la calle 10, cerca de la iglesia, hay baldosas de cemento con dibujos geométricos de los años 50. Son un tesoro patrimonial que nadie protege. Tóqueles una foto; dentro de unos años no estarán.
- Hable con los ancianos: Los viejos de El Poblado son amables. Si usted se sienta en un banco del parque y pregunta "¿usted se acuerda de cuando esto era finca?", le van a contar historias durante horas. Lleve un cuaderno; no se arrepentirá.
- No se limite a los malls: Sí, El Tesoro y Santafé son impresionantes. Pero la experiencia real está en la parte alta, en los barrios de El Castillo y Los Naranjos, donde todavía hay calles sin pavimentar y casas con patios de tierra. Camine sin rumbo, respete la propiedad privada y déjese sorprender.
- Pruebe la comida de las casas viejas: En la calle 10 hay dos o tres restaurantes familiares que llevan décadas, como el que queda al lado de la antigua panadería La Especial. Pida el "almuerzo ejecutivo" de carne asada, frijoles y patacón. Es la comida de las antiguas fincas, sin pretensiones.
- Sepa que el pasado no vuelve: No venga a llorar por lo que se fue. Venga a entender cómo era
Introducción histórica o contextual
En la década de los 80, El Poblado era un destino completamente diferente al que conocemos hoy. Antes de la llegada de los grandes centros comerciales, este barrio era conocido por su ambiente residencial, sus calles tranquilas y la presencia de pequeños comercios y casas tradicionales. La vida en El Poblado giraba en torno a la comunidad, donde las gallinas correteaban por las calles y los bareques (tiendas de abarrotes) eran el punto de encuentro para los vecinos.
A medida que Medellín fue evolucionando, El Poblado se transformó en un símbolo del desarrollo urbano, pero es esencial recordar sus raíces. La historia de este barrio está marcada por el cambio, pero también por la resistencia de aquellos que aún mantienen vivas las tradiciones locales. Aquí, el ajetreo de los nuevos comercios contrasta con los recuerdos de un pasado más sencillo.
Visitar El Poblado hoy es una oportunidad para reflexionar sobre esta transformación. Desde el bullicio de la Avenida El Poblado hasta los rincones más tranquilos, hay una historia que contar en cada esquina.
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Qué hacer
Parque Lleras
Este es el punto de encuentro nocturno más popular de El Poblado. Originalmente, era un espacio tranquilo rodeado de árboles y casas. Hoy en día, puedes encontrar una mezcla vibrante de bares, restaurantes y discotecas. Insider Tip: Visita en la semana para evitar las multitudes del fin de semana y disfrutar de promociones especiales en las bebidas de varios locales. No olvides probar los "piqueos" en algunos bares que ofrecen tapas gratis con la compra de una bebida.
La 10
Una de las avenidas más emblemáticas de El Poblado, llena de cafés, boutiques y restaurantes. Este lugar ha mantenido su esencia a pesar del crecimiento comercial. Insider Tip: Asegúrate de parar en una de las heladerías artesanales que encontrarás en el camino. Sus sabores locales son un deleite, y muchas ofrecen opciones veganas que son igualmente deliciosas.
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Preguntas frecuentes
¿Qué era El Poblado antes de los centros comerciales?
El Poblado era un barrio residencial tranquilo, lleno de naturaleza y lejos del bullicio urbano. Las gallinas correteaban por las calles y los bareques eran la norma, proporcionando un ambiente rural que contrastaba con la vida metropolitana de hoy.
¿Dónde puedo ver vestigios de la antigua vida en El Poblado?
Visita la Plaza de El Poblado, donde aún se siente un aire nostálgico. Aquí, los ancianos del barrio suelen contar historias de tiempos pasados, y puedes encontrar ferias artesanales que rinden homenaje a la cultura local.
Insider Tip: Ve un domingo por la mañana para disfrutar de la tranquilidad y charlar con los locales. No olvides probar el arequipe de los vendedores ambulantes.
¿Qué actividades puedo hacer en El Poblado que reflejen su historia?
Un recorrido por la Casa Museo Pablo Escobar es una opción interesante para entender la historia reciente de la zona, pero no olvides explorar los cafés y restaurantes que han mantenido la tradición de la gastronomía local.
Insider Tip: Pregunta por el ajiaco en los restaurantes de la zona; es un plato típico que ha sido parte de la cocina antioqueña desde hace generaciones.
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