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Casa del Poeta: versos ocultos en El Cabrero

Camila Mendoza
Camila Mendoza|Cronista de Historia Urbana & Barrios
Actualizado el 23 de agosto, 2026
Casa del Poeta: versos ocultos en El Cabrero

Hay un momento en que la Cartagena de los postales, la de las murallas impecables y el sol implacable, se desvanece para dar paso a otra ciudad. Esa ciudad resp

El Cabrero: donde el mar se encuentra con la bohemia

Hay un momento en que la Cartagena de los postales, la de las murallas impecables y el sol implacable, se desvanece para dar paso a otra ciudad. Esa ciudad respira más lento, huele a salitre mezclado con café recién colado y tiene la costumbre de guardar secretos en las esquinas. El Cabrero es uno de esos secretos. Mientras el centro histórico se llena de turistas con mapas en la mano, este barrio, el más antiguo de la ciudad fuera de las murallas, conserva una atmósfera que no se encuentra en ninguna guía oficial: la de un pueblo costero que se niega a modernizarse del todo.

Aquí, entre casas coloniales de colores pastel y calles que desembocan directamente en el mar Caribe, vive una tradición que pocos conocen: la de la poesía como moneda corriente. No me refiero a los versos académicos que se estudian en las universidades, sino a esa poesía que se escribe en servilletas, que se recita en las esquinas y que se cuelga en las paredes de las casas como si fueran cuadros. En el corazón de este barrio, una casa amarilla con ventanas de madera azul guarda la memoria poética de Cartagena. Los locales la llaman simplemente Casa del Poeta, y si usted llega preguntando por ella, cualquier vecino le indicará el camino con una sonrisa cómplice.

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El Cabrero no es un barrio que se explique, se siente. Se siente en el crujir de las hamacas en las puertas de las casas, en el grito de los vendedores de coco que pasan con sus carretillas, en el olor a pescado frito que sale de las fondas al mediodía. Es el Cartagena que no sale en las fotos, pero que late con una intensidad que atrapa a quienes se atreven a buscarlo. Y en agosto de 2026, cuando el calor aprieta y la ciudad se prepara para las fiestas de noviembre, la Casa del Poeta sigue siendo ese refugio donde las palabras tienen más peso que el dinero.

Historia de la Casa del Poeta: un refugio para las letras

La historia de la Casa del Poeta no aparece en los registros oficiales del patrimonio, pero los habitantes de El Cabrero la conocen de memoria. Cuentan los más viejos que la casa, construida a finales del siglo XIX, fue durante décadas una panadería. El horno de leña que aún se conserva en el patio trasero es testigo mudo de esos años de harina y madrugadas. Pero en los años setenta, cuando Cartagena vivía un renacer cultural impulsado por los festivales de música y las tertulias literarias, la casa cambió de dueño y de destino.

Fue un profesor de literatura del desaparecido Liceo de Bolívar quien tuvo la idea de convertir el espacio en un punto de encuentro para poetas y narradores locales. Al principio eran tertulias informales, reuniones de amigos que llegaban con sus cuadernos y sus botellas de ron, dispuestos a discutir hasta el amanecer sobre los versos de García Márquez o las décimas de Luis Carlos López, el poeta cartagenero que retrató la ciudad con una ironía que todavía hace reír a los locales. Con el tiempo, la casa se fue llenando de libros, de cuadros, de fotografías y de esos objetos que solo adquieren valor cuando alguien les cuenta una historia.

Hoy, la Casa del Poeta funciona como un centro cultural autogestionado. No recibe financiación del Estado ni de grandes fundaciones; se sostiene con las donaciones de los vecinos, la venta de libros usados y los talleres de escritura que se dictan los fines de semana. La entrada es libre, aunque se agradece una colaboración voluntaria para mantener las luces encendidas y el café caliente. En sus paredes, cubiertas de estantes improvisados, conviven ediciones descuadernadas de poetas colombianos con antologías de autores latinoamericanos que llegaron aquí de la mano de viajeros que pasaron una noche y dejaron un libro como pago por la hospitalidad.

Pero lo que hace única a esta casa no es su biblioteca, sino su cuaderno de visitas. Un cuaderno grueso, con las tapas gastadas por el uso, donde cada persona que cruza la puerta está invitada a escribir un verso, una reflexión o simplemente su nombre. Algunos escriben poemas completos, otros dibujan pequeños garabatos, y hay quienes dejan frases que luego se convierten en leyenda local. La casa guarda estos cuadernos como si fueran reliquias, y en las noches de luna llena, cuando el patio se llena de velas, se leen en voz alta las entradas más memorables. Es un ritual que se repite desde hace más de veinte años y que ha convertido a la Casa del Poeta en un lugar sagrado para quienes creen que la poesía es una forma de habitar el mundo.

Recorrido callejero: murales, placas y esquinas con memoria

La Casa del Poeta es el corazón, pero las venas del barrio están llenas de poesía. Si usted camina sin prisa por El Cabrero, descubrirá que las paredes hablan. No es un barrio grafiteado al azar; aquí los murales responden a una curaduría colectiva que se ha ido tejiendo durante años. En la esquina de la calle del Sargento Mayor con la carrera del Cabrero, un mural de más de diez metros rinde homenaje a las mujeres afrodescendientes que construyeron la historia del barrio. La pintura, hecha con colores vibrantes que resisten el salitre, muestra rostros de abuelas, madres y trabajadoras, acompañados de versos de la poeta cartagenera Hazel Robinson, una de las voces más importantes de la literatura afrocaribeña del país.

A pocos metros, en la fachada de una casa que hoy es una tienda de abarrotes, una placa de cerámica recuerda que allí vivió durante sus últimos años el poeta y periodista Héctor Rojas Herazo. La placa, colocada por los vecinos en 2015, no tiene el sello oficial del Ministerio de Cultura, pero eso poco importa. Lo que importa es que los niños del barrio saben quién fue Rojas Herazo, y que cada 15 de agosto, el día de su nacimiento, la tienda cierra temprano y se organiza una lectura de sus poemas en la acera. Esa es la poesía que no se enseña en los colegios, la que se transmite de boca en boca, la que se pega en las paredes como un afiche de circo.

Si usted sigue el recorrido hacia el mar, llegará al malecón, donde las olas rompen contra las rocas y el viento trae un olor a yodo que se mezcla con el de las fritangas. Allí, en un pequeño parque que los locales llaman Parque del Poeta, hay un busto de Luis Carlos López, el poeta que escribió aquello de que Cartagena es "una ciudad que tiene todo, menos sentido común". El busto es modesto, casi escondido entre los árboles de almendro, pero los domingos en la mañana, un grupo de jubilados se reúne a su alrededor para leer poemas y discutir de política. No es un evento organizado, no hay micrófonos ni tarimas; es simplemente la costumbre de unos hombres que encontraron en la poesía una manera de envejecer con dignidad.

La ruta de los versos no termina en el parque. Subiendo por la calle de la Media Luna, se llega a una casa de dos pisos pintada de verde esmeralda donde funciona una imprenta artesanal que imprime poemas en hojas sueltas. El dueño, un hombre de unos setenta años que aprendió el oficio de su padre, vende estas hojas a dos mil pesos cada una. No son ediciones de lujo, son papeles sencillos con tipografía antigua y un sello de caucho que dice "Prensas de El Cabrero". Muchos turistas que pasan por casualidad compran una hoja como recuerdo, sin saber que están llevándose un pedazo de la memoria viva del barrio. Los locales, en cambio, las compran para regalarlas en los cumpleaños o para decorar las salas de sus casas.

Los murales que no aparecen en Instagram

Es cierto que algunos murales de El Cabrero han empezado a aparecer en las redes sociales, sobre todo después de que un par de influencers de viajes los usaran como fondo para sus fotos. Pero la mayoría de las obras siguen siendo discretas, casi secretas. En la fachada de una bodega abandonada, por ejemplo, hay un mural que representa un barco de papel navegando entre olas de tinta. No tiene firma ni fecha, y cuando se le pregunta a los vecinos quién lo hizo, se encogen de hombros y dicen que "apareció una noche". Esa es la magia de este barrio: las cosas aparecen, se instalan y nadie pregunta demasiado. La poesía aquí no necesita permiso.

En la calle del Arsenal, donde las casas tienen balcones de madera que se inclinan peligrosamente hacia la calle, hay una serie de placas de cerámica incrustadas en las paredes. Cada placa contiene un haiku escrito por estudiantes del colegio del barrio durante un taller que se realizó en 2019. Los haikus hablan del mar, de la lluvia, de los gatos que duermen en los tejados. Son versos sencillos, a veces torpes, pero tienen una frescura que desarma. Uno de ellos dice: "El mar no tiene / puertas para cerrarse / pero se esconde". Lo escribió una niña de once años que hoy estudia en la universidad, pero su verso sigue ahí, pegado a la pared, recordándole a todos que la poesía es un derecho, no un privilegio.

Entrevista breve: la palabra de un vecino poeta

Para entender lo que significa la Casa del Poeta para El Cabrero, hablé con don Rafael Jiménez, un hombre de 68 años que vive a tres cuadras de la casa y que ha sido, durante los últimos quince años, el encargado de abrir sus puertas cada mañana. Lo encontré en el patio de la casa, regando unas matas de albahaca que crecen en macetas recicladas. Llevaba una camisa blanca arrugada y unas chancletas que parecían haber visto mejores días. Me ofreció un tinto y, sin que yo le preguntara nada, empezó a hablar.

"Yo no soy poeta", me dijo con una sonrisa que le arrugaba los ojos. "Yo soy un lector que aprendió a escuchar. Esta casa me enseñó que la poesía no está en los libros, está en la gente. Mire a doña Carmen, la señora que vende jugos en la esquina. Ella nunca ha escrito un verso en su vida, pero cuando habla de su nieto, de lo orgullosa que está de él, lo que dice es un poema. La poesía es eso, la capacidad de decir las cosas de una manera que tocan el alma. Aquí en El Cabrero, todo el mundo tiene algo que decir, y esta casa es el lugar donde lo dicen".

Don Rafael me contó que la Casa del Poeta ha sobrevivido a huracanes, a crisis económicas y a la indiferencia de las administraciones municipales. "Hubo un tiempo, en los años noventa, en que esto era un basurero. La casa estaba abandonada, los techos se caían, y nadie hacía nada. Pero los vecinos nos organizamos. Cada uno puso un granito de arena: unos trajeron cemento, otros pintaron las paredes, otros donaron los estantes. Así la levantamos, con las manos y con el corazón. Y desde entonces no hemos parado".

Le pregunté por el cuaderno de visitas, ese objeto que se ha vuelto mítico entre quienes conocen la casa. "Ah, el cuaderno", dijo con una chispa de orgullo en los ojos. "Ese cuaderno es la memoria del barrio. Hay entradas de hace veinte años que todavía nos hacen llorar. Una vez vino una señora de Bogotá que había perdido a su hijo, y escribió un poema tan desgarrador que tuvimos que enmarcarlo. Está ahí, en la pared, al lado de la puerta. A veces la gente llega y lo lee, y se quedan en silencio un buen rato. Eso es lo que hace esta casa: nos recuerda que no estamos solos, que otros han sentido lo mismo que nosotros".

Antes de despedirme, don Rafael me dio un consejo que no olvidaré: "Cuando usted visite esta casa, no venga con afán. Siéntese en el patio, pida un café, mire las plantas. Deje que la casa le hable. Y cuando sienta que algo le nace por dentro, escríbalo. No importa si es bueno o malo, no importa si rima o # Lo importante es que lo deje en el cuaderno. Así, cuando usted se vaya, una parte de usted se quedará aquí, en El Cabrero, para siempre".

Dónde comer y beber cerca de la Casa del Poeta

Un recorrido por la poesía de El Cabrero no estaría completo sin probar la comida del barrio. La buena noticia es que, a diferencia del centro histórico, aquí los precios son amables con el bolsillo y la calidad es de la que no se negocia. A dos cuadras de la Casa del Poeta, en la esquina de la calle del Arsenal con la carrera del Cabrero, está el puesto de doña Carmen, la señora de los jugos que mencionó don Rafael. Su especialidad es el jugo de corozo, una fruta silvestre de la región que tiene un sabor agridulce imposible de explicar. Lo sirve bien frío, con hielo picado y un toque de limón, por solo dos mil pesos. Si tiene suerte, doña Carmen le contará alguna historia del barrio mientras prepara su jugo.

Para algo más contundente, la Fonda El Fogón del Cabrero, en la calle de la Media Luna, ofrece almuerzos corrientes de lunes a sábado, de 11 de la mañana a 3 de la tarde. El menú cambia todos los días, pero siempre incluye una proteína, arroz con coco, ensalada y un jugo natural. El precio ronda los doce mil pesos, y la porción es tan generosa que probablemente le sobre comida para llevar. El local es sencillo, con mesas de plástico y ventiladores que apenas alivian el calor, pero la comida tiene ese sabor casero que solo se encuentra en los barrios. El pescado frito con patacones es la especialidad de los viernes, y se acaba rápido, así que conviene llegar temprano.

Si lo que busca es un lugar para sentarse con un libro y un café, la Panadería El Buen Pan, en la calle del Sargento Mayor, es el sitio perfecto. Abre desde las 6 de la mañana hasta las 8 de la noche, y además del pan de yuca y las almojábanas, prepara un café con leche que le devuelve la vida a cualquiera. Los fines de semana, algunos poetas del barrio se reúnen en las mesas del fondo para leer sus textos y discutir de literatura. No hay cartel que anuncie estas tertulias; simplemente ocurren, como ocurren las cosas en El Cabrero. Si usted se sienta cerca, puede escuchar conversaciones fascinantes sobre la poesía de Jorge García Usta o sobre los cuentos inéditos de un escritor local que nadie conoce pero que todos respetan.

Para la noche, cuando el calor cede un poco, la Cervecería La Bohemia, en la esquina del malecón, ofrece cervezas frías y una vista privilegiada del mar. No es un lugar elegante; las sillas son de plástico y la música suena a un volumen razonable, pero tiene un encanto innegable. Los jueves por la noche, un grupo de músicos locales se reúne para tocar boleros y vallenatos clásicos, y no es raro que alguien se levante a recitar un poema entre canción y canción. La cerveza cuesta unos cinco mil pesos, y el atardecer desde aquí es de los mejores de Cartagena, aunque pocos turistas lo sepan.

Cómo llegar a El Cabrero y moverse por el barrio

Llegar a El Cabrero es más fácil de lo que parece, aunque requiere un poco de paciencia y de perder el miedo a los buses. Si usted está en el centro histórico, la opción más rápida es caminar hasta la Puerta del Reloj y tomar un bus que diga "El Cabrero" o "Bocagrande". El recorrido dura unos veinte minutos y cuesta alrededor de dos mil quinientos pesos. Los buses son viejos, ruidosos y a veces van llenos, pero son una experiencia auténtica que ningún tour turístico le va a ofrecer. Si prefiere algo más cómodo, un taxi desde el centro le costará entre ocho y diez mil pesos, dependiendo del tráfico. Los conductores de Uber y de las plataformas de transporte también operan en la zona, aunque a veces tardan un poco en encontrar el barrio.

Una vez en El Cabrero, la mejor manera de moverse es a pie. El barrio no es grande, y la mayoría de los lugares de interés están a menos de quince minutos de caminata entre sí. Las calles son estrechas y algunas están en mal estado, así que conviene usar zapatos cómodos y llevar agua. Durante el día, el barrio es tranquilo y seguro, pero como en cualquier lugar de Cartagena, conviene estar atento a las pertenencias y evitar las calles oscuras después de las 10 de la noche. Los vecinos son amables y siempre dispuestos a indicar el camino, aunque a veces las indicaciones incluyen historias que no vienen al caso. Eso es parte del encanto.

Si usted llega en carro, es mejor estacionar en la avenida del malecón o en los alrededores de la iglesia de El Cabrero, donde hay más espacio. Las calles internas son muy angostas y el parqueo puede ser un dolor de cabeza. También existe la opción de llegar en bicicleta; hay varios puntos de alquiler en el centro histórico, y el recorrido hasta El Cabrero es plano y agradable, sobre todo en las horas de la mañana, cuando el sol todavía no castiga con fuerza. El barrio no tiene estaciones de bicicletas públicas, pero los locales están acostumbrados a ver turistas en bici y les abren paso con una sonrisa.

Tips locales para aprovechar al máximo su visita

Conozca el barrio de verdad con estos consejos que no encontrará en las guías de viaje:

  • Vaya los sábados en la mañana: La Casa del Poeta organiza un taller de escritura abierto al público, sin costo, de 9 de la mañana a 12 del mediodía. No necesita experiencia previa; solo ganas de escribir. Los participantes comparten sus textos al final de la sesión, y los mejores se publican en el boletín mensual del barrio, un folleto fotocopiado que se distribuye en las tiendas locales.
  • Lleve efectivo: La mayoría de los establecimientos de El Cabrero no aceptan tarjetas de crédito ni pagos por aplicaciones móviles. Hay un cajero automático en la avenida del malecón, pero a veces se queda sin dinero los fines de semana. Mejor retirar antes de llegar.
  • Respete la siesta: Entre la 1 y las 3 de la tarde, el barrio se duerme. Las tiendas cierran, las calles se vacían y el único sonido es el de los ventiladores y las hamacas. No es un mal momento para descansar, pero si usted necesita comprar algo, hágalo antes del mediodía.
  • Hable con los vecinos: Los habitantes de El Cabrero son de los más conversadores de Cartagena. Si usted se sienta en un banco del parque o

Qué hacer

Visitar la Casa del Poeta

Este pequeño espacio cultural rinde homenaje a la poesía y a los poetas que han inspirado a generaciones. No solo podrás leer versos en las paredes, sino también disfrutar de presentaciones en vivo. Entre sus actividades, la Casa suele organizar “noches de poesía”, donde se invita a los asistentes a compartir sus propios versos.

Insider Tip: Consulta su calendario de eventos en redes sociales para no perderte las noches de micrófono abierto, donde podrás escuchar tanto a poetas locales como a emergentes.

Explorar El Cabrero

El Cabrero es un barrio lleno de vida local, donde puedes ver la cotidianidad de los cartageneros. Recorre sus calles, observa la arquitectura y disfruta de las pequeñas tiendas que ofrecen artesanías y productos típicos.

Insider Tip: Si tienes la oportunidad, prueba un “bocadillo veleño” de algún vendedor ambulante. Es un dulce típico que no te puedes perder.

Visitar el Mercado de Bazurto

Este mercado es un reflejo auténtico de la cultura cartagenera. Aquí puedes encontrar desde frutas exóticas hasta mariscos frescos. Es un lugar ideal para experimentar la vida cotidiana de los locales.

Insider Tip: Ve temprano en la mañana para ver el bullicio del mercado en su apogeo y no olvides regatear; es parte de la experiencia.

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Preguntas frecuentes

¿Cuál es la historia detrás de la Casa del Poeta?

La Casa del Poeta es un espacio que rinde homenaje a la rica tradición literaria de Cartagena. Su construcción data del siglo XIX y ha sido hogar de varios escritores colombianos. Aquí, la poesía y la prosa cobran vida en cada rincón, lo que lo convierte en un lugar especial para los amantes de las letras.

¿Se puede visitar la Casa del Poeta?

Sí, la Casa del Poeta está abierta al público. Sin embargo, se recomienda verificar los horarios de visita, ya que pueden variar. Es una buena idea ir en horas de la tarde, cuando la luz del sol ilumina los patios internos, creando un ambiente perfecto para disfrutar de la poesía.

¿Hay eventos o actividades programadas en la Casa del Poeta?

Frecuentemente, se organizan lecturas de poesía y talleres de escritura. Mantente atento a las redes sociales de la Casa del Poeta para conocer la programación actual. Participar en estos eventos te permitirá conectar con la comunidad literaria local.

¿Qué otros lugares literarios puedo visitar en Cartagena?

Además de la Casa del Poeta, puedes explorar la Biblioteca Pública Julio Mario Santo Domingo, que ofrece una variada colección de libros y un ambiente inspirador. También, el Café del Mar, un lugar ideal para disfrutar de un buen libro con vistas al mar, es un espacio popular entre los escritores y poetas locales.

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Camila Mendoza

Camila Mendoza

Cronista de Historia Urbana & Barrios

Historiadora urbana y apasionada de la arquitectura colonial y republicana. Rescata la memoria barrial y los secretos de cada rincón.

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