Orígenes
Para entender la tradición de las caminatas nocturnas en la ladera oeste de Cali, hay que remontarse a finales de los años 70 y principios de los 80. En esa época, mientras la ciudad crecía hacia el sur y el norte en un frenesí de urbanización, un grupo reducido de vecinos de los barrios San Antonio, San Cayetano y la falda del Cerro de las Tres Cruces empezó a organizar salidas informales los fines de semana. No eran montañistas entrenados ni guías turísticos; eran personas que subían a pie para escapar del calor del valle y del ruido de la ciudad, que en esa década ya comenzaba a ser insoportable.
Los llamaban 'los caminantes de la luna'. El nombre no era casualidad: salían únicamente en noches de luna llena, cuando la luz natural era suficiente para ver el sendero sin necesidad de linternas potentes. La tradición se consolidó como un ritual comunitario: las familias empacaban café en termo, algunos llevaban galletas de sal y otros una ruana para el frío de la madrugada. Subían en silencio, hablando en voz baja, y al llegar al punto más alto se sentaban en las piedras a mirar el mar de luces de la ciudad. No había redes sociales ni cámaras de teléfono; solo la vista y el silencio.
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La ladera oeste de Cali, donde hoy se encuentra la ruta de los faroles, era entonces un territorio distinto. Los barrios altos no estaban tan consolidados como ahora. Había fincas de caña, potreros y algunos asentamientos precarios. El acceso al cerro era más difícil: no existían las escalinatas de concreto ni los pasamanos que hoy se ven. El camino era de tierra, piedra suelta y vegetación espesa. Los 'caminantes de la luna' abrieron trochas que luego, con el tiempo, se convirtieron en los senderos formales que hoy conocemos.
Lo que comenzó como un pasatiempo de un puñado de vecinos se convirtió, a lo largo de los años 90, en una práctica conocida en toda la ciudad. Los estudiantes de la Universidad del Valle y del Liceo de Santa Librada se sumaron a las caminatas. Los fotógrafos locales, esos que revelaban sus rollos en los laboratorios del centro, empezaron a subir con trípodes y cámaras análogas para capturar la ciudad iluminada. La tradición creció de manera orgánica, sin instituciones ni organizaciones formales. Era simplemente gente que quería ver la ciudad desde arriba, en silencio, bajo la luna.
Línea de tiempo o hitos históricos
La historia de esta ruta tiene momentos clave que definieron su forma actual:
- 1982-1985: Los primeros grupos informales de vecinos comienzan a subir al cerro en noches de luna llena. No hay infraestructura; los caminantes llevan sus propias linternas de gasolina o velas en frascos. Se establece la costumbre de hacer silencio al pasar por las zonas de vegetación densa.
- 1991: La Alcaldía de Cali, en un esfuerzo por recuperar el espacio público de la ladera, construye las primeras escalinatas de concreto en el tramo que va desde el barrio San Antonio hasta la primera capilla. Es el inicio de la infraestructura actual.
- 1996: Un grupo de líderes comunitarios de San Antonio, junto con la Junta de Acción Comunal, organiza la primera "Caminata Oficial de la Luna Llena". Asisten cerca de 200 personas. La noticia sale en los periódicos locales y la tradición se vuelve conocida en toda la ciudad.
- 2003: Se instalan los primeros faroles de gas en el tramo principal. No eran eléctricos; eran lámparas de keroseno que los vecinos encendían y apagaban manualmente. La imagen de la fila de faroles iluminando la ladera se convierte en un símbolo del barrio.
- 2010: El Mirador de las Estrellas, un punto natural de observación en el Cerro de las Tres Cruces, recibe su nombre oficial durante una caminata organizada por la Asociación de Astrónomos Aficionados de Cali. Se instalan bancas de piedra talladas por artesanos locales.
- 2015: La ruta se formaliza con señalización: postes de madera con flechas pintadas a mano y paneles informativos sobre la flora y fauna local. Se establece el código de conducta que aún hoy se sigue.
- 2019: La Alcaldía conecta los faroles a energía solar, eliminando el mantenimiento manual. La ruta queda iluminada de forma permanente, aunque con una luz tenue que no afecta la observación astronómica.
- Agosto de 2026: Hoy, la ruta de los faroles es uno de los recorridos nocturnos más populares de Cali. Las caminatas de luna llena reúnen entre 50 y 150 personas cada mes, y se han convertido en un punto de encuentro para caminantes urbanos, fotógrafos y parejas que buscan una experiencia diferente.
Personajes o hechos clave
La historia de las caminatas nocturnas no se entiende sin los personajes que le dieron vida. Uno de los más recordados es Don Heriberto Cárdenas, un zapatero del barrio San Antonio que durante 20 años, desde 1985 hasta 2005, fue el encargado no oficial de encender los faroles de keroseno. Don Heriberto subía todos los viernes y sábados a las 6 de la tarde, antes de que oscureciera, con una lata de combustible y un mechero largo. Los vecinos lo esperaban en la esquina de la iglesia para acompañarlo en el tramo inicial. Cuando él falleció en 2006, la comunidad instaló una placa conmemorativa en la tercera capilla del recorrido. La placa dice simplemente: "A Don Heriberto, que nos enseñó a subir en silencio".
Otro personaje fundamental fue la profesora Rosa Elena Quiñones, docente de biología del colegio Santa Librada. A mediados de los años 90, ella comenzó a liderar las caminatas con un enfoque educativo. Llevaba cuadernos de campo y anotaba las especies de aves nocturnas que se encontraban en el cerro. Fue ella quien documentó la presencia de búhos pigmeos y murciélagos frugívoros en la zona, datos que luego sirvieron para justificar la protección ambiental del área. Sus estudiantes la apodaron "la profe de la luna". Hoy, una de las bancas del Mirador de las Estrellas tiene una placa en su honor.
También hay que mencionar a Jorge Eliécer "El Caminante" Rodríguez, un exguarda de seguridad que en 2008 decidió vivir de manera semipermanente en la parte alta del cerro. No era un habitante de calle; era un ermitaño voluntario que se instaló en una pequeña construcción de adobe que él mismo levantó. Durante años fue el "guardián de la ruta": conocía cada piedra, cada árbol y cada sonido del cerro. Las caminatas de luna llena lo tenían como referencia; la gente le llevaba alimentos y él a cambio ofrecía historias y té de hierbas. Rodríguez se fue en 2018, pero su leyenda sigue viva entre los caminantes antiguos.
Un hecho clave que marcó la historia de la ruta ocurrió en 2012. Un grupo de caminantes encontró, en una zona apartada del sendero, los restos de un antiguo acueducto colonial que databa del siglo XVIII. Eran tubos de barro cocido que habían sido utilizados para llevar agua desde el cerro hasta las haciendas de la época. El hallazgo despertó el interés de los historiadores locales. Hoy, ese tramo del acueducto está señalizado y es uno de los puntos de interés del recorrido. Se puede ver una sección expuesta de aproximadamente 15 metros de largo, protegida por una estructura de madera.
Estado actual
En agosto de 2026, la ruta de los faroles es una realidad consolidada. El recorrido principal comienza en la Plazoleta de San Antonio, justo al lado de la iglesia que da nombre al barrio. Desde allí, se asciende por la calle 2A Oeste, que se convierte en un sendero peatonal empedrado. El trayecto hasta el Mirador de las Estrellas es de aproximadamente 3 kilómetros, con un desnivel de 320 metros. Se camina a paso moderado en unas 45 minutos a 1 hora, dependiendo del ritmo y las paradas.
La ruta está marcada por 14 faroles solares que se encienden automáticamente al anochecer. No son luces potentes; emiten una luz cálida y tenue que apenas ilumina el sendero, suficiente para no tropezar pero no tanto como para estropear la visión nocturna. Entre farol y farol hay bancas de piedra y madera, construidas por artesanos de la comuna, que invitan a sentarse a descansar o simplemente a contemplar la ciudad.
A lo largo del camino se encuentran tres capillas escondidas. No son iglesias formales; son pequeños altares construidos por los vecinos en diferentes épocas. La primera, dedicada a la Virgen del Carmen, data de 1993. La segunda, en honor a San Isidro Labrador, fue levantada en 2004. La tercera, la más reciente, es un pequeño oratorio ecuménico de 2019. Cada una tiene una banca frente a ella y un espacio para velas. Los caminantes suelen dejar ofrendas florales o simplemente se detienen un momento en silencio.
Los murales con historias locales son otro de los atractivos del recorrido. A lo largo de la ruta hay 8 murales realizados por artistas del colectivo "Ladera Viva". Cada mural cuenta un fragmento de la historia del barrio: la época de las haciendas, la llegada de los primeros pobladores, la tradición de los caminantes de la luna y la fauna del cerro. El mural más grande, ubicado a mitad del recorrido, mide 12 metros de largo y muestra una escena nocturna con la silueta de la ciudad y las constelaciones. Fue pintado en 2021 y se ha convertido en el punto favorito para las fotos.
El antiguo acueducto sigue siendo uno de los puntos más visitados. La sección expuesta está protegida con una estructura de madera y un panel informativo que explica su origen colonial. Los guías locales recomiendan detenerse allí al atardecer, cuando la luz dorada ilumina los tubos de barro y el contraste con el verde del cerro es espectacular.
En cuanto a seguridad y etiqueta, las reglas son claras y se respetan. Se recomienda llevar linterna (aunque los faroles ayudan, en los tramos más apartados la oscuridad es total), no usar audífonos y hablar en voz baja para no alterar la fauna. La ruta alberga zarigüeyas, búhos, murciélagos y una variedad de insectos nocturnos que son parte del ecosistema. Los caminantes habituales han desarrollado un código de silencio: cuando alguien habla alto, los demás hacen sonar suavemente sus linternas como recordatorio. No hay guardias ni vigilancia privada; la seguridad la garantiza la propia comunidad de caminantes, que se conoce entre sí y cuida el territorio.
Para los fotógrafos, el mejor ángulo para ver la ciudad iluminada está en el Mirador de las Estrellas, específicamente en la banca # 3, que está orientada hacia el suroccidente. Desde allí se aprecia la silueta de la ciudad extendiéndose hasta el horizonte, con el río Cauca como una línea oscura al fondo. En noches despejadas, especialmente entre diciembre y febrero, se pueden observar constelaciones como Orión, Escorpio y la Cruz del Sur. Los astrónomos aficionados recomiendan llevar binoculares y una manta para recostarse en las bancas de piedra, que están diseñadas con una inclinación de 15 grados para una observación cómoda.
Un dato curioso que pocos conocen: el Mirador de las Estrellas no se llama así por casualidad. En 2010, durante una lluvia de meteoros de las Perseidas, un grupo de caminantes contó más de 40 estrellas fugaces en una hora. La experiencia fue tan impactante que el nombre se popularizó y quedó oficializado. Desde entonces, cada año en agosto se organiza una caminata especial para observar las Perseidas, y la asistencia es tan alta que se recomienda llegar temprano.
Para llegar al punto de partida, se puede tomar un bus del MIO hasta la estación San Antonio o simplemente caminar desde el centro histórico. La Plazoleta de San Antonio tiene cafés y panaderías que abren desde las 6 de la mañana, ideales para comprar algo antes de subir. En la parte alta del recorrido no hay ventas de comida, así que se recomienda llevar agua y algo ligero para comer. Los precios de referencia de agosto de 2026: un café en la plazoleta cuesta alrededor de $4.000 COP, una empanada $3.500 COP. La entrada a la ruta es gratuita.
La mejor época para hacer la caminata es en temporada seca, entre diciembre y marzo, cuando las noches son despejadas y el cielo se presta para la observación. Sin embargo, la ruta está abierta todo el año. En temporada de lluvias, el sendero se pone resbaloso y hay que tener precaución. Se recomienda verificar el clima antes de ir; el pronóstico meteorológico de Cali es confiable y se actualiza varias veces al día.
La caminata nocturna por la ruta de los faroles no es una simple actividad turística; es un ritual que conecta a los caleños con su historia, su territorio y su cielo. Cada farol, cada banca de piedra y cada mural cuenta una parte de esa historia. Y aunque hoy la ruta está señalizada y es segura, sigue conservando ese espíritu de los años 80: subir en silencio, mirar la ciudad iluminada y sentir que por un momento, el tiempo se detiene.
Atrévete a caminar bajo la luna llena y descubre una Cali diferente. La ruta te espera, con sus faroles encendidos y su silencio intacto.


