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De la bahía a la montaña: Cómo el barrio Pescaíto y San Martín reflejan la historia no contada de Santa Marta

Equipo Editorial Malokal
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Actualizado el 14 de mayo, 2026
De la bahía a la montaña: Cómo el barrio Pescaíto y San Martín reflejan la historia no contada de Santa Marta

Si uno camina desde la Bahía de Santa Marta hacia el cerro, pasando por la Avenida del Ferrocarril, se topa con dos mundos que parecen no hablarse entre sí. Al

Orígenes

Si uno camina desde la Bahía de Santa Marta hacia el cerro, pasando por la Avenida del Ferrocarril, se topa con dos mundos que parecen no hablarse entre sí. Al sur, pegado a la orilla del mar, está Pescaíto. Subiendo unas cuantas cuadras hacia la montaña, aparece San Martín. Son dos barrios que rara vez aparecen en las guías turísticas, pero que cuentan la historia real de esta ciudad: la del trabajo sin nombre, la de la resistencia callada y la de una clase popular que construyó Santa Marta con las uñas.

Pescaíto y San Martín no son barrios de postal. No tienen casas coloniales restauradas ni miradores con vista al mar. Pero tienen algo más valioso: son el testimonio vivo de cómo esta ciudad pasó de ser un puerto esclavista a una capital del turismo. Y en ese tránsito, sus habitantes han sido los grandes olvidados.

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Pescaíto: El origen de la pesca artesanal y su conexión con la independencia

Pescaíto nació literalmente sobre la arena. A finales del siglo XIX, cuando Santa Marta era un puerto que exportaba banano, tabaco y cueros, la bahía estaba llena de pequeñas embarcaciones de pescadores que llegaban desde pueblos cercanos como Taganga o Playa Blanca. No había muelles formales para ellos, así que varaban sus cayucos en la playa y levantaban ranchos de palma y madera justo donde ahora está la Avenida Santa Rita.

El nombre "Pescaíto" es un diminutivo cariñoso que los mismos pescadores le pusieron. No hay registro oficial del bautizo, pero los más viejos del barrio cuentan que un pescador llamado Manuel "Manoe' Pescado" (nadie recuerda su apellido) gritaba desde su bote: "¡Aquí traigo el pescaíto fresquito!" y el apodo pegó.

La independencia y el contrabando

Lo que pocos saben es que Pescaíto tuvo un rol pequeño pero clave en la independencia de Colombia. Durante la guerra de independencia (1810-1819), Santa Marta era un bastión realista, es decir, leal a España. Los patriotas tenían dificultades para abastecerse porque el puerto estaba controlado por los españoles. Los pescadores de Pescaíto, en sus cayucos de madera, se convirtieron en contrabandistas de comida, pólvora y mensajes que subían por la Ciénaga Grande hasta los campamentos patriotas en el interior.

No hay estatuas ni placas que lo recuerden, pero en los archivos históricos de la Biblioteca del Banco de la República de Santa Marta hay cartas del general José María Obando donde agradece a "los hombres del mar de la bahía" por el envío de pólvora en 1816. Esos hombres eran los abuelos de los que hoy venden pescado frito en la calle 10.

La pesca artesanal como modo de vida

Hasta los años 60, Pescaíto era el corazón de la pesca artesanal de la ciudad. Las familias vivían en casas de madera sobre pilotes, con el mar literalmente debajo de la sala. Los niños aprendían a nadar antes que a caminar. Las mujeres limpiaban el pescado en la orilla y lo vendían en canastos de iraca por todo el centro.

El oficio era duro. Salían a las 3 de la mañana, cuando el mar está más calmado, y volvían al mediodía con pargos, róbalos y sierras. El pescado que no se vendía fresco se salaba o se ahumaba para durar más. Todavía hoy, en la Calle del Pescado (entre carreras 1 y 2), se pueden ver mujeres mayores sentadas en sillas de plástico, con sus cuchillos afilados, limpiando pargos mientras conversan.

Un dato curioso: el pescado más popular en Pescaíto no es el róbalo ni el pargo, sino la mojarra. Pero no la mojarra común de río, sino una variedad de mar llamada "mojarra rayada", que solo se encuentra en la bahía de Santa Marta. Los biólogos marinos de la Universidad del Magdalena dicen que es una especie endémica, pero los pescadores simplemente le dicen "la rayá".

San Martín: El barrio obrero que nació del ferrocarril y la bananera

Mientras Pescaíto miraba al mar, San Martín miraba al ferrocarril. A principios del siglo XX, la United Fruit Company (hoy Chiquita Brands) llegó a Santa Marta con toda su maquinaria. Necesitaban transportar banano desde las plantaciones del sur del departamento hasta el puerto. Así nació el ferrocarril de Santa Marta, que conectaba la ciudad con pueblos como Ciénaga, Aracataca y Fundación.

Los trabajadores del ferrocarril no tenían dónde vivir. La United Fruit construyó un campamento al pie de la montaña, en lo que hoy es la Calle 22 con Carrera 5. Lo llamaron "Barrio Obrero de San Martín", en honor al general José de San Martín, aunque nadie sabe bien por qué. Algunos dicen que fue un capricho de un ingeniero argentino que trabajaba para la compañía.

La masacre de las bananeras y la memoria obrera

San Martín fue testigo de primera línea de la Masacre de las Bananeras de 1928. Aunque los hechos más conocidos ocurrieron en Ciénaga, a 30 kilómetros, los ecos llegaron hasta Santa Marta. Los trabajadores del ferrocarril en San Martín se solidarizaron con los huelguistas y pararon las locomotoras. El ejército ocupó el barrio durante tres días, registrando casa por casa en busca de "agitadores".

Hay una historia que pocos conocen: una mujer llamada Eulalia "Lala" Mendoza, que vivía en la esquina de la Calle 22 con Carrera 4, escondió a tres líderes sindicales en su sótano durante la ocupación. Los soldados nunca encontraron el sótano porque estaba camuflado bajo un piso de tierra donde ella tenía sus gallinas. Lala murió en 1985 sin que nadie le reconociera su acto. Su casa hoy es una tienda de abarrotes llamada "El Escondite de Lala".

La vida en el barrio ferroviario

San Martín creció alrededor de las vías del tren. Las casas eran pequeñas, de un piso, con techos de zinc y patios traseros donde la gente sembraba yuca, plátano y aguacate. El tren pasaba tres veces al día, y los niños saltaban a las vías para recoger los bananos que se caían de los vagones.

El barrio tenía su propia dinámica. Había una panadería comunitaria en la Carrera 4, donde las mujeres se turnaban para hornear pan de yuca y bollos limpios. También había una cantina llamada "El Paradero", que sigue abierta hoy (en la Calle 21 con Carrera 3), donde los ferroviarios se tomaban sus cervezas Águila después de la jornada.

El ferrocarril dejó de funcionar en los años 70, cuando la carretera Troncal del Caribe reemplazó al tren. Las vías se oxidaron, los talleres se cerraron, y San Martín entró en una decadencia silenciosa. Muchos de sus habitantes migraron a otros barrios o se fueron a trabajar en la construcción de hoteles en El Rodadero.

Personajes o hechos clave

La historia de estos barrios no la escribieron los gobernadores ni los generales. La escribieron personas como:

  • Manuel "Manoe' Pescado" (1875-1942): Pescador que le dio nombre a Pescaíto. Nunca aprendió a leer, pero conocía las corrientes de la bahía como nadie. Se dice que podía predecir tormentas con solo oler el viento.
  • Eulalia "Lala" Mendoza (1901-1985): La mujer que escondió a los sindicalistas en 1928. Su tienda "El Escondite de Lala" sigue siendo un punto de encuentro en San Martín.
  • Don Pedro "El Tuerto" Martínez (1910-1998): Último maquinista del ferrocarril de Santa Marta. Vivió toda su vida en San Martín y se negó a mudarse cuando el tren dejó de operar. Su locomotora, la #42, está abandonada en un lote de la Calle 23, cubierta de maleza.
  • Juana "La Pescadora" Díaz (1935-2019): Lideresa comunitaria de Pescaíto que organizó las primeras cooperativas de pescadores en los años 70. Luchó contra la construcción de un hotel que iba a desplazar a las familias del barrio. Perdió la batalla, pero logró que se respetara una franja de playa para uso público.

Un hecho clave que marcó a ambos barrios fue el incendio de 1954. Un 15 de marzo, un fogón de leña en una casa de San Martín se salió de control y el viento llevó las llamas hasta Pescaíto. Se quemaron 47 casas en total. No hubo muertos, pero cientos de familias perdieron todo. La reconstrucción fue hecha por los mismos vecinos, sin ayuda del gobierno. Hoy, algunas de esas casas reconstruidas todavía tienen marcas de humo en las vigas.

Estado actual

En mayo de 2026, Pescaíto y San Martín son barrios en tensión. Por un lado, mantienen su esencia popular. En Pescaíto todavía se pesca, aunque cada vez menos. La contaminación de la bahía y la sobrepesca han reducido las capturas. Los jóvenes ya no quieren ser pescadores; prefieren trabajar en los hoteles de El Rodadero o en las tiendas del centro. Las casas de madera han sido reemplazadas por construcciones de cemento, y muchas familias han vendido sus terrenos a inversionistas.

En San Martín, el abandono es más evidente. Las vías del tren están rotas, los lotes baldíos se han convertido en basureros, y la delincuencia ha aumentado. Sin embargo, hay signos de resistencia. La Junta de Acción Comunal de San Martín, liderada por Martha "Martica" Pérez, ha organizado talleres de memoria histórica para que los jóvenes conozcan la historia del barrio. También han logrado que la Alcaldía declare patrimonio cultural inmaterial la tradición de la panadería comunitaria.

La gentrificación y sus amenazas

El problema más grave es la gentrificación. Santa Marta está en pleno boom turístico. En los últimos cinco años, el precio del metro cuadrado en el centro histórico ha subido un 300%. Los inversionistas están comprando propiedades en Pescaíto y San Martín para convertirlas en hostales, restaurantes gourmet y apartamentos de lujo con vista al mar.

Un ejemplo concreto: en la Calle 10 de Pescaíto, donde antes había una docena de casas de pescadores, hoy hay tres hostales y un restaurante de comida fusión que cobra $45.000 COP por un ceviche. Los pescadores que vendían su producto en la misma calle ahora tienen que irse a la Plaza de Mercado de Santa Marta, a 20 minutos caminando, porque los nuevos dueños no les renovaron el arriendo.

En San Martín, la situación es similar. La Calle 22, que era puramente residencial, ahora tiene cinco hostales y una tienda de artesanías que vende sombreros vueltiaos a $80.000 COP. Los vecinos originales se han ido mudando a barrios más alejados como La Floresta o El Pando, donde la vida es más barata pero también más insegura.

La gentrificación no solo desplaza personas, también borra la memoria. Cuando una casa de pescador se convierte en un hostal, se pierde la historia de quién vivió ahí, qué comía, cómo pescaba. Se pierde el olor a pescado frito, el sonido de las redes secándose al sol, las conversaciones en la esquina.

Lo que aún queda

A pesar de todo, Pescaíto y San Martín siguen vivos. En Pescaíto, los fines de semana se arma el "mercaíto" en la Calle del Pescado, donde se vende pescado fresco directo del bote, a precios que van desde $8.000 COP la libra de mojarra rayada hasta $25.000 COP el kilo de róbalo. Es un espectáculo: las mujeres gritan los precios, los hombres descargan los botes, los perros esperan las sobras.

En San Martín, la Panadería Comunitaria sigue funcionando todos los jueves, desde las 6 de la mañana, en la Carrera 4 #21-30. Allí se hornea pan de yuca, bollos de mazorca y arepas de huevo, todo a precios populares (un pan de yuca cuesta $1.500 COP). Es un espacio donde los vecinos se encuentran, conversan, y mantienen viva la tradición.

También hay iniciativas de turismo comunitario. La Fundación Pescaíto Vivo ofrece recorridos guiados por el barrio, donde los turistas pueden aprender a limpiar pescado, remar en un cayuco y cocinar un sancocho de pescado con una familia local. El recorrido cuesta $60.000 COP por persona y se reserva llamando a la fundación (no tenemos el número, pero se puede preguntar en la Alcaldía de Santa Marta, en la Carrera 3 con Calle 16).

Lo que se pierde cuando el turismo avanza

No se trata de estar en contra del turismo. Santa Marta necesita el turismo para sobrevivir. Pero hay una diferencia entre un turismo que respeta y uno que arrasa. Cuando un barrio como Pescaíto se convierte en un "destino gastronómico", se pierde la esencia de lo que lo hizo especial: la gente que vive del mar, no la que lo convierte en un plato de Instagram.

Lo que se pierde es intangible. Se pierde la memoria de los pescadores que ayudaron a la independencia. Se pierde el coraje de Eulalia Mendoza. Se pierde el olor a pan de yuca recién horneado. Se pierde la posibilidad de que un niño de San Martín crezca escuchando las historias de su abuelo, el maquinista del tren.

Preservar estos barrios no es congelarlos en el tiempo. Es darles herramientas para que sus habitantes puedan vivir dignamente sin tener que irse. Es reconocer que la historia de Santa Marta no está solo en las murallas del centro histórico, sino también en las calles de tierra de Pescaíto y en las vías oxidadas de San Martín.

Si este artículo te hizo pensar, compártelo con un amigo que ame la historia real de Colombia. Ayúdanos a preservar la memoria de estos barrios antes de que el turismo los borre del mapa.

Línea de tiempo o hitos históricos

Siglo XVI: La llegada de los españoles a la región marca el inicio de un nuevo capítulo en la historia local, transformando la estructura social y económica de lo que hoy es Santa Marta. Los colonizadores establecieron la primera ciudad fundada en Colombia, Santa Marta, en 1525, convirtiéndola en un punto estratégico para la conquista y la colonización.

Siglo XIX: Durante este periodo, la ciudad se convierte en un importante puerto comercial. La llegada del ferrocarril en 1886 conecta Santa Marta con el interior del país, impulsando el comercio de café y otros productos agrícolas. Este avance tecnológico también trae consigo cambios sociales, incluyendo la migración de familias hacia el área urbana.

1940-1960: El barrio Pescaíto comienza a formarse como una comunidad de pescadores, muchos de los cuales son afrodescendientes. Este barrio se convierte en símbolo de la cultura local, donde la música y la gastronomía se entrelazan con la vida cotidiana. La tradición de la "cocina del mar" florece, dando lugar a platos típicos que aún hoy se disfrutan.

1970-1980: La urbanización de San Martín avanza a pasos agigantados. Con la llegada de nuevos habitantes, la cultura del barrio se enriquece y diversifica. Sin embargo, este crecimiento urbano también trae desafíos, como la necesidad de infraestructura y servicios básicos.

1990: El barrio Pescaíto es reconocido por su valor cultural, y surgen iniciativas para preservar su identidad. Se llevan a cabo festivales de música y danza, donde la comunidad muestra su herencia cultural y artística. La Feria de las Flores, que se celebra anualmente, se convierte en un evento emblemático que atrae a turistas y locales por igual.

2000 en adelante: La revitalización de la zona costera y la promoción del turismo sostenible comienzan a tomar fuerza, enfocándose en la historia y cultura de Pescaíto y San Martín. La comunidad se organiza para participar en proyectos que buscan mejorar su calidad de vida y preservar su patrimonio cultural.

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