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Las cantinas de la 44: un viaje al Medellín que se resiste a morir

Camila Mendoza
Camila Mendoza|Cronista de Historia Urbana & Barrios
Actualizado el 4 de agosto, 2026
Las cantinas de la 44: un viaje al Medellín que se resiste a morir

Si usted camina por la Avenida 44 de Medellín, entre la Playa y la San Juan, puede que no vea nada especial a primera vista. Talleres de mecánica, vitrinas de r

La 44: una arteria que late con otra época

Si usted camina por la Avenida 44 de Medellín, entre la Playa y la San Juan, puede que no vea nada especial a primera vista. Talleres de mecánica, vitrinas de repuestos, olor a gasolina y un tráfico que nunca duerme. Pero si se fija bien, entre esos locales grises hay puertas de madera que se abren al caer la noche. Adentro suena un tango de Gardel, alguien pide "una pola bien fría" y el humo del cigarrillo dibuja figuras sobre la mesa de billar. Esas puertas son las cantinas de la 44, los últimos baluartes de un Medellín que se resiste a morir.

Este corredor, que hoy parece puramente industrial, fue en las décadas de 1960 y 1970 el epicentro de la bohemia antioqueña. Mientras el centro de la ciudad se vestía de traje y corbata durante el día, la 44 se desvestía de formalidades cuando caía el sol. Aquí no había protocolos: había cerveza, aguardiente, música de despecho y conversaciones que podían durar hasta el amanecer. Los historiadores urbanos la llaman "la última frontera de la nostalgia", y no les falta razón.

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Orígenes: cuando la 44 era el límite de la ciudad

Para entender por qué las cantinas de la 44 son tan especiales, hay que retroceder hasta principios del siglo XX. En esa época, Medellín era una ciudad que apenas se estiraba más allá del Parque de Berrío. La Avenida 44, que en ese entonces era una vía de herradura, marcaba el límite occidental de la urbe. Más allá solo había potreros, algunas fincas y el camino hacia el occidente antioqueño.

Con la industrialización de los años 30 y 40, la ciudad empezó a crecer hacia el oeste. Las fábricas textiles como Coltejer y Fabricato trajeron miles de campesinos que buscaban trabajo. La 44 se convirtió en la frontera entre la ciudad formal y los barrios obreros que nacían sin permiso. Y donde hay obreros con sed, hay cantinas.

Las primeras cantinas de la 44 eran locales improvisados: una puerta ancha, un mostrador de madera, barriles de cerveza y una vitrola que sonaba a todo volumen. No había muchas pretensiones. El negocio era simple: vender licor barato y ofrecer un espacio donde el trabajador pudiera olvidar por unas horas la dureza de la jornada.

Lo que pocos saben es que la 44 también fue un punto de encuentro para los arrieros que bajaban de Santa Elena y de Guarne. Ellos traían café, maíz y aguardiente de contrabando. Las cantinas servían como centro de acopio informal y como lugar de intercambio de noticias. En esas mesas se hablaba del precio del café, de las peleas políticas y de los amoríos que nadie debía saber.

La influencia de los ferrocarriles

Un dato que casi nadie recuerda: la Estación del Ferrocarril de Antioquia, ubicada a pocas cuadras de la 44, fue clave para el auge de estas cantinas. Los maquinistas y los obreros de los talleres ferroviarios eran clientes frecuentes. Cuando un tren llegaba de Puerto Berrío o de Santa Marta, los trabajadores bajaban directo a la cantina más cercana a celebrar o a lamentar el viaje. Esa mezcla de gente de todas las regiones le dio a la 44 un carácter cosmopolita que no tenía ningún otro sector de la ciudad.

En los años 50, con la llegada de la radio y luego de la televisión, las cantinas se convirtieron en los lugares donde la gente se reunía a escuchar las radionovelas y los partidos de fútbol. Los dueños instalaban parlantes enormes y el que no tenía radio en su casa iba a la cantina a vivir la emoción de los goles del Nacional o del Medellín. Esa tradición de ver fútbol en la cantina se mantiene viva hasta hoy, aunque ahora sea con pantallas de televisión.

Línea de tiempo: hitos de la bohemia cantinera

  • 1930-1945: Nacen las primeras cantinas informales en la 44, atendiendo a obreros de las fábricas y arrieros.
  • 1950: La avenida se consolida como corredor industrial y comercial. Las cantinas se formalizan y algunas ya tienen nombre propio.
  • 1960: Aparecen las tertulias políticas. La 44 se convierte en refugio de líderes sindicales y estudiantes universitarios.
  • 1970: Época dorada de la bohemia. Poetas, músicos y periodistas hacen de las cantinas su segundo hogar.
  • 1980: La violencia del narcotráfico golpea el centro de Medellín. Muchas cantinas cierran, pero unas pocas resisten.
  • 1990: La apertura económica y la llegada de centros comerciales cambian los hábitos de consumo. Las cantinas entran en crisis.
  • 2000-2010: La gentrificación del centro empieza a desplazar negocios tradicionales. Las cantinas sobrevivientes se convierten en patrimonio cultural no oficial.
  • 2020-2026: Un renacimiento tímido. Nuevas generaciones redescubren las cantinas como espacios de memoria y autenticidad.

Cantina El Faro: donde se gestaron las tertulias políticas de los 70s

Si hay una cantina que merece un capítulo aparte en la historia de Medellín, esa es la Cantina El Faro. Ubicada en la 44 con la calle 45, este local de fachada amarilla desgastada es un museo viviente de la política antioqueña. En los años 70, cuando el país vivía bajo estado de sitio y los partidos tradicionales dominaban el panorama, El Faro era el lugar donde se reunían los inconformes.

Periodistas del periódico El Colombiano, profesores de la Universidad de Antioquia y dirigentes sindicales de las fábricas textiles se sentaban en las mesas del fondo para discutir la situación del país. No era una tertulia formal, no había agenda ni moderador. Simplemente alguien llegaba con una noticia, la ponía sobre la mesa y los demás la despedazaban con argumentos. El aguardiente era el combustible de esas discusiones que a veces terminaban en gritos y otras en abrazos.

Cuentan los viejos del barrio que en El Faro se gestaron varias de las estrategias de las huelgas obreras de 1975 y 1977. Los líderes sindicales usaban la cantina como punto de encuentro porque era un lugar público donde nadie levantaba sospechas. Mientras afuera la policía vigilaba las sedes sindicales, adentro se planeaba el siguiente movimiento. El dueño de esa época, que se hacía llamar "Don Óscar", nunca preguntaba de qué hablaban sus clientes. Su única regla era que nadie se quedara sin tomar.

Hoy, El Faro sigue abierta, aunque ya no recibe a los líderes sindicales de antaño. Los clientes actuales son mecánicos de los talleres cercanos y algunos jubilados que se sientan a recordar los viejos tiempos. En las paredes todavía cuelgan fotos en blanco y negro de los equipos de fútbol de los años 70 y un retrato de Jorge Eliécer Gaitán que alguien pegó hace décadas y nadie se ha atrevido a quitar. Se recomienda verificar horarios antes de visitar, porque el local abre según el ánimo del dueño.

El Faro y la censura

Un dato curioso: durante la época del Estatuto de Seguridad del presidente Julio César Turbay (1978-1982), la policía hizo varias redadas en El Faro buscando "material subversivo". Nunca encontraron nada, porque los clientes habían desarrollado un código secreto: cuando alguien veía un carro de policía, gritaba "¡ahí viene la factura!" y todos cambiaban la conversación a temas de fútbol o de carreras de caballos. Esa frase se volvió tan famosa en el sector que todavía hoy se usa entre los parroquianos más viejos.

Bar El Paraíso: el billar que sobrevivió a tres generaciones

A media cuadra de El Faro, en la 44 con la calle 44, está el Bar El Paraíso. El nombre puede sonar pretencioso para un local de fachada gris y letrero oxidado, pero para los que conocen su historia, ese nombre tiene todo el sentido del mundo. El Paraíso fue, en los años 60 y 70, el templo del billar en Medellín. Sus tres mesas de paño verde recibían a los mejores jugadores de la ciudad, que venían a apostar dinero en partidas que podían durar horas.

El fundador, un señor llamado Manuel "El Gordo" Restrepo, era un personaje legendario. Se decía que había aprendido a jugar billar en los puertos del Magdalena y que llegó a Medellín huyendo de una deuda de juego. Compró el local en 1965 con sus ahorros y lo convirtió en un negocio próspero. Su regla de oro era simple: "Aquí se viene a jugar, no a pelear. El que pelee, se va". Esa filosofía le permitió sobrevivir a las épocas más violentas de la ciudad.

Lo que hace especial a El Paraíso es que ha pasado por tres generaciones de la misma familia. El Gordo Restrepo murió en 1994, pero su hijo Jorge y luego su nieto Andrés han mantenido el negocio con la misma lógica. Las mesas de billar son las mismas de los años 70, con el paño cambiado decenas de veces pero con la madera original. Los tacos cuelgan en la pared, cada uno con una placa que indica el nombre de su dueño habitual. Algunos de esos nombres ya no existen, pero sus tacos siguen ahí, como un memorial silencioso.

El Paraíso no es solo un billar. También es un lugar donde se come bien. El menú no ha cambiado en cincuenta años: bandeja paisa, sancocho de gallina y el famoso "caldo de res" que se sirve desde las 6 de la mañana. Los precios son de referencia de agosto de 2026 y siguen siendo populares: un caldo de res cuesta alrededor de $12.000 COP y una cerveza fría $5.000 COP. El local abre de lunes a sábado desde las 10 de la mañana hasta que el último cliente se vaya, que suele ser tarde.

El arte de la carambola

Los entendidos dicen que en El Paraíso se juega el billar "de la vieja escuela", es decir, el billar de tres bandas que requiere una precisión milimétrica. Los jóvenes que llegan con sus celulares a grabar partidas se sorprenden al ver a los veteranos calcular ángulos y efectos sin necesidad de ninguna aplicación. "El billar es matemática, pero también es paciencia", dice un cliente habitual de 70 años que prefiere no dar su nombre. "Aquí no hay apuro. Usted se sienta, pide una cerveza y espera su turno. Así se aprende a vivir".

La Voz del Pueblo: la cantina que fue refugio de poetas y compositores

De todas las cantinas de la 44, La Voz del Pueblo es la que tiene el alma más artística. Este local, ubicado en la esquina de la 44 con la calle 42, fue durante los años 70 y 80 el punto de encuentro de poetas, compositores y músicos de la Nueva Ola antioqueña. Aquí no se hablaba tanto de política como de versos, de canciones y de la vida bohemia en general.

El ambiente era diferente al de otras cantinas. En lugar de la música de despecho que sonaba en todos lados, en La Voz del Pueblo se escuchaban boleros, bossa nova y los primeros intentos de rock en español. Los clientes traían sus guitarras y se armaban tertulias musicales improvisadas que podían durar hasta el amanecer. Algunos de esos encuentros dieron origen a canciones que luego se volvieron famosas en la radio local, aunque muchos de sus autores nunca recibieron crédito.

La figura más recordada de La Voz del Pueblo es un personaje conocido como "El Tuerto Giraldo", un poeta callejero que recitaba versos a cambio de cerveza. Giraldo no era un bohemio más: era un hombre culto que había estudiado literatura en la Universidad de Antioquia pero que había elegido la vida de la calle. Sus poemas hablaban del Medellín de los barrios obreros, de las lavanderas del río y de los amores imposibles. Los estudiantes de literatura de esa época lo buscaban para escucharlo recitar y para anotar sus versos, que nunca fueron publicados en ningún libro.

La Voz del Pueblo también fue un lugar de resistencia cultural durante los años del narcotráfico. Mientras la ciudad se hundía en la violencia, este local se mantuvo como un espacio de creación y de memoria. Los compositores seguían escribiendo canciones de amor y desamor, negándose a que el miedo les arrebatara la inspiración. Esa actitud le valió el respeto de todo el sector y el apodo de "la última trinchera de la poesía".

Hoy, La Voz del Pueblo sigue abierta, aunque con menos bohemia y más nostalgia. Las guitarras ya no se escuchan todas las noches, pero los fines de semana todavía se organizan veladas de trova y poesía. El local conserva su fachada original de ladrillo y su letrero pintado a mano. Los precios siguen siendo accesibles: una cerveza cuesta alrededor de $5.000 COP y un aguardiente $7.000 COP. Se recomienda verificar horarios antes de visitar, porque los eventos son irregulares.

El legado de los compositores

Un dato poco conocido: varios de los éxitos de la música popular antioqueña de los años 80 fueron compuestos en las mesas de La Voz del Pueblo. Compositores que luego trabajaron con grandes orquestas de la época confesaron, en entrevistas tardías, que sus primeras canciones nacieron en servilletas de papel en esta cantina. El olor a cerveza y a cigarrillo era, según ellos, el mejor estimulante para la creatividad.

El ritual del 'caldo de res' después de la tercera cerveza

Si usted visita las cantinas de la 44, tiene que conocer el ritual más sagrado de todas ellas: el caldo de res. No es un plato cualquiera, es una institución. La tradición dice que después de la tercera cerveza, el cuerpo empieza a pedir algo sólido que lo asiente. Y en las cantinas de la 44, ese algo es un caldo caliente, humeante, con un hueso de res, papa, yuca, arroz y un pedazo de carne que se deshace en la boca.

El origen de esta tradición se remonta a los años 50, cuando las cantinas empezaron a ofrecer comida para que los trabajadores no se fueran a sus casas con el estómago vacío. Al principio era un servicio secundario, pero pronto se convirtió en el plato estrella. El caldo de res era barato, nutritivo y perfecto para contrarrestar los efectos del alcohol. Los dueños descubrieron que un cliente que comía bien, bebía más y se quedaba más tiempo.

El ritual tiene su orden: primero se pide la cerveza, luego se juega o se conversa, y cuando alguien dice "ya me entró el frío",

Personajes o hechos clave

En la Avenida 44, la historia y los personajes que han marcado la vida de esta zona son tan variados como los sabores de las cantinas que la adornan. Cada rincón cuenta una historia, y cada cantina tiene sus propios héroes anónimos que han dejado huella en la cultura local. Aquí te presentamos algunos personajes y hechos clave que forman parte de este mosaico vibrante.

Don Chucho

Este carismático personaje es conocido por ser el alma de la cantina "El Esquinazo", un lugar que ha sido punto de encuentro para artistas y músicos locales desde hace más de tres décadas. Don Chucho no solo sirve trago, sino que también narra anécdotas de la Medellín de antaño.

Insider Tip: Si tienes la suerte de que Don Chucho esté en el bar, no dudes en pedirle que te cuente sobre sus encuentros con reconocidos artistas locales. La historia se vive en sus palabras.

La Tía Chavita

En "La Cantina de Chavita", la dueña ha estado al pie del cañón durante más de 20 años. Con su carácter fuerte y su risa contagiosa, Chavita es un ícono en la comunidad. Su cantina es famosa por su "Ajiaco" y su ambiente familiar.

Insider Tip: Pregunta a Chavita por su "trago de la casa", que cambia según la temporada. Cada bebida tiene una historia especial que te conectará aún más con la tradición local.

El Mural de la Memoria

Este mural, que se encuentra en una de las paredes de la Avenida 44, rinde homenaje a los héroes caídos de la ciudad y a la historia de Medellín. Es un recordatorio del pasado, pero también una celebración de la resiliencia de la comunidad.

Insider Tip: Tómate un momento para leer las historias que acompañan cada figura en el mural. Es un viaje visual que te hará sentir la esencia de la cultura paisa.

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Estado actual

Hoy en día, la Avenida 44 sigue siendo un reflejo de la vida cotidiana de Medellín, donde las tradiciones y la modernidad coexisten en un delicado equilibrio. Las cantinas de la zona han ido evolucionando, pero su esencia permanece. A medida que la ciudad se transforma, estas cantinas se han adaptado, incorporando nuevos sabores y experiencias, manteniendo un ambiente que invita a la conversación y la camaradería.

Las cantinas no solo son lugares para beber; son espacios donde la cultura se vive a través de la música, la gastronomía y la calidez de su gente. Muchos de estos lugares ofrecen eventos en vivo, especialmente los fines de semana, lo que permite a los visitantes disfrutar de artistas locales y bandas emergentes. Esto no solo anima el ambiente, sino que también apoya a la escena musical de Medellín.

La 44

Insider Tip: Este lugar emblemático es conocido por su ambiente auténtico y su clientela local. No te pierdas el "Ajiaco" que preparan los fines de semana, un plato que nunca falla en reunir a los amigos alrededor de una mesa. Además, es un excelente punto de partida para explorar otras cantinas en la zona.

Bar El Tigre

Insider Tip: Conocido por su amplia selección de cervezas artesanales, es el lugar ideal para aquellos que buscan probar algo diferente. Pregunta por las degustaciones que ofrecen; es una forma perfecta de descubrir nuevas marcas locales y hacer amigos en el camino.

Las cantinas de la 44 han pasado por cambios significativos, pero su función como núcleos de socialización y cultura permanece intacta. Es un destino que te brinda la oportunidad de conectar con la verdadera esencia de Medellín, lejos del turismo convencional.

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Camila Mendoza

Camila Mendoza

Cronista de Historia Urbana & Barrios

Historiadora urbana y apasionada de la arquitectura colonial y republicana. Rescata la memoria barrial y los secretos de cada rincón.

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