La Macarena: donde la olla de la abuela sigue en el fogón
¿Alguien ha olido un ajiaco espeso bajando por la Carrera 4 a las once de la mañana? Ese olor no se compra en un supermercado ni se replica en un restaurante de cadena. Es el aroma de una olla que lleva horas sudando sobre fuego lento, con mazorca tierna y guascas recién compradas en la plazoleta. Ese es el corazón de La Macarena, un barrio que los bogotanos conocen por sus museos y sus calles empedradas, pero que guarda un secreto a voces: la cocina familiar de las abuelas que se niegan a dejar de cocinar como siempre.
Aquí no hay menús de degustación ni espumas. Hay mesas de fórmica, manteles de plástico con flores y una señora que te pregunta si ya almorzaste, porque "un muchacho flaco como usted no puede andar sin comer". En un mundo donde todo se vuelve gourmet y caro, La Macarena mantiene una resistencia silenciosa: la de las recetas que se pasan de madre a hija, de abuela a nieta, sin medir gramos ni usar termómetros de cocina. Se cocina al ojo, al tanteo y al cariño.
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Este barrio, que durante décadas fue el refugio de intelectuales y artistas, también fue el hogar de mujeres que llegaron de Boyacá, de Cundinamarca y del Tolima con sus recetas bajo el brazo. Hoy, en agosto de 2026, esas recetas siguen vivas en casas que abren sus puertas al público, aunque no tengan letrero grande ni página web. Este artículo es para que usted los encuentre, los pruebe y, si puede, se robe la receta (con permiso, claro).
¿Qué es la cocina de abuela en La Macarena?
No se confunda: no estamos hablando de comida "típica" en el sentido turístico, de esas que sirven bandeja paisa con arroz de coco para complacer al extranjero. La cocina de abuela en La Macarena es otra cosa. Es la comida que se hacía en las casas del barrio cuando este era un vecindario de clase media con casas de dos pisos, patio interior y una cocina a gas con horno que solo se usaba en diciembre.
Es una cocina marcada por la escasez y la creatividad. Las abuelas que llegaron a Bogotá en los años 50 y 60 trajeron consigo la despensa de sus pueblos: papa criolla, habas, cubios, mazorca, arveja y, por supuesto, la guasca, esa hierba que nadie sabe describir bien pero que todos reconocen en el ajiaco. También trajeron la costumbre de no botar nada: el caldo de hueso se convierte en sopa de pasta, el arroz de ayer se vuelve arroz apetitoso con huevo y cebolla, y la carne asada del domingo se desmecha el lunes para hacer tamal de pipián.
Lo que hace especial a esta cocina no es la técnica ni la presentación. Es la paciencia. Una abuela de La Macarena no tiene afán. Se levanta a las 5:30 de la mañana, pone el agua a hervir, pela las papas mientras el café se cuela en un paño de algodón y deja que la olla haga su trabajo mientras ella barre el andén o riega las matas. Esa lentitud se siente en el plato. Es imposible apurar un ajiaco sin que pierda el alma.
Y hay un componente social clave: la cocina de abuela en este barrio es comunitaria. Las señoras se prestan la sal, se regalan guascas del jardín de la vecina y se juntan los martes a hacer tamales para vender en la puerta de la iglesia. Si usted se sienta en una de estas mesas, no es un cliente. Es un invitado. Y eso se nota en la porción.
Tres casas que le abren la puerta a la tradición
No hay muchas. La especulación inmobiliaria ha ido acabando con las casas familiares del barrio, y con ellas, con las cocinas. Pero todavía quedan tres lugares que valen la pena conocer. Son casas de familia, no restaurantes formales. No aceptan tarjeta de crédito en todos los casos, el menú cambia según lo que haya en el mercado y el horario es flexible (si la abuela no se siente bien, no abre). Así funciona esto.
Cocina de la Macarena: el reino de la abuela Rosa
En la Carrera 4 # 26-45, una casa de fachada amarilla con rejas negras esconde uno de los secretos mejor guardados del barrio. Es la casa de la abuela Rosa, una mujer de 78 años nacida en Sogamoso que llegó a La Macarena en 1962 con su esposo y sus tres hijos. Lo que empezó como un "cocino para los estudiantes de la universidad" se convirtió en un punto de referencia para los vecinos y, con los años, para los curiosos que se enteran por recomendación.
La abuela Rosa no tiene carta. Usted llega, pregunta qué hay hoy, y ella le dice: "hoy hay ajiaco, pero el jueves hago mute". Si usted insiste, le ofrece lo que tenga en la nevera. Pero hay un plato que nunca falla: el ajiaco santafereño con tres tipos de papa (criolla, sabanera y pastusa), mazorca, pollo desmechado, guascas frescas y alcaparras. Se sirve con arroz blanco, aguacate y un ají picante que ella misma prepara con tomate de árbol y cilantro.
El precio es de referencia: un plato de ajiaco con todo cuesta alrededor de $22.000 COP (agosto de 2026). La sopa es tan espesa que la cuchara se para sola. La porción es generosa y el pan de maíz que sirve de acompañamiento es casero, hecho por su nieta los domingos.
El horario es de martes a sábado, de 11:30 de la mañana a 3:30 de la tarde. No hay servicio nocturno. La abuela Rosa cierra cuando se acaba la olla, que suele ser antes de las 2 de la tarde. Si usted llega a la 1:30, puede que no haya ajiaco, pero le ofrece "lo que vaya quedando". Vaya temprano.
El dato que nadie le cuenta: la abuela Rosa no usa guascas secas. Las cultiva en una matera en el patio trasero. Pídale que le muestre la planta y ella, si está de buenas, le regala un esqueje para que la siembre en su casa. Eso sí, no se le ocurra preguntarle cuánta guasca le echa al ajiaco. Es un secreto de familia que no piensa revelar, aunque usted insista con buena cara.
El Fogón de la Tía Matilde: cocina boyacense en miniatura
A tres cuadras de la Carrera 4, en la Calle 27 # 5-32, está la casa de la tía Matilde, una mujer de 74 años nacida en Tunja que lleva 50 años viviendo en La Macarena. Su cocina es más pequeña que la de la abuela Rosa, pero igual de contundente. Aquí no hay ajiaco: hay cocido boyacense, mute, changua y, los viernes, un plato que se agota en minutos: el tamal de pipián con carne de cerdo y pollo, envuelto en hoja de plátano y acompañado de chocolate santafereño.
El cocido boyacense de la tía Matilde es un monumento a la tierra. Lleva habas, cubios, papas criollas, mazorca, arveja, costilla de res y un trozo de carne de cerdo que se deshace con el tenedor. Se sirve en un plato hondo y se come con cuchara, aunque la tía Matilde dice que "los de verdad lo comen con cuchara de palo". El precio del cocido es de $18.000 COP (referencia agosto 2026) y el tamal cuesta $15.000 COP.
La tía Matilde es una mujer de carácter fuerte. Si usted llega pidiendo "una sopa de verduras", le va a responder: "aquí no hay sopa de verduras, hay cocido boyacense. Si no le gusta, la puerta está abierta". Pero si usted se sienta con humildad y le dice que quiere probar la comida de su tierra, ella se derrite y le sirve doble porción.
El horario es de miércoles a domingo, de 12 del mediodía a 5 de la tarde. Los sábados hay un menú especial: changua para desayunar (desde las 7 de la mañana) y luego el cocido del mediodía. La changua de la tía Matilde tiene un secreto: le echa un huevo pochado y un trozo de pan tostado al fondo del plato. Eso no se ve en los restaurantes de la zona.
La Casa de las Flores: cocina tolimense con patio interior
En la Calle 26 # 4-28, una casa con un jardín lleno de hortensias esconde la cocina de la abuela Inés, de 82 años, nacida en Ibagué. La Casa de las Flores no es un restaurante formal: es la casa de la familia de Inés, que abrió sus puertas al público hace 15 años para pagar los estudios de sus nietos. El comedor es el patio interior, con mesas de madera y sillas que no combinan entre sí. Ese desorden le da un encanto que ningún interiorista podría replicar.
La especialidad de la abuela Inés es el sancocho de gallina, un plato que ella prepara los fines de semana con gallina criolla (no de granja, que ella insiste en que "no sabe a nada"). El sancocho lleva yuca, plátano verde, mazorca, papa sabanera y un aliño que ella prepara con cebolla larga, ajo, comino y un toque de panela raspada que le da un dulzor sutil. Se sirve con arroz blanco y ají de su propia cosecha.
El sancocho de gallina cuesta $25.000 COP y rinde para dos personas, aunque la abuela Inés le va a decir que "eso es para una sola, porque usted está muy flaco". Los jueves hay tamal tolimense (diferente al boyacense: es más grande, con más masa y menos relleno) y los martes hay frijoles con garra, un plato que ella aprendió de su madre y que ya casi nadie hace en Bogotá.
El horario es de martes a domingo, de 12 del mediodía a 4 de la tarde. Los domingos hay sobrecupo, así que se recomienda llegar antes de la 1. La abuela Inés no acepta reservas: "aquí se llega y se espera, como en la casa".
Una entrevista con la abuela Rosa: 78 años y un fogón que no se apaga
La abuela Rosa me recibió un martes a las 10 de la mañana, cuando todavía estaba pelando papas para el ajiaco del mediodía. Se sentó en una silla de plástico blanca, con un delantal floreado y las manos manchadas de tierra de las matas de guasca. No le gusta hablar de sí misma, pero cuando le pregunté por qué sigue cocinando, se rio y me contó su historia.
"Yo empecé a cocinar porque mi mamá se enfermó cuando yo tenía 12 años. En Sogamoso no había plata para contratar a nadie, así que yo me paraba en el fogón de leña y hacía lo que podía. Al principio era un desastre. Quemaba el arroz, la sopa quedaba sin sal. Pero uno aprende con la necesidad. Cuando me casé y me vine para Bogotá, ya sabía hacer de ajiaco, mute, tamales, hasta postres. Mi marido decía que yo cocinaba como su mamá, y eso era el mayor cumplido que me podía hacer."
Cuando le pregunto por qué no ha "modernizado" su cocina, la abuela Rosa se pone seria. "Yo no necesito ni licuadora ni procesador. Todo eso es para los que no saben cocinar. La papa se pica con cuchillo, el ajo se machaca en el mortero y la guasca se pica con la mano, no con cuchillo, porque el cuchillo le amarga el sabor. Eso lo decía mi abuela y yo lo repito. La tecnología no le va a quitar el trabajo a nadie, pero tampoco le va a dar el sabor que da la mano."
¿Y la receta del ajiaco? "No hay receta. Eso es lo que la gente no entiende. Cada olla es diferente. Un día la papa está más aguada, otro día la mazorca está más dulce, otro día el pollo soltó más grasa. Uno va ajustando. Si yo le diera una receta escrita, usted haría un ajiaco bueno, pero no el mío. El mío tiene 50 años de cariño, de pruebas, de errores. Eso no se escribe en un papel."
Le pregunto si le molesta que los restaurantes gourmet del barrio cobren $60.000 por un plato de ajiaco "deconstruido". Vuelve a reírse. "Que cobren lo que quieran. Yo no compito con ellos. Ellos le venden a los que tienen plata y quieren foto para Instagram. Yo le vendo a los que tienen hambre de verdad, a los que quieren sentarse en una mesa y sentirse en la casa de la mamá. Eso no tiene precio, pero yo cobro $22.000 para pagar los servicios y comprar el mercado."
Al final de la entrevista, la abuela Rosa me sirvió un tinto con pan de maíz y me miró con ojos serios: "Usted escriba lo que quiera, pero no mienta. Diga que aquí la comida es buena, pero también diga que aquí se viene con respeto. No me gusta la gente que llega a tomar fotos sin pedir permiso o a decir que el ajiaco está salado sin haber probado el de su mamá. Aquí se viene a comer, a conversar y a agradecer. El que no entienda eso, que se vaya a un centro comercial."
Datos curiosos sobre los ingredientes locales
La cocina de La Macarena no sería nada sin sus ingredientes. Y hay varios que tienen historias que pocos conocen.
La guasca: la hierba que nadie puede explicar
La guasca (galinsoga parviflora) es una hierba que crece como maleza en casi todo el territorio colombiano. Sin embargo, es el ingrediente que define el ajiaco santafereño. Su sabor es difícil de describir: algunos dicen que es ligeramente cítrico, otros que tiene un toque terroso, y hay quien dice que no sabe a nada, pero que sin ella el ajiaco no es ajiaco. Las abuelas de La Macarena la compran fresca en la Plaza de La Perseverancia (a dos cuadras del barrio) los sábados en la mañana. La guasca seca pierde el 80% de su aroma, por eso la abuela Rosa la cultiva en materas.
Los cubios y las habas: los olvidados de la despensa
Los cubios y las habas son tubérculos y legumbres que se consumían masivamente en la Bogotá de los años 50, pero que desaparecieron de las mesas urbanas con la llegada de la papa importada y los vegetales congelados. Las abuelas de La Macarena los siguen usando porque son parte de su memoria culinaria. El cubio, en particular, tiene un sabor terroso y ligeramente amargo que no le gusta a todo el mundo, pero que es imprescindible en el cocido boyacense. La tía Matilde los compra directamente a un campesino de Tunja que baja a Bogotá cada 15 días con su camioneta llena de productos.
La papa criolla: la joya de la corona
La papa criolla es pequeña, amarilla y harinosa. Es la que le da al ajiaco esa textura espesa que lo caracteriza. Las papas criollas de la Sabana de Bogotá son consideradas las mejores del país, y las abuelas del barrio las compran en la Plaza de La Perseverancia, donde los campesinos de Suba y Usaquén las venden a $4.000 COP la libra (precio de referencia agosto 2026). Un tip: la papa criolla no se pela antes de cocinar. Se lava bien y se echa entera a la olla. Se deshace sola y le da el espesor al caldo.
El pan de maíz: el acompañante que no falla
En La Macarena, el pan de maíz no es el arepa. Es un pan dulce y denso, hecho con harina de maíz, queso campesino y panela. Se hornea en moldes rectangulares y se sirve tibio con mantequilla. La abuela Rosa lo hace con una receta de su suegra, y dice que el secreto es usar queso fresco de la Plaza de Paloquemao, no el queso empacado del supermercado. "El queso empacado no derrite igual. El queso de la plaza tiene grasa de verdad, y eso es lo que le da sabor."
Cómo llegar a La Macarena y moverse por el barrio
La Macarena está ubicada en el centro-oriente de Bogotá, entre la Carrera 3 y la Carrera 7, y entre la Calle 26 y la Calle 32. Es un barrio pequeño, de calles empedradas y pendientes pronunciadas. No es un barrio para ir en carro, a menos que usted conozca bien el sector. El parqueo es escaso y caro.
La forma más práctica de llegar es en TransMilenio. La estación más cercana es Museo Nacional, en la Avenida Caracas con Calle 28. Desde ahí, son 10 minutos caminando cuesta arriba por la Calle 28 hasta la Carrera 4. También está la estación San Diego, en la Carrera 10 con Calle 26, desde donde se camina 15 minutos por la Calle 26 hasta el corazón del barrio. Ambas caminatas son agradables, pero si usted va con maleta o con dificultad para caminar, mejor tome un taxi o un Uber desde el centro. La carrera desde la Candelaria cuesta aproximadamente $8.000 COP (referencia agosto 2026).
Si viene desde el norte (Zona T, Parque de la 93), puede tomar el TransMilenio en la estación Calle 72 o Calle 76 y bajar en Museo Nacional. El viaje dura unos 25 minutos en hora no pico. Si viene desde el sur (Terminal de Transportes), la estación más cercana es Tercer Milenio, desde donde se toma un bus o un taxi hacia el barrio.
Una vez en La Macarena, todo se camina. Los tres restaurantes que mencioné están a máximo 10 minutos a pie entre sí. No hay necesidad de transporte interno. Eso sí, prepárese para subir y bajar cuestas. Use zapatos cómodos, porque las calles empedradas son hermosas pero resbaladizas con lluvia.
Si usted decide ir en carro, le recomiendo parquear en el estacionamiento público de la Calle 27 con Carrera 5 (tarifa de $5.000 COP por hora) y caminar. Evite parquear en la calle, porque las grúas de la ciudad son eficientes y no tienen piedad con los turistas.
Tips locales para disfrutar la cocina de abuela en La Macarena
Aquí van algunos consejos que solo los vecinos conocen:
- Lleg
Qué hacer
La Macarena no solo es un lugar para disfrutar de la comida típica, sino que también es un espacio vibrante donde la cultura local se entrelaza con la gastronomía. Aquí te dejamos algunas recomendaciones sobre qué hacer para aprovechar al máximo tu visita a este encantador barrio.
Visitar el Parque de los Hippies
Este parque es un punto de encuentro para la comunidad local, conocido por su ambiente bohemio y artístico. Insiders sugieren que vayas en fin de semana, cuando hay más actividad y puedes encontrar artesanías y comida típica. No olvides llevar algo de cambio para disfrutar de un delicioso arequipe de maíz.
Explorar la Calle del Ajiaco
Un recorrido por la Carrera 4 te llevará a varios hogares que ofrecen ajiaco, cada uno con su toque especial. Insiders recomiendan preguntar a los lugareños por sus lugares favoritos, ya que a menudo tienen recetas familiares que no encontrarás en menús turísticos. La gente aquí es muy abierta a compartir sus historias y tradiciones culinarias.
Participar en un Taller de Cocina Tradicional
Algunos restaurantes locales ofrecen talleres donde puedes aprender a preparar platos típicos como el ajiaco o la bandeja paisa. Insiders destacan que esta experiencia no solo es educativa, sino también una excelente forma de conectarte con la cultura local. Consulta en redes sociales o en grupos comunitarios para encontrar opciones.
Probar los Postres Caseros
La Macarena es famosa por sus dulces, especialmente los que se preparan en casa. Busca pequeñas tiendas o incluso venta directa en domicilios de postres como el bocadillo veleño o la natilla. Insiders sugieren también preguntar por recomendaciones de postres menos conocidos que suelen ser la especialidad de las abuelas del barrio.
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Dónde comer o beber
La Puerta Falsa
Este icónico lugar lleva más de 200 años ofreciendo platos tradicionales como el ajiaco y el tamal. Es un punto de encuentro para los amantes de la cocina criolla. Insider Tip: Visita temprano en la mañana para disfrutar de un ajiaco humeante acompañado de un chocolate caliente; la experiencia es única con el bullicio del desayuno local.
Restaurante El Gato Gris
Un rincón acogedor en La Macarena que ofrece un menú basado en recetas familiares. Su especialidad son las sopas y guisos tradicionales. Insider Tip: Pregunta por el plato del día, que siempre incluye un toque especial de la abuela del chef, y no te vayas sin probar su postre de arequipe.
Casa de la Abuela
Este lugar es conocido por sus platos caseros y un ambiente cálido. Ofrecen un menú rotativo que incluye desde ajiaco hasta sancocho. Insider Tip: Si puedes, ve un domingo; a menudo tienen música en vivo que complementa la experiencia culinaria.
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Preguntas frecuentes
¿Qué platos típicos se pueden encontrar en La Macarena?
En La Macarena, el ajiaco es un plato estrella, pero no te pierdas la oportunidad de probar el sancocho, que en algunas casas se prepara con un toque especial que refleja la herencia familiar. Además, los frijoles con carne son otra delicia local que vale la pena disfrutar.
¿Dónde puedo aprender a cocinar platos tradicionales?
Cerca de La Macarena, algunos restaurantes ofrecen talleres de cocina. Por ejemplo, en La Puerta Falsa, además de disfrutar de su famosa chocolatería, puedes preguntar sobre sus clases de cocina tradicional. Esto te permitirá no solo aprender recetas, sino también conocer las historias detrás de cada platillo.
¿Cuál es la mejor época para visitar La Macarena?
Aunque Bogotá tiene un clima variable, la Feria de las Flores en agosto es un momento ideal para disfrutar de la cultura local, incluida la comida. Durante este tiempo, muchos restaurantes organizan eventos especiales donde puedes degustar platillos típicos y escuchar historias de la tradición culinaria bogotana.
¿Hay algún mercado local donde pueda comprar ingredientes frescos?
Sí, el Mercado de La Macarena es un excelente lugar para encontrar ingredientes frescos y locales. Aquí puedes hablar con los vendedores, quienes a menudo comparten recetas y consejos sobre cómo preparar los platos tradicionales. No olvides preguntar por las hierbas frescas que le dan sabor a los platos típicos.
¿Qué bebidas acompañan mejor los platos de La Macarena?
El chicha es una bebida tradicional que acompaña muchos platos en La Macarena. Además, el aguapanela es otro clásico que puedes disfrutar, especialmente en días frescos. Pregunta en los restaurantes por su versión de estas bebidas, ya que cada lugar tiene su toque especial.
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