Orígenes: la ciudad que se cayó el 9 de abril
El Bogotazo no solo dejó tranvías quemados y almacenes destrozados en la carrera Séptima. Ese 9 de abril de 1948, cuando el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán desató una revuelta que convirtió barrios enteros en cenizas, Bogotá perdió su centro de gravedad de un solo golpe. La ciudad, que hasta entonces se apiñaba entre la Plaza de Bolívar y la calle 26, con sus casas de tapia pisada y tejas de barro, casonas republicanas y una red de tranvías que apenas alcanzaba Chapinero, se vio obligada a reinventarse. Lo que vino después no fue una reconstrucción nostálgica, sino un borrón y cuenta nueva que sepultó gran parte de la ciudad colonial bajo una losa de concreto, ladrillo a la vista y líneas rectas.
Los arquitectos que regresaron al país en esos años —muchos formados en Europa y Estados Unidos— traían consigo el Estilo Internacional: Le Corbusier, Mies van der Rohe, la idea de que la forma sigue a la función. Bogotá, que en 1938 contaba con unos 330.000 habitantes, vio su población dispararse a cerca de 1,7 millones en 1964. Esta explosión demográfica, unida al incendio del 9 de abril, creó el caldo de cultivo perfecto para que la ciudad colonial comenzara a desvanecerse a golpe de volqueta.
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Línea de tiempo: los hitos que dibujaron la nueva Bogotá
1938: el Teatro San Jorge y el despertar moderno
Antes del Bogotazo ya habían aparecido señales de cambio. El Teatro San Jorge, obra del arquitecto Alberto Manrique Martín, abrió sus puertas en 1938 al oriente de la localidad de Los Mártires, sobre la avenida Jiménez. Su fachada art déco, con líneas geométricas y un letrero en relieve, se convirtió en un referente para una ciudad que comenzaba a ver el cine como el gran espectáculo popular. En sus mejores años, el San Jorge proyectaba películas mexicanas, argentinas y del Hollywood dorado, atrayendo a un público que hacía fila desde temprano. Hoy, aunque su interior fue alterado en 1999 cuando el edificio cambió de uso, la fachada original sobrevive como uno de los pocos vestigios visibles de esa primera modernidad bogotana.
1948–1955: la reconstrucción que borró manzanas enteras
Tras el 9 de abril, los gobiernos de Mariano Ospina Pérez y luego de Laureano Gómez impulsaron planes de renovación urbana que, en la práctica, significaron demoler lo que quedaba en pie en el centro y reemplazarlo con edificios de oficinas y bancos. La avenida Jiménez, que había sido el eje comercial y cultural desde la Colonia, se ensanchó y se llenó de edificios de seis, ocho y hasta doce pisos. Las casonas de dos patios, los balcones de madera y los aleros coloniales fueron cayendo uno tras otro. No hubo una política de patrimonio; había una urgencia por modernizar.
1950–1960: la era dorada del cine bogotano
Los años 50 fueron, sin duda, la década dorada de las salas de cine en Bogotá. En el centro y en Chapinero funcionaban decenas de teatros: el Teatro Colombia (hoy Jorge Eliécer Gaitán), el Teatro Faenza, el Teatro Imperio, el Teatro Metro, el Teatro El Cid, el Teatro San Jorge, el Teatro Rialto. Las funciones comenzaban a la una de la tarde y terminaban a medianoche. La gente acudía de saco y corbata, o de vestido y sombrero, a ver el estreno de turno. El cine se había convertido en el plan familiar por excelencia, y las marquesinas iluminadas de la carrera Séptima formaban parte del paisaje nocturno de la ciudad.
1951: llega la televisión y el cine empieza a perder público
La televisión llegó a Colombia en 1954, pero su impacto masivo se sintió en la segunda mitad de la década. Las salas de cine del centro comenzaron a vaciarse lentamente. Los barrios del norte —Chapinero, Chicó, Usaquén— fueron ganando población y los nuevos cines se construyeron allí, en centros comerciales incipientes. Mientras tanto, el centro se quedó con las salas más viejas y un público que ya no era el mismo.
1960–1970: el centro pierde, el norte gana
La construcción de la carrera Décima, la apertura de la avenida Caracas como eje de buses y la expansión hacia el norte consolidaron un nuevo mapa urbano. El centro histórico dejó de ser el lugar donde vivía la élite y se transformó en el espacio donde trabajaba, compraba y pasaba el día la clase media y popular. Los edificios modernos de los años 50 —el Banco de Bogotá, el Edificio Avianca, el Hotel Tequendama— permanecieron, pero el pulso de la ciudad se había mudado.
Personajes y hechos clave
Alberto Manrique Martín
Arquitecto bogotano, formado en la Universidad Nacional, fue uno de los responsables de introducir el art déco y el racionalismo en la arquitectura de la ciudad. El Teatro San Jorge es su obra más recordada, pero también participó en proyectos de vivienda y edificios institucionales. Su trabajo representa ese momento de transición en el que Bogotá dejó de construir en estilo republicano y empezó a adoptar un enfoque moderno.
Jorge Eliécer Gaitán y el 9 de abril
Más allá de su papel político, Gaitán es la bisagra histórica de este relato. Su asesinato en la esquina de la carrera Séptima con calle 14 —hoy convertido en un sitio de memoria— desató la destrucción de cientos de edificaciones en el centro. Sin ese incendio, es probable que la ciudad hubiera modernizado más despacio y con mayor respeto por lo existente. El Bogotazo fue, en términos urbanos, el acelerador de una transformación que ya estaba en marcha.
Le Corbusier y la visita que no fue
El urbanista suizo-francés fue invitado a Colombia en los años 40, y aunque su plan para Bogotá nunca se ejecutó del todo, su influencia se sintió en cómo los arquitectos locales pensaron la ciudad: zonas funcionales, torres de vivienda rodeadas de espacio público, vías rápidas. Esa mentalidad —la ciudad como máquina— guió la reconstrucción de los años 50.
La Sociedad Colombiana de Arquitectos
Fundada en 1934, la SCA fue el espacio donde se discutieron y promovieron las ideas modernas. Sus publicaciones y eventos ayudaron a que una generación de arquitectos bogotanos adoptara el concreto, el vidrio y el acero como materiales de trabajo cotidianos. Hoy la SCA organiza recorridos guiados por la arquitectura moderna de Bogotá, una forma práctica de ver con otros ojos lo que queda de esa época.
Estado actual: qué queda de la Bogotá de los años 50
La ciudad colonial no desapareció del todo, pero quedó reducida a un puñado de manzanas en La Candelaria y a algunos edificios aislados en el centro. Lo que sí sobrevive, aunque a veces maltratado, es la arquitectura moderna de los años 50: edificios de oficinas con fachadas de ladrillo y ventanales horizontales, teatros con marquesinas que ya no se iluminan, y una avenida Jiménez que todavía conserva parte de su trazado original.
Recorrer hoy esos vestigios es una experiencia que invita a reflexionar sobre la historia urbana. En esta guía verificada de Malokal, puedes encontrar información actualizada; usa las tarjetas interactivas de cada lugar en malokal.com para consultar el mapa seguro por barrio (Locales vs. Extranjeros) y horarios de festivos. La información que mencionamos es de referencia y puede cambiar.
Teatro San Jorge
Es el sobreviviente más visible de esa primera modernidad. Su fachada art déco, con el letrero original y las líneas geométricas, sigue en pie sobre la avenida Jiménez, en el borde de Los Mártires. El interior ya no es una sala de cine: fue alterado en 1999 y hoy funciona como espacio comercial y de oficinas. Vale la pena detenerse frente a la fachada y mirar hacia arriba: es una de las pocas muestras de art déco que quedan en el centro. La zona alrededor es de paso rápido, así que se recomienda visitarlo de día y con precaución. No hay taquilla ni funciones; es un ejercicio de arqueología urbana.
Avenida Jiménez
La Jiménez es el eje donde se puede leer la transformación completa. En un tramo de pocas cuadras se pasa de edificios coloniales restaurados a torres de oficinas de los años 50 y 60, y luego a locales comerciales populares. Caminarla de oriente a occidente, desde la carrera Séptima hasta la carrera Décima, es como recorrer un corte transversal de la historia urbana de Bogotá. Es gratuita, abierta 24 horas, pero se recomienda hacerlo de día. Los fines de semana hay menos tráfico y más espacio para mirar hacia arriba.
Teatro Jorge Eliécer Gaitán
Antes llamado Teatro Colombia, este edificio sobre la carrera Séptima es uno de los grandes sobrevivientes de la época dorada del cine bogotano. Su arquitectura moderna y su gran capacidad lo convirtieron en escenario de estrenos y eventos masivos. Hoy funciona como centro cultural y sala de espectáculos, con programación de cine, teatro y música. Es un buen ejemplo de cómo un edificio de los años 50 puede seguir vivo si se le da un uso cultural. Se recomienda verificar la programación antes de ir.
Teatro Faenza
Ubicado en La Candelaria, el Faenza es otro de los teatros que vivió el auge del cine y luego cayó en el abandono. Su fachada y su interior conservan elementos originales que lo hacen un objeto de estudio para arquitectos y amantes del patrimonio. Hoy funciona como espacio cultural independiente, con una programación alternativa de cine, música y artes escénicas. La entrada a muchas de sus actividades es económica o gratuita ciertos días. Es una parada obligada para quien quiera entender cómo se recicla un teatro viejo sin borrar su historia.
Edificio Avianca
Inaugurado a mediados del siglo XX, el Edificio Avianca fue durante décadas el más alto de Colombia y un símbolo del optimismo moderno. Su fachada de vidrio y concreto, en pleno centro, sigue siendo un referente. Hoy alberga oficinas y su acceso es restringido, pero se puede apreciar desde la calle o desde los edificios vecinos. Es una muestra de cómo Bogotá quiso parecerse a las grandes capitales del mundo en los años 50.
Hotel Tequendama
Otro ícono de esa época. El Tequendama, sobre la carrera Séptima con calle 26, fue el hotel más moderno de su tiempo y sigue en funcionamiento. Su arquitectura, sus salones y su ubicación lo convirtieron en el lugar donde se alojaban artistas, políticos y empresarios de paso por Bogotá. Hoy conserva parte de ese aire de otra época. Se puede entrar a tomar algo en sus bares o restaurantes, aunque se recomienda verificar horarios y precios directamente.
Plaza de Bolívar y La Candelaria
La Candelaria es lo que queda de la ciudad colonial, pero incluso ahí la modernidad dejó su huella. Alrededor de la Plaza de Bolívar conviven el Capitolio Nacional, la Catedral Primada y el Palacio de Justicia, junto a edificios de oficinas de mediados del siglo XX. Caminar por La Candelaria es observar esa tensión entre lo viejo y lo nuevo. Es una zona segura durante el día, con muchos museos, cafés y librerías. Se recomienda ir con tiempo y calzado cómodo, porque las calles son empinadas y de piedra.
Ruta contemporánea: cómo recorrer los vestigios de los años 50
Un recorrido a pie que empiece en la Plaza de Bolívar y termine en el Teatro San Jorge permite apreciar la transformación completa. Sugerencia de paradas:
- Plaza de Bolívar: punto de partida. Mirar el Capitolio y la Catedral, y luego caminar hacia la carrera Séptima.
- Carrera Séptima hacia el sur: pasar frente al Teatro Jorge Eliécer Gaitán y seguir hasta la calle 14, donde está el sitio de memoria del 9 de abril.
- Avenida Jiménez: bajar por la Jiménez hasta la carrera Décima.









